El miserable. Parte 1

Por Sanny. Lf
Enviado el 04/02/2015, clasificado en Terror
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Después de diez años de mortificación y autocastigo interno, las cadenas ficticias que mi desquiciada mente impuso sobre mi persona, postergaban mi cautividad en aquel infecto y arcaico corredor. Sin fundamentos ni esquemas presentes los imaginarios grilletes se desmoronaron aquella gélida noche de invierno cuando las voces de mi cabeza al fin desaparecieron .


Libertad, anhelada libertad, sin amarres del culpabilidad creados por reproches de una sociedad tarada y sistemática que condena y ataca lo incomprendido. ¿Donde lo había guardado?.El exterior no era como lo recordaba, aunque todo se veía bello y pulcro fuera de aquella inmunda cloaca del alcantarillado a la que llamaba hogar. ¿Por que las voces dejarían de torturarme?. Quizás era hora de terminar lo que una sombría y trágica noche como esa comencé.


¿Donde lo había guardado? No era capaz de recordar... Caminé por las oscuras calles durante horas admirando las distintas casas, establecimientos , parques y pasajes de aquel pequeño e insólito pueblo. Tras mi exhausta inspeccion termine evocando cada rincon del municipio a pesar de originar una singular confrontación con mi mente que durante tantos años se esforzo por extraviar mis recuerdos. La deformidad en mi cara, mis horribles jorobas y mi brazo extra en el pecho me condenaron nada más nacer al mas duro y cruel de los rechazos sociales . No era agradable recordar mi infancia, supongo que por ello la olvidé. ¿Pero donde lo guardaría?. El sonido de unas campanas retumbaba en los musgosos ladrillos de los hulmildes caserones produciendo un vaporoso eco que al llegar a mis oidos fui capaz de recordar. Eran de una iglesia. Corrí en la oscuridad, cual animal salvaje nocturno. Curvado por el peso de mis jorobas en posición horizontal mientrás mis tres brazos apoyados en el suelo iban dando impulso a mis frágiles piernas.


Era tal y como la recordaba. Teniendo en cuenta el transcurso de una decada, la pintura estaba un poco más descascarillada y una mata de hierbajos y musgos se entrelazaban con las estrafalarias estatuas angelicales que precedían la entrada a la capilla, el resto permanecia igual. Entonces lo recordé. ¡¡Allí lo guardé!! . Trepé hasta la torre más alta , sobrepasando la enorme campana dorada que parecía entonar cada ding dong en una melodía danzante al son de mi subida hasta que alcance la pequeña cupula acristalada que coronoba la iglesia.


El acceso fue bastante más cómodo de lo que imaginé, los cristales fracturados en la parte inferior de la cúpula componían un orificio perfectamente acoplado al tamaño de un cuerpo humano, por lo que pude adentrarme con la mayor fluidez. Quizás aquella perforación perfecta fue obra mia en el pasado, ¿quien sabe? yo no era capaz de recordar.


La estancia estaba sucia y oscura, todo cubierto por gruesas capas de polvo acumuladas durante años. Los espejos y las viejas cruces y retratos cristianos cubiertos por cochambrosas sábanas daban un aspecto fantasmal a aquella sala. Pero... ¿donde demonios lo puse?. El nerviosismo comenzo a apoderarse de mi, corri desequilibradamente destapando todas las cubiertas, las cruces transfiguraron en armas de mano con las que golpeé colerizado cada espejo y cada retrato, los posteriores aullidos inhumanos que en aquel estado mi ser deportó evidenciaban mis graves transtornos mentales. Allí me derrumbé.


Desperté a la mañana siguiente con el resplandor de la luz del amanecer.El destello traspasaba el translúcido cristal de la cupula y reflectaba en mi rostro provocando un ardiente resquemor en mis fragiles pupilas tan desacostumbradas a la luz solar como mi persona al mundo externo. Encontré el refugio perfecto bajo el único enser que hallé íntegro tras el caótico desorden que ocasionó mi demencia la noche antes. Una mesa de madera de mediano tamaño que revestí con cuantas viejas sábanas pude encontrar a mi alcance hasta imposibitar a la luminiscencia del sol volver a reflejarse en mi rostro.


Mi mano izquierda sangraba a borbotones. Notaba el calor del fluido recorrer mi muñeca y derramarse gota a gota al terminar su recorrido en la articulación de mi brazo. Mientras sujetaba con mi otra mano izquierda mi mano herida para inmovilizarla, con la derecha extraje el trozo de cristal incrustado permitiendo que ahora el flujo desbordara sin obstáculos. Observaba la herida desde la penumbra. Repugnantes gusanos asomaban sus minúsculas informes cabezas por la raja de mi mano y volvían a introducirse dentro de mi tan paulatinamente que parecian regocijarse haciendome notar su existencia. Por aquel entonces los ilusorios parásitos parecían tan reales que la angustia provocó la exaltación en todo mi cuerpo. Golpeé el suelo de madera una y otra vez con la palma de mi mano ensangrentada y toda la fuerza que pude expulsar en ese momento, hasta que hice saltar una de las tablillas de madera dejando al descubierto un doble suelo. Pude divisar una enorme caja de madera que tras arrancar gran parte del falso pavimento la excitación me hizo cargar sin ningun tipo de sobreesfuerzo. Cuando la abrí.... ahí estaba...




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