Polvo y oscuridad

Por Frank Mayhem
Enviado el 06/02/2015, clasificado en Intriga / suspense
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Mi nombre resonó por todo el hospital. <<Doctor González, acuda a urgencias>>. Sonaba igual de mal que en todos los hospitales. Era un ruido ensordecedor solamente comprensible para los que trabajamos aquí y tenemos el oído entrenado para ello. Entonces, justo tres segundos después, apareció mi nombre escrito en brillantes Leds de color verde en las pantallas que habían puesto hace un tiempo para servir de apoyo a la megafonía. Y de nuevo mi consulta se volvió a inundar de aquel sonido metalizado mientras los Leds verdes seguían iluminándome en la oscuridad.

Hacía tiempo que no encendía las luces de mi despacho salvo cuando entraban los pacientes. Me gustaba sentarme en la oscuridad, en silencio, y mirar las esquinas sombrías de éste mientras daba pequeños sorbos a la botella de vodka que ocultaba en el cajón. En mi casa no era diferente. Desde que Carol se llevo a los niños a casa de su madre me pasaba las noches a oscuras en el salón bebiendo e intentando no pensar en nada, aunque mis pensamientos no me abandonaban, y él tampoco.

Lo veía allí sentado, mirándome con aquellos grandes y brillantes ojos. Te miraban y parecía que podían leerte la mente, que te atravesaban, que te revolvían. Entonces desaparecía en su rincón y tú te despertabas de aquel sueño aturdido y solo. Un sueño muy real.

El cartel con mi nombre no dejaba de tintinear. Y yo sabía el por qué. Desde luego nada podía ser igual después de conocer a Erik. Di otro trago de vodka sumido en la penumbra de mi despacho, rezando por poder quedarme ahí para siempre y que la oscuridad me llevara. <<La oscuridad es buena, la oscuridad te esconde, la oscuridad te protege>>Fue una de las primeras cosas que me dijo y es algo que nunca olvidaré.

No puedo evitar que todo esto me recuerde a él, a Erik. Recuerdo la primera noche que lo conocí. Mi despacho por aquel entonces estaba iluminando y vivo, yo me hallaba revisando algunos expedientes cuando me llamaron por urgencias y el cartel con mi nombre en verde empezó a parpadear. Justo lo habían instalado aquel día. Sólo que en aquella ocasión era porque requerían mi presencia en un hospital psiquiátrico.

Habían recibido un nuevo paciente con un cuadro clínico un tanto peculiar y muy severo. Al parecer era un niño pequeño llamado Erik. Como yo era el único psiquiatra experimentado con niños de la ciudad me pidieron que fuera para darles mi opinión y poder tratarlo. No me quisieron dar más detalles. Avisé a mi mujer por teléfono de que llegaría tarde a casa y que no me esperara despierta ya que el hospital estaba bastante lejos. Por aquel entonces aun éramos una familia feliz, una familia feliz, una familia feliz. Algo tan obvio para los que lo tienen y tan necesario para los que no.

Llegué al hospital psiquiátrico allá a las once de la noche, entonces no bebía alcohol así que cogí un café para llevar en la estación de servicio que había al lado y entré. El centro hacía las veces de hogar de acogida para la gente con trastornos psíquicos que no tenían medios o familia que los pudieran acoger o pagar una residencia privada. Era muy raro que hubiera un niño. Normalmente estaba lleno de vagabundos con trastornos y enfermedades de toda índole, toxicómanos bipolares o esquizofrénicos debido a las drogas y ancianos con enfermedades psiquiátricas graves que no tenían familia. Desde luego no era sitio para un crio.

