Premoniciones

Por Cortez
Enviado el 05/02/2015, clasificado en Ciencia ficción
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Todo empezó aquella ocasión cuando regresaba en un autobús suburbano de la sierra donde hacía mis prácticas. Como buen ingeniero agrónomo cada fin de semana, iba a revisar lo que había sembrado. Venía sentado junto al pasillo conversando con una profesora que también regresaba de una escuela rural. Iba tan concentrado en lo que me decía que no me percaté en qué parte del camino fuimos embestidos por un camión de carga. Aunque en ese momento, no supe en realidad lo que pasó. Sólo sentí una fuerte sacudida que hizo que por instinto me aferrara al tubo que se encuentra en la parte trasera del asiento que va enfrente del mío. Luego, todo se oscureció y vi luces de colores arriba de mi cabeza...

Nuestro autobús había volcado hacia el costado contrario al que yo venía sentado. Y las maletas que iban en el portaequipaje habían caído. Esas fueron "las luces" que yo creí haber visto. Por reflejo volteé hacia mi lado izquierdo y vi a las personas ensangrentadas por los cristales de las ventanillas que se habían estrellado. También las maletas se encontraban abajo. Yo, sentado, permanecía de costado. Y la maestra gritaba y trataba de salir hacia la ventanilla que había quedado arriba, colocando sus zapatos sobre mi cuerpo. Un joven que venía en el mismo camión la ayudó a salir. 

- ¿Cuál es su maleta, Ingeniero? - Me preguntó aquel joven, que parecía haberse recuperado rápidamente de aquel percance. 

Sacó mi maleta ensangrentada, desde el fondo, mientras yo trepaba por la ventanilla. Luego me bajé del autobús con mucho cuidado, pues temía haberme ocasionado algún golpe severo en alguna parte del cuerpo. Cuando por fin estuve en tierra firme, sentí un dolor agudo en mi cadera y un poco más arriba. Hacia mis costillas. Así que caminé lentamente y alcancé a la profesora que aún se encontraba en shock. Le dije que me acompañara para que tomáramos un taxi que nos llevara al hospital. Me siguió sin decir media palabra. La tomé del brazo. 

- ¿Cuánto nos cobra por llevarnos al hospital? - Pregunté al conductor del taxi. Él iba a responder, cuando se dio cuenta de la maleta manchada de sangre 

- ¿Venían ustedes en ese autobús?

Ante mi afirmación, dijo que  no era nada. Que no nos preocupáramos.

Mientras íbamos en el taxi, pude ver en mi mente algo así como si recordara un sueño. A ella la revisaban y le indicaban unas ampolletas de complejo B, después de haberle aplicado una ahí mismo. Se marchaba, mientras yo pasaba a revisión de rayos X. 

Todo fue tan rápido que no pude comprender el porqué de esa visión. Volví a sentir el dolor de mi costado izquierdo, donde me pegué con el tubo que viene a medio autobús. Y miré a la profesora y le pregunté si algo le dolía. Me contestó que no. Pero llevaba la mirada fija hacia el frente, muy preocupada. 

Llegamos al hospital y nos atendieron tal y como ocurrió en mis pensamientos minutos antes. Pero ya no lo recordaba. No le presté atención a mis pensamientos anteriores. Pidieron que llamara a mis familiares y estuve en observación por un par de horas. Los médicos dijeron que sólo eran los golpes. No había fractura ni astillas. Pero que si sentía alguna otra molestia, no dudara en regresar. Me recetaron medicamento para el dolor e inflamaciones. Me regresé a casa con mis hermanos, que acudieron a verme. 

Dos semanas después, las molestias habían desaparecido por completo. Mis hermanos me invitaron a una fiesta de XV años que se celebraría en el rancho de tío Diego. Pero resultaba que la fiesta era el fin de semana. Así que yo pensaba regresar a la congregación donde hacía mis prácticas. Para reponer el tiempo perdido.

- Vamos al rancho. Luego tendrás tiempo de ver lo de tus prácticas. - Decía uno de mis hermanos

- Has de cuenta que todavía estás jodido - Me decía el otro, con su acostumbrado humor

Tanto estuvieron insistiendo, que lograron convencerme. 

- Entonces, voy a dejar los cultivos y regreso - Les respondí mientras iba a mi pequeño e improvisado laboratorio, en el sótano de la casa. 

Fue en ese instante, cuando bajaba las escaleras, que tuve una breve visión. En el rancho de mi tío, un caballo se encabritaba mientras trataba de montarlo uno de mis sobrinos. Y salía a todo galope hacía el camino por donde llegaban otros invitados, en una pequeña camioneta de batea. El choque entre ambos era inminente. La visión se fue. Pero yo quedé agitado y perplejo por un instante. No atinaba a comprender la razón de aquella imagen en movimiento que duró algunos segundos en mi mente. 

Llegamos sin contratiempos al rancho. Saludamos a toda la familia y a los invitados que ya estaban allí. Como la ceremonia religiosa de la quinceañera había sido en el pueblo, no se habían trasladado todavía todos al terreno campestre de mi tío Diego. Tenían que llegar en auto o camioneta desde la carretera. Eran como dos kilómetros desde Santiago hasta la desviación a la derecha sobre el camino de terracería. Y otros dos kilómetros, pasando lomas y cercas hasta llegar al rancho. Al pasar la última cerca, se extendían unos carriles de unos doscientos metros en línea recta hasta llegar a la casa de madera. La enorme casa, donde se hallaban las mesas preparadas para recibir a los invitados. El olor de las carnes cocinadas y otros platillos ya se mezclaba en el ambiente. Carne de cerdo y chicharrones. Carne de res. Carne de pollo. Ensaladas con verduras, frijoles, arroz y mucha bebidas frías. Pero que, por cortesía, no se podía probar hasta que llegaran todos los invitados. ¡Ni siquiera había llegado la festejada!

Por tal motivo, uno de mis sobrinos, pidió a mi tío que le ensillara un caballo, para montarlo. Uno de los trabajadores, trajo el caballo que le indicaron. Lo ensilló. Y mi sobrino intentó montarlo, por el lado equivocado. Todo ocurrió en segundos. Y antes de que mi tío se acercara para decirle que era por el otro lado del caballo... 

El caballo encabritó. Dejó a mi sobrino botado en el suelo. Y salió a todo galope hacia la cerca principal, por los carriles de la entrada. Justo en ese momento, tras cerrar la cerca, llegaba la camioneta roja de batea, donde venía la quinceañera con sus padres, hermanos y padrinos. Se encontraron de frente con aquel animal desbocado que, para su mala fortuna, no lo habían visto sino hasta el momento en que ya habían acelerado. El chofer, trató de esquivar al equino con una maniobra audaz pero no evitó la tragedia. 

Fueron meses de luto que pesaron en la familia. Pero en mi conciencia, había un sentimiento más profundo. ¿Era mi culpa aquello que había ocurrido? ¿Debí haberlo comentado con alguien? ¿Y si lo hubiera hecho, se habría evitado? Yo mismo no entendía todavía aquello. Era como un sueño... ¡Pero antes de que ocurriera! Nunca antes me había pasado. 

A veces, cuando sueñas que va a pasar algo agradable. Como un viaje en vacaciones. Dicen que no debes contarlo sino hasta después del mediodía. O algo así. Pero qué pasa con las premoniciones. ¿Pude haber evitado esa tragedia?

 


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