El infierno no es un mal lugar para estar

Por Pau Assey Cocklord
Enviado el 26/01/2013, clasificado en Varios / otros
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Hacía mucho que no llovía en la ciudad y Nacho me llama y me pide que le acompañe a la fiesta que un amigo suyo ha montado en un piso. Estoy demasiado cansado o pasado como para levantarme y salir e ir a una estúpida fiesta pero de todas formas acepto, así que recojo mis pedazos del suelo y salgo de casa.

Hace bastante frío y el asfalto mojado resplandece con las luces de los pubs y discotecas. Nacho carga con una caja de cartón llena de botellas de licor que probablemente haya robado del trabajo y tintinean al ritmo de sus pasos. Yo camino dando tumbos con una lata de cerveza caliente en la mano para poder soportar el frío y la lluvia y pienso que definitivamente es por la noche cuando mejor se está en la ciudad.

Cuando entramos en el apartamento dos chicos se acercan a Nacho y cogen la caja con las botellas y se la llevan y me doy cuenta de que no conozco a nadie y de que casi ya no me queda cerveza y necesito más. Todo el mundo bebe pero por alguna razón tengo la sensación de haber perdido el ritmo y de no estar lo suficientemente borracho. La conversación se hace insoportable. La chica con la que estoy sentado en el sofá está dormida o borracha y tiene su mano en mi muslo. Me parece ver a Nacho hablando con dos chicas junto al equipo de música, riendo y fumando. Me entran ganas de mear y me levanto y una chica pasa a mi lado y me saluda y me pregunta que tal me va todo y yo le contesto pero no sé quién es y decido encerrarme en el baño y dormir hasta que todo el mundo haya muerto. Entonces tendré mejor aspecto y me encontrare mejor.

Llaman a la puerta y me apoyo en ella para sentir los golpes vibrar a través de mi espalda. No me queda alcohol en la sangre y lloro y lentamente me hundo en las alcantarillas de la ciudad. La mierda, meados y demás desechos humanos cubren mi cuerpo y me siento extrañamente bien. Desde aquí abajo las cosas parecen más sencillas y ligeras y una extraña sensación de paz me embriaga y me aturde. En la fiesta suena Paranoid Android mientras fuera sigue lloviendo y yo enