En la playa 6

Por Leo Macarrón
Enviado el 04/02/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Nueva entrega continuando la historia surgida de un encuentro casual en la playa. Ahora que narra Maray, parece que Héctor quiere acaparar aún más protagonismo.

Aún me frotaba las muñecas, pensando en que no entendía que tenía que compensarme, pero me gustaba que me lo dijese. Si se refería a la historia de la cafetería, la verdad es que pocas veces había disfrutado de esa manera y no es solo por el polvo que echamos, sino por la incertidumbre que me hizo pasar y el temor, que no se me quitó en ningún momento de la cabeza, de que nos verían allí.

Fue un mezcla de sensaciones producida por la combinación de placer por lo que hacíamos y de angustia por ser descubiertos. No podía evitar sentir un desmedido vértigo originado por aquella situación.

Luego incluso tuve que dar una justificación bastante peregrina a mi cuñada. Creo que no me creyó cuando le dije que me había encerrado en el servicio interior que había en el cuarto de baño porque oía que había alguien allí y que no me atrevía a salir.

Creo que no se lo creyó, no, porque, aunque no me ha dicho nada más sobre el asunto, sí que me mira con una especie de complicidad cada vez que me ha vuelto a ver.

Nunca nos habíamos llevado demasiado bien, ni tampoco demasiado mal. Y fue una auténtica casualidad que coincidiéramos allí aquella tarde.

Ahora sí maldecía a Héctor, por el rato que me había hecho pasar. Sí, sí debía compensarme, y mucho. El muy cabrón casi consigue que nos vean.

Seguía ensimismada en mis pensamientos cuando me volvió a tapar los ojos. “¿Otra sesión?” pensé sin poder dejar que se me escapara una pequeña risita, recordando cómo me había recorrido de la cabeza a los pies hacía tan solo unos momentos, usando sus labios y lengua. Se ve que él también reconoce que me tiene que compensar mucho más.

Una vez tuve los ojos vendados, volvió a atarme las manos. Mi excitación aumentaba por momentos tratando de imaginar que nuevo juego tramaba.

Camina detrás de mí – me dijo

Yo obedecí sin rechistar. Noté como salimos del dormitorio, y dimos un par de pasos. Se paró unos momentos y oí el sonido de una llave abrir una puerta.

Sin duda alguna estábamos entrando en la habitación que siempre tenía cerrada. Ya le había preguntado por ella, pero me dijo que sólo tenía material necesario para su trabajo. Decía que era muy delicado y que lo tenía guardado para que no se le estropeara.

Entonces, ¿por qué ahora entrábamos allí? No pude evitar que me recorriera un breve escalofrío. Sentía recelo, ¿por qué negarlo?

¿Dónde me llevas? - pregunté

Ahora verás - me contestó mientras ponía sus dedos en mis labios.

Me empujaba suavemente hasta que me hizo parar e inclinó mi cabeza hacia delante hasta que me la hizo apoyar sobre algo. Me desató las manos, que las tenía sobre la espalda, y me las volvió a atar esta vez sobre algo que había delante de mí pero que, evidentemente, no podía ver.

No pude evitar volverme a mojar pensando que otra vez me iba a penetrar por detrás.

Estuve bastante rato en aquella posición, sin saber muy bien qué pasaba, aunque escuchaba cómo se movía y una especia de ruido de vez en cuando. Parecía el flash de una cámara. Eso me hizo sentirme muy nerviosa.

Ya estaba a punto de preguntarle qué pasaba, cuando le oí hablar:

¿Sabes? Me gustas mucho. Y hoy te lo voy a demostrar.

A pesar de esas palabras, el tono de su voz hizo que me preocupara más que halagarme. A continuación escuché un chasquido, y no pude evitar sobrecogerme.

Pero… ¿Qué me vas a hacer? – dije sin poder evitar el nerviosismo.

Él simplemente acercó sus dedos a mi las labios y cubriéndolos dijo:

Calla. Es una sorpresa.

Sentí cómo subía el vestido que aún llevaba puesto y como acariciaba con suavidad mi trasero, dándome pequeñas palmadas. Y allí me encontraba yo, sin bragas y ofreciéndome toda para él.

Al instante pensé que se iba a confirmar lo que temía. Iba a ser azotada. La idea me hizo estremecer... siempre había tenido la fantasía de probarlo, pero ahora que parecía que se iba a cumplir, no podía evitar que las piernas me temblaran.

¿Eso que he escuchado es un látigo? No quiero que me azotes. No, por favor – dije, aunque no sonaba nada convincente.

No cariño, no es un látigo. Es un cinturón de cuero. Y este es mi nuevo regalo.

Acto seguido sentí el primer correazo en mi nalga, seguido de un calor indescriptible. Solo me dio tiempo a soltar un gemido porque sin darme tiempo a nada más ejecutó una serie de golpes, no demasiado fuertes, pero sí lo suficientemente contundentes como para notar que me había dejado irritada la piel.

Esto es para que cuando folles con tu marido vea que has estado con otro.

¿Es qué crees que si me follara estaría aquí, cabrón?

El siguiente fustazo no me dejó terminar la frase. Este lo dio con muchísima más fuerza. Tanta que me hizo derramar una lagrima.

Estas preciosa. Solo tienes las nalgas un poco rojas. Mañana ya no lo notarás – fue la lacónica respuesta suya.

A continuación noté como metía sus dedos en mi clítoris. Incluso la piel seguramente enrojecida y en aquella posición, no pude evitar estremecerme otra vez al volverme a tocar.

Pasó sus dedos mojados con mis jugos por mis labios. Yo hice un gesto de rechazo y él me dijo:

¿Es que no quieres probar lo mismo que yo probé antes?

No eso. Es que nunca lo he hecho antes.

Siempre hay una primera vez para todo - y me hizo saborearlos.

No me agradó demasiado, pero el ver que a él le gustaba hizo que los lamiera con gozo.

Seguidamente, me desató y con la venda de los ojos aún puesta, salimos de la habitación. Una vez fuera sí me la quitó.

Ya puedes cambiarte. Yo tengo que irme - me dijo, dándome un beso en mis labios – Te volveré a enviar un mensaje, como siempre.

Me quité la ropa que me había indicado en la nota que me pusiera para recibirle y me vestí con la mía, sin dejar de mirar a la puerta de la habitación. No sé qué se traía con ella, pero había escuchado perfectamente como la volvió a cerrar con llave cuando salimos.

Tenía un pequeño resquemor de disgusto por la forma en que se había ido, dejándome allí sola, pero supuse que si lo había hecho era porque no tenía más remedio.

Al sentarme en el coche noté el calor en mis posaderas. Aunque el azote no había sido muy fuerte, sí lo suficiente para que no lo olvidara en unos días.

(Continuará)


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