Saludé a Miguel, el médico de guardia  que lo había recibido, y me condujo hasta la habitación donde lo tenían. Pasear por los pasillos de ese hospital siempre me causaba un dolor y una sensación incomprensible. Sus paredes no se habían vuelto a pintar desde hacía décadas y la pintura se estaba cayendo a trozos. El blanco inicial había abierto paso, tras decenas de años y de mugre acumulada, a unas paredes grisáceas muy poco esperanzadoras. Los rincones estaban llenos de polvo y suciedad. El suelo era tan pegajoso que parecía estar construido con chicle. Las bombillas de veinte vatios, que ya apenas se fabricaban, destellaban tímidamente en el techo sin una lámpara que les diera acogida y las ventanas tenían la mayor parte de sus cristales rotos, cosa que hacía que en invierno pasear por aquellos pasillos fuera como andar por el corazón del diablo.

La atmosfera era espesa y húmeda hasta el punto que resultaba difícil caminar y respirar al mismo tiempo. La pena y la locura habían impregnado el lugar y casi podías notar el dolor de cientos de personas haciendo eco por todo el reciento. No había sistema de megafonía, el único ruido que te acompañaba en las travesías por el pasillo eran los gritos confusos y los quejidos perpetuos de aquellos a los que la sociedad había dado por perdidos y los confinaba allí para tenerles apartados de los ojos del mundo y que sus últimos días no les costaran al estado más dinero del que ellos habían aportado al país antes de enfermar.

La mayor parte del personal sanitario era poco o nada cualificado y ejercían más un voluntariado  que no una profesión. Algunas personas se hacen adictas al dolor ajeno. Es triste, pero es cierto. He visto muchos casos. Gente que entra de voluntaria en estos sitios con el firme y noble propósito de hacer un bien por los menos favorecidos y al final acaban de alguna forma adictos a ese dolor. Para algunos es una forma de ver que sus vidas fuera de estas paredes no son tan malas como creían en comparación, otros se lo toman como una penitencia o un castigo que creen que se merecen, pero todos ellos acaban enganchados e igual de locos que las personas que cuidan. Un manicomio dirigido por locos.

 También hay algunas monjas que entraron por devoción al prójimo a cuidar a estos enfermos, pero sin duda este hospital mermaría la fe del mismo Jesús. Dios es omnipotente pero incluso su infinita omnipotencia no tiene cabida ni sitio en el interior de estas paredes. Ya no digamos la bondad o la misericordia, aquí eso no existe, son palabras olvidadas. Cruzo el tercer pasillo a la derecha y enfilo con Miguel un largo corredor lleno de habitaciones o, mejor dicho, celdas acolchadas a lado y lado. Es exactamente igual que los cuatro anteriores de este laberinto de lamentos. La mayoría de habitaciones están incluso en peor estado que los pasillos. El acolchado de la pared está parcialmente arrancado a mordiscos y pellizcos. Las camas son una plancha de metal con cuatro patas, y como mucho una manta abandonada en alguna esquina de la habitación. Algunas tienen inodoros, pero ninguno está apto para su correcto uso, el que mejor estado tiene parece una boca al infierno.

La mayoría de las puertas están abiertas por lo que los enfermos vagan a sus anchas por el centro. Justo al pasar por una de las habitaciones una abuela intenta cogerme de la mano pensando que soy su hijo, puedo ver como su camisón blanco está totalmente manchado de heces y orina seca, el olor es nauseabundo. La higiene no se aprecia ni por casualidad, el gobierno lleva años recortando el presupuesto y me da miedo preguntar a Miguel si aún les queda algo, su cara es un libro abierto. Es la viva imagen de la desesperación tranquila, una sensación muy típica en el personal del centro. Cuando te vuelves adicto a este dolor ajeno, tu desesperación por esta gente, tus ganas de ayudar, tus sentimientos de impotencia para con los pocos recursos disponibles acaban por desembocar en un mismo cauce que hace que tu estado emocional llegue a un punto en el que te bloquea el sistema nervioso y la esperanza, entonces llega lo que yo llamo la desesperación tranquila. Se derrumba toda esperanza, no eres capaz de irte a otro sitio y acabas deseando morirte lo más pronto posible, pero sin embargo tu cara refleja tranquilidad, has aceptado tu destino y sabes que morirás ahí. A veces me pregunto si necesita más ayuda el personal o los internos.

