El niño que fue no lo sabía

Por albertocubeiro
Enviado el 05/02/2015, clasificado en Drama
593 visitas

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El niño caminaba por la acera y sufría.  El Sr. Morató le había insistido en que al día siguiente le pediría las notas firmadas por su padre y que no le valdrían escusas.

La realidad se retorcía en su  estómago. El miedo tomó el control de la situación. Deseaba que ése fuera otro día cualquiera, un día en que nada perturbara su triste monotonía de colegial.

 

Caminaba lentamente, asustado, con los sentidos abotargados.

Observaba con profunda envidia a los otros colegiales que corrían, chillaban, jugaban gastándose bromas entre sí de regreso a sus respectivos hogares, ajenos totalmente al miedo, a la tragedia que luchaba en su estómago.

Sentía el cuerpo vacío.  Intentaba negarse a sí mismo lo que se le venía encima en cuanto llegase a casa, ya había pasado por ello en más de una ocasión. La certeza de lo inevitable aceleraba su corazón.

La angustia dominaba todo su ser, pero el niño no sabía que esa sensación trágica tuviera un nombre.

A medida que se acercaba las ganas de orinar se acentuaban.

Querría  que con algo de suerte en casa hubiera ocurrido algún acontecimiento lo suficientemente trágico como para restar importancia a sus notas.

 

Llegó al portal, empezó a subir las escaleras. Lo inevitable le empezaba a oprimir la vejiga. Llamó al timbre, las rodillas le temblaban y el corazón golpeaba con fuerza su pequeño pecho.

La puerta se abrió.

 

 

 

 

                   La oscuridad de la habitación era su aliada, metido en su cama, encogido y acurrucado bajo las mantas se sentía a salvo de ellos.  De nuevo había decepcionado a sus padres.

 

La paliza no duró demasiado. Los golpes hacían daño pero no eran lo peor. Lo que realmente  aún dolía fueron los larguísimos minutos que tuvo que permanecer de pie en mitad del pasillo y con la mancha de orina en sus pantalones cortos, escuchando los reproches, insultos y desprecios que su padre le dedicó.

 

Ellos tenían razón, no merecía el plato caliente en la mesa, ni los gastos que les generaba. Tenía razón su padre. Debía ser muy humillante cuando los padres de Luisín y Pedrito le preguntaban por las notas de su hijo. ¡Pobre papá! De nuevo los había decepcionado.

 

 

A la  mañana siguiente y como era de esperar los padres lo trataron con frialdad. Estaban muy disgustados. Sufría sabiendo que era por su culpa. Tenía razón su padre al llamarle desagradecido.

 

 

            Lo primero que hizo al llegar a clase fue entregarle las notas firmadas al Sr. Morató.

 

La mañana transcurrió lenta y soñolienta. Era incapaz de centrar la atención en las explicaciones. ¿Era así como iba a empezar a cambiar las cosas? Imposible contentar a sus padres. Era cierto, solo sabía comer de la sopa boba.

 

En el recreo se peleó con Sito y ambos se pasaron una hora castigados en la sala de profesores.

 

A la salida del colegio y ya en la calle volvió a pelearse con Sito. No dejó de golpear su cara hasta que asomó la sangre. No sentía los golpes recibidos, en su ira solo tenía ojos para la cara pecosa y sucia de Sito a la que seguía propinando puñetazos a pesar de las lágrimas de éste.

 

Llegó a casa. La frialdad y el desprecio continuaban. Hizo los deberes de matemáticas. Los acabó sabiendo que estaban mal, sabiendo que era incapaz de resolverlos.

 

Otro día cualquiera al acabar los deberes se hubiera ido corriendo al salón para ver los programas infantiles  o a jugar con su ejército de soldaditos. Pero esa tarde decidió que era mejor quedarse ahí.

Abrió el  libro de ciencias y con los codos clavados en la mesa pasó toda la tarde sin poder apartar la mirada de las fotos de la misma página con los pensamientos perdidos por un limbo infantil.

 

Sus padres seguían disgustados. No había querido merendar, hubiera sido una frivolidad demostrar apetito mientras la cara de su madre reflejaba aquella pena causada por su inutilidad.

 

Desde la radio de la cocina la voz de Elene Francis llenaba toda la casa, con una melodía que dañaba sus sentidos. La música de cada día, música de horas largas y aburridas. Música de deberes en las tristes tardes de otoño, de bombilla de 60 vatios, de dolor de cabeza, de estufa encendida sobre calentando la estancia. La voz de aquella señora aconsejando a las oyentes, una voz de merienda de pan con chocolate, voz de deberes difíciles, del café de sus padres.

 

 Era muy infeliz pero no era consciente de serlo. Sus percepciones, sus sentidos crecían con él, doloridas, humilladas, pero, el niño tampoco lo sabía. Confundía los hábitos con los estados de ánimo. La depresión infantil aún no se había inventado en España a mediados de los 60.

 

Añoraba aquellas otras tardes muy puntuales que aportaban un paréntesis en su monotonía. Tardes en las que sus padres recibían alguna visita y todo eran sonrisas y simpatía. En esas tardes todos los adultos pasaban al salón y la habitación era para él solo. Estaba entonces relajado y feliz sin tener que escuchar a la sufrida Francis y su repugnante y triste música.

 

Creció en aquella habitación que servía para todo. Allí se estudiaba, se planchaba. En la mesa de enfrente trabajaba su padre, y al mediodía y a la noche servía de comedor. Al final de la jornada se recogían las mesas y se bajaba su cama y la de su hermano pequeño.

 

Quería a su familia, aunque vivía los  sentimientos de una manera dolorosa. Las escasas ocasiones en que todos se mostraban  contentos y felices, navidad o fin de año o días señalados, al contemplarlos no podía evitar que una extraña melancolía y sensación de pérdida se apoderara de sus sentidos.

 

                                                                 El hombre, hoy es consciente que la suya fue una niñez en blanco y negro, donde siempre era invierno. Una niñez llena de miedos y angustias.

El niño que fue no lo sabía.

 


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