Le pregunto a Miguel cual es la situación del crio y que me dé más detalles. Me cuenta que no sabe mucho. Se llama Erik y tiene unos  ocho años, aunque no lo saben con certeza. Las monjas de un orfanato lo recogieron de la calle y lo trajeron aquí al cabo de unos días después de que atacara a los demás niños y a las propias monjas. Miguel también me cuenta que las monjas le pidieron que se lo quedara pues ellas no podían tenerlo en el orfanato y en la casa de Dios. Al parecer no se había adaptado nada bien, no hablaba y cuando lo hacía parecía, según las monjas, que era el mismo diablo quien hablaba, y que por eso la madre superiora no quería tenerlo allí. Era un peligro para la estabilidad del centro y de los otros niños. Los feroces ataques sólo fueron el detonante y la excusa para sacarlo de allí y llevarlo al hospital.

Finalmente, llegamos al pasillo donde estaba la habitación del pobre chico. Debo reconocer que un ligero escalofrío recorrió mi espalda. Era un pasillo oscuro, solo una bombilla que destellaba su último haz de luz iluminaba la mugre de las paredes. Las manchas de cientos de sustancias secas parecían conducir hasta allí como las baldosas de oro del mago de oz.

Miguel empezó a ponerse nervioso y me dijo que tenía cosas que hacer, y que volviera cuando quisiera, creo que ha sido la peor escusa que jamás nadie me ha puesto. Sin esperar mi respuesta se dio media vuelta y se fue, vaya un doctor. Era sólo un niño perdido al que todo el mundo parecía dar la espalda, es normal que este un poco asustado. Sin darme cuenta me estaba auto-convenciendo que todo iría bien pero es que aquel sitio me ponía los pelos de punta. Aspiré profundamente todo el putrefacto aire que pude y me lancé sin pensar hacia la puerta. Iba andando a paso firme, concentrándome en mis pensamientos y en lo que podría tener aquel chico para asustar tanto a la gente, y cuando estaba totalmente absorto en mis posibles diagnósticos una gran sombre negra se materializo a mi lado apresándome el brazo fuertemente con unas grandes manos heladas. Casi me da un ataque al corazón. Salté y el vaso con el café salió volando por los aires. Una anciana esquelética que olía a vomito y naftalina había agarrado mi brazo y con una voz ronca y vieja me dijo: Vas en la dirección del diablo.

Y así, tal como vino, se fue corriendo, soltando pequeñas risas nerviosas y me dejó allí tirado en medio de la oscuridad, con cara de póker, sin café y con su olor incrustado en mi nariz. Nunca me había sentido más solo ni más sorprendido.

Me deshice de mi estupor y llegué a la puerta de Erik. Me quedé un momento pensativo, algo me decía que no entrara, que me diera media vuelta y me fuera a casa, que lo abandonara como todo el mundo lo había hecho porque si entraba aquello cambiaria mi vida para siempre. Una voz en mi cabeza me decía que nadie me culparía si lo hacía. Pero allí en el umbral de la puerta comprendí que no podía dejarlo tirando yo también. Me volví a poner frente a la puerta e hice girar el frio pomo de bronce.

La habitación estaba muy oscura, la persiana estaba medio echada dejando entrar solamente un pequeño suspiro de luz de la luna que cruzaba la estancia acabando enfrente de la puerta dibujando un cuadrado en el suelo. La peste a humedad y mugre reseca me abofeteo la cara, pero no era lo suficiente intensa para enmascarar el olor a orina que destacaba por encima.

Fui a encender la luz y me detuve a unos centímetros del interruptor alertado por un pequeño gruñido. Recorrí la habitación con la mirada, intentado que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad y empecé a distinguir algunas formas y objetos. A mano izquierda había un pequeño váter y a la derecha una cama. Pude ver como a los pies de la cama, entre ésta y la pared, yacía encorvada una pequeña figura. Me dirigí a  ella y poco a poco pude ver como se materializaba la figura de un niño pequeño sentado en el suelo con la espalda contra la pared y la cabeza entre las rodillas. Abrazaba las piernas con los brazos. Tenía el cabello negro y estaba tremendamente delgado. Llevaba puesto una especie de chándal gris con las rodillas desolladas. Me acerqué y me senté a su lado en la cama. Cuando me apoyé ésta crujió violentamente; pero él ni se inmutó. Era como si me estuviera esperando y supiera que llegaría antes incluso de recibir la llamada. Lo saludé. -Hola, Erik. Soy el doctor González y he venido a visitarte, ¿Qué tal estas?- . Esperé varios segundos pero no obtuve respuesta. Se mantenía quieto, callado y prácticamente sin vida. Estuve a punto de tocarlo con un dedo para asegurarme que estaba vivo y que no era una estatua de piedra. Aunque leve, podía percibir algo de vida en él y en la estancia. Era poco, casi imperceptible, como el eco de un grillo en la inmensidad de la montaña. Aquel niño necesitaba mi ayuda y yo no estaba dispuesto a abandonarlo.

Entonces, con mis retinas cada vez mas acostumbradas a la oscuridad pude ver como su brazo estaba  haciendo un leve movimiento bajo sus piernas. Estaba acariciando algo, pero me era imposible adivinar el qué desde mi posición. ? ¿Que tienes ahí Erik?-. Le pregunté mientras le posaba una mano en el hombro. El niño paró en seco y dio un leve espasmo. No estaba acostumbrado al contacto humano.

Me levanté y me dirigí a la puerta para buscar algo de comer, seguramente estaría hambriento. Pero justo cuando estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta escuché unos ruidos. Me giré y allí, entre las sombras, entre la oscuridad del último rincón de la tierra, entre la mugre y la desesperación del sitio más recóndito y abandonado del mundo había un pequeño niño de pie. Con la cabeza agachada y con sus largos pelos tapándole la cara. Tenía algo acurrucado entre las manos, algún tipo de peluche o animal, era redondo y peludo, quizá un gato o una rata gigante o quizá era la cabeza de un osito de peluche. Me fui acercando a él poco a poco y cuando estuve lo suficientemente cerca le pregunté si quería que encendiera la luz para vernos mejor, a lo que me respondió. -¿Por qué?- Casi era un susurro.-Porque está muy oscuro. ¿No te da miedo la oscuridad? - Le respondí. ? La oscuridad es buena. La oscuridad te esconde, la oscuridad te protege.

Y levantó unos pocos centímetros la cabeza dejando entre ver por su flequillo dos grandes ojos perfectamente almendrados con dos grandes iris de diferente color. Una era de un azul tan claro que parecía blanco, era como mirar un gran y despoblado iceberg: precioso, frío y carente de cualquier tipo de vida. El otro era de un color verde intenso que parecía que podía adsorberte. Era como un agujero negro a otra galaxia.

Una corriente eléctrica sacudió mi columna vertebral erizándome los pelos de los brazos, no podía parar de mirarlos. Contrastaban totalmente con su pelo y su piel oscura, también resaltaban con su chándal azul oscuro cubierto de suciedad, y no cabe decir que con la oscuridad que lo rodeaba también. Eran tan grandes, depurados y brillantes que iluminaban de forma tenue parte de la estancia. Era como si aquel chico pudiera absorber la oscuridad que flotaba a su alrededor a través del ojo de color verde y luego, como si fuera un gran vórtice, canalizar la oscuridad a su interior para transformarla en luz a través de su ojo azul. Era algo digno de ver y de admirar, y a la vez de temer, pero sin duda, era algo extraordinariamente triste y perturbador.

Fue entonces, y gracias a la luz de sus ojos y la luna, cuando pude ver que era la mascota del niño. No era un gato ni una rata, ni siquiera era algo vivo, lo que el niño acariciaba con cierta destreza y primor era una enorme y redonda bola de polvo. Era la bola de polvo más grande jamás concebida por la naturaleza, y el niño la atusaba como si fuera un lindo cachorrito. Abrazaba la pelota de porquería y suciedad como una madre sujeta a su hijo; firmemente y con amor.

Eso me dejó consternado durante unos instantes. Era terrible el estado emocional en el que se hallaba el niño. Pero parecía haberse adaptado a la perfección. El niño de la bola de polvo. Me senté a su lado y le ofrecí que se sentara conmigo en la cama pero se limitó a quedarse en la penumbra, quieto y en silencio; mirando atentamente a su gran pelusa.- Erik, me han dicho que has atacado a algunas personas del hospital. ¿Es eso cierto? ¿Por qué lo has hecho?-. Me miró y me robó un poco de cordura, o eso noté yo. ? Me quitaron mi espejo-. Me respondió sin mirarme

- ¿Qué espejo?- Le pregunté intrigado.

- Me gusta mirar la oscuridad a través de los espejos. Los espejos no mienten, nos vomitan la verdad sea cual sea, todo el mundo debería mirarse en ellos.

Nos quedamos un rato en silencio, recreándonos el uno en la compañía del otro. Yo meditaba profundamente sus palabras. Tras un breve periodo volví a preguntarle por esos espejos pero no me contestó. Esta vez reculó unos pasos atrás hasta su rincón y volvió a sentarse en la oscuridad de forma que sólo se le veía media cara. Finalmente, hundió la cabeza en las rodillas y desapareció del todo en la oscuridad.

La luna, que hasta ese momento había permanecido despejada, volvió a esconderse tras una nube sumiendo la habitación en la negrura de nuevo.

Me quedé meditando unos instantes, reflexionando sobre todo lo sucedido. No podía ver al chico, no podía oírlo respirar, ni siquiera podía notar su presencia o el calor que desprendía su diminuto y esquelético cuerpo pese y a estar a solo unos centímetros.

Pero estaba ahí, se que lo estaba, porque la oscuridad parecía seguir moviéndose hacia ese rincón. Salí a tientas de la habitación y recorrí el camino de vuelta a la entrada principal. Esta vez ninguno de los internos salió a barrarme el paso. A los que me fui encontrando por el camino se limitaban a mirarme en silencio desde el interior de sus cuchitriles y cuando les aguantaba la mirada todos agachaban la cabeza. La razón parecía sobreponerse a su locura, la razón que sólo el miedo puede traer. Ahora todos me temían y no sabía el por qué.

Podía notar sus miradas escurridizas escaneándome de arriba abajo justo antes y después de que conectáramos visualmente. Algunos incluso se asomaban al marco de la puerta cuando ya había pasado de largo y se volvían a esconder como conejillos temblorosos en su madriguera al girarme de espaldas. El hospital parecía respetarme y temerme ahora. Incluso la mugre y el polvo daban la sensación de apartarse a mi paso.

Iba como dentro de una burbuja, la fría corriente del aire que entraba por las ventanas rotas me esquivaba, oía el sonido del viento a mí alrededor pero no lo notaba en mi piel. Incluso me pareció ver la sangre menstrual de una de las internas más jóvenes, a la que había visto gotear a mi llegada, secarse a mi paso. Sin duda era una sensación indescriptible.

 El camino de vuelta me lo pasé meditando al volante. ¿Qué era lo que le podía pasar a Erik? Aparentemente no era más que un chico solitario, abandonado, asustado y carente de afecto. Pero no parecía tener ninguna enfermedad en particular. Barajé algunas hipótesis como un leve trastorno bipolar, pero necesitaría más sesiones para aventurar algo concreto. Había algo especial y siniestro en él, pero sobre todo en lo que le rodeaba. ¿Por qué la gente me había tratado así después de hablar con él? ¿Que era lo que creían que habíamos hablado?

 Eran muchas preguntas y la carretera, oscura y monótona, fue avivando mi cansancio hasta que ya no pude aguantar y mis parpados se cerraron.

La oscuridad te llama, despierta.

Ese susurro helado entró a toda velocidad en mi cabeza. Di un salto sobre el asiento justo a tiempo para esquivar un coche que venía de frente con las luces puestas y haciendo sonar el claxon. El volantazo me hizo ir a parar al arcén. Una gran nube de polvo se arremolinó alrededor del coche. Yo estaba sudando, tenso y conmocionado. Tenía la boca abierta, respiraba profundamente y de forma entrecortada pero no era el susto de casi estrellarme contra el coche lo que me sacudía sino haber escuchado la voz de Erik diciéndome aquello. Pero sobretodo, lo que más pavor me daba era que al abrir los ojos juraría haberlo visto en la calzada, al lado del otro coche, mirándome de frente con sus grandes y brillantes ojos, solo que esta vez el chico esgrimía una amplia sonrisa de oreja a oreja.

 Aguardé en mi coche quieto y en silencio, inspirando hondo, esperando a recuperar el aliento y que las manos me dejaran de temblar. Cuando mi corazón volvió a meterse en mi pecho y mis pies tocaban tierra firme otra vez proseguí mi camino de vuelta con una velocidad extremadamente lenta.

Cuando llegué a casa estaba todo oscuro, toda la familia se había ido a la cama. La conmoción por todo lo que había pasado esa noche aun me hacía girar la cabeza y no hubiera podido dormir, así que me senté en mi butaca y me serví una copa del whisky que tenia para las visitas.

No bebía desde la universidad así que el primer trago me sentó como una patada en la barriga, la lengua me ardía; los otros ocho entraron como agua. En algún punto de la noche me quedé dormido. La mañana siguiente amanecí en la butaca con un terrible dolor de cabeza y empapado en sudor. Había tenido pesadillas toda la noche. Podía verme sentado en la butaca, dormido, y un gran espejo en un rincón de la habitación en el que estaba Erik reflejado, mirándome, con sólo medio cuerpo saliendo de la oscuridad, acariciando su asquerosa bola de polvo gigante. También soñé que salía del espejo y se acercaba a mí, lentamente, y ponía su cara a pocos centímetros de la mía y la observaba en silencio. Los rayos alumbraban la habitación, y con cada nuevo fogonazo de luz su cara cambiaba y yo podía ver como mi cuerpo iba envejeciendo. Fue un sueño terrible y perturbador.

Me levanté y fui a la cocina a preparar un café pero el microondas no iba, últimamente se estropeaba todo en casa. Siempre que se rompía algo llamaba a mi vecino Juan. Estaba en paro y divorciado, por lo que le iba bien ganar unos euros extras haciendo pequeños arreglos y de paso tomaba un café y charlaba con Carol, el pobre se sentía muy solo.

Esa noche volví al hospital a ver a Erik. Hasta que llegué a su pasillo no vi absolutamente a nadie, todas las celdas estaban vacías pero podía notar algo en el ambiente, algo me decía que las cosas no iban bien por allí y los pequeños dibujos hechos con sangre en la pared me lo confirmaban.

Alguien había pintado pájaros ardiendo que caían dentro de remolinos de color rojo, y creo que sabia quien había sido. Poco a poco me fui acercando a su habitación, podía sentir el murmullo de mucha gente en la planta superior, y abrí la puerta. Lo que vi me helo la sangre. Todo el suelo estaba lleno de manchas de sangre con plumas sobre ellas. También pude contar más de una decena de palomas decapitadas, sin plumas y con las tripas afuera.

En el mismo rincón que la noche anterior estaba Erik, con la boca llena de sangre. Había clavado las plumas más grandes en su pelota de polvo y estaba metiendo un dedo dentro de la cabeza de una de las palomas para luego dibujar un sol en la pared con la sangre. Yo me dejé caer sobre el marco de la puerta, el espectáculo era dantesco, y sin ni siquiera mirarme o esperar a que se lo preguntara me dijo:

-El sol esta triste porque la oscuridad se ha llevado sus rayos.- Eso, por supuesto, no me tranquilizó nada, pero sí que me confundió un poco más.

 Me senté en la cama esquivando las palomas muertas. Le pregunté si se las había comido vivas y él me respondió, sin parar de dibujar, que las cosas más hermosas de la vida se saborean mejor vivas.

Yo casi no podía contener las arcadas, el olor era nauseabundo y estaba empezando a marearme.

-¿Dónde está todo el mundo?- Le pregunté.

-¿Dónde está él?- Me respondió.

-¿Quién es él?- Dije un tanto molesto. Odio que la gente responda a las preguntas con otra pregunta.

Me respondió señalándome una mujer que había pintado en la pared con un gran crucifijo en el pecho y dos niños a su lado que en lugar de cara tenían un remolino rojo encima de los hombros.

Le pregunté si era su madre, y él me respondió que no, que era la madre de otros niños, pero no la suya. A lo que añadió:

 -Usted es como un espejo, ¿sabe? Todos lo somos. Reflejamos lo que otra gente, lo que el mundo, nos pone enfrente. En realidad no somos más que reflejos de lo que tenemos delante. Pero cuando en un espejo sólo se refleja oscuridad puede llegar a confundir y a no dejarnos ver con claridad lo que pasa detrás de nosotros. Podría ser que hubiera alguien agazapado entre las sombras, esperando que el último rayo de luz desaparezca y la oscuridad eterna se suma sobre la razón. Y cuando uno no puede ver reflejado en el espejo quien le va a atacar por la espalda por qué la oscuridad lo esconde entonces está perdido.

No entendía bien lo que quería decir pero la hipótesis del trastorno bipolar cogía cada vez más fuerza. Cuando se hartó de hablar y dibujar agarró su pelota de polvo y plumas de paloma para esconderse de nuevo en su rincón.

Yo tuve que salir corriendo fuera porque había cogido una de las cabezas de paloma y la usaba de chupete. Pero no me dio tiempo a llegar al lavabo y vomite en medio de la habitación.

Me giré pero él no estaba mirando y dudo que le importara dada las condiciones en las que vivía. Además, necesitaba salir de allí cuanto antes.

Esa noche tampoco pude dormir. Me la pasé de nuevo en el sillón bebiendo. Los siguientes días transcurrieron igual, todo parecía ir cada vez a peor, los castillos se me derrumbaban. No dormía nada por las noches, me las pasaba bebiendo en la butaca e imaginándome a Erik mirándome. Por las mañanas me iba al trabajo pero allí no mejoraba nada. No podía ejercer correctamente y los pacientes cada vez se quejaban más de mí y de mi olor a alcohol.

Tampoco iban bien las cosas en casa. No veía a mi mujer ni a los niños porque cada día al plegar de trabajar me iba a ver a Erik y cuando volvía estaban todos durmiendo. Sólo hablaba con Carol por teléfono y era para pelearnos. Las cosas en la casa parecían romperse cada vez más y estaba todo hecho un asco. Mis botellas vacías de whisky se iban amontonando al lado de mi butaca y, por si fuera poco, no hacía ningún progreso con Erik. No había podido hacer un diagnostico en firme. Si le hacía un test todos los resultados parecían normales pero luego al hablar con él cada día parecía ofrecer un cuadro diferente. A eso había que sumarle que cada vez era más violento cuando yo no estaba, era como un perro rabioso esperando a saltarle a la yugular al primero que pasara.

 Miguel me dejó un mensaje en el contestador diciéndome que ya no podían hacerse cago de Erik y que lo trasladarían a otra institución la semana que viene, al parecer, el motivo es que el niño había atado a una interna paralitica en la cama y le había clavado trozos de cristal en el ojo. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho el chico les respondió que de esa forma cuando la gente le mirara a los ojos y se vieran reflejados en los trozos de cristal dejarían de compadecerla y empezarían a compadecerse de ellos mismos.

 Todo parecía carente de sentido en mi vida hasta ayer. Finalmente mi mujer me llamó por la mañana al trabajo para decirme que no podía aguantar más esta situación y que se iba con los niños a casa de su madre.

Debí haber ido a intentar arreglar las cosas pero hubiera sido inútil, en lo más profundo de mi ser creo que sabía lo que pasaba, pero todo se había vuelto nubloso y oscuro. En mi cabeza ahora sólo estaba Erik y su oscuridad, además, era la última noche que podía hablar con él antes de su traslado. Así que fui al hospital a verle.

Esta vez el hospital estaba más iluminado de lo habitual. Múltiples sirenas de policía y ambulancia brillaban frente a la puerta. Entre la multitud salió Miguel en mi encuentro, seguía sin poder mirarme a los ojos. Me dijo que Erik se había escapado. Como había trasladado todos los enfermos de su planta al piso de arriba no sabían bien cuando paso pero esta mañana en el cambio de turno ya no estaba.

Fui a su habitación y me quedé en silencio mirando la oscuridad, mirando lo que escribió encima de mi vomito la noche de las palomas ?Has vomitado tu luz? y una pequeña cara sonriente. Contemplé su rincón favorito, el más oscuro, en el que desaparecía cada noche cuando ya no quería hablar. Se había olvidado su bola de pelo. No sé por qué me atreví a tocar aquella porquería con las manos, pero lo hice. Había una pequeña nota clavada en una de las plumas de paloma:

?Querido doctor, lamentándolo mucho me veo obligado a poner punto y final a nuestras charlas. Es usted un hombre inteligente pero a veces eso no es suficiente para ver entre las sombras. Le han puesto un espejo delante en el que no sabe mirarse y sus prioridades han quedado claras, eso le honra, aunque por supuesto, tiene consecuencias. Quizá piense que ya no hay vuelta atrás, y tiene razón. Pero no se preocupe, todo en esta vida tiene un significado y la oscuridad en la que ahora se ve inmerso no deja de ser un laberinto de sombras con un final que quizá encuentre, o quizá no. Solo tiene que aprender a mirarse en el espejo.  Ver sus propios defectos y lo que ello acarrea. No tenga miedo de la oscuridad, a veces la oscuridad es la que nos permite ver las cosas con más claridad. La oscuridad te protege de todo, incluso de usted mismo, permanezca en ella y lo verá todo más claro. Erik. ?

Entonces vi, entre la oscuridad, el dibujo de la mujer con los dos niños y lo entendí todo. Tiré la bola de polvo y salí corriendo, me monté en el coche  y conduje sin pararme siquiera en los semáforos hasta mi casa. Pero no entré. Me dirigí a la casa de al lado, la de mi vecino Juan, y llamé a la puerta. Me abrió él y con cara de sorpresa y agitación me saludó sin mirarme a los ojos. Tenía miedo, yo daba miedo, yo era la oscuridad. Me abalancé sobre él y empecé a estrangularlo. Mi mujer salió corriendo del dormitorio de Juan, con su gran crucifijo de plata moviéndose a lado y lado, y pidiéndome llorando que parara con la sola vestimenta de una toalla de baño enrollada en el cuerpo. En lugar de detenerme cogí un jarrón de cerámica de la entrada y se lo empotré a Juan en la ceja, tomé uno de los trozos más grandes y se lo metí en la boca hasta que le atravesó la nuca. Entonces paro de gimotear y de agarrarme las manos. Me levanté, miré a mi mujer, y me fui.

Vuelvo a mirar mi nombre brillante escrito con Leds verdes en la pantalla. Sé que no se trata de una urgencia, sé que al otro lado de la puerta hay varios agentes de policía que están esperando que yo quite el candado de la puerta y abra para tirarse encima de mí. Echo un largo trago a la botella de vodka y la guardo en el cajón. Me recostó sobre mi cómoda butaca de cuero negra y me giro para apoyar los pies en el marco de la ventana, mientras contemplo la oscura noche que tapa la ciudad entre mis cortinas verticales de color blanco. Me pregunto que estará haciendo Erik ahora mismo. No sé por qué los policías no hacen como en las películas y echan la puerta abajo. Pero yo no tengo ninguna prisa.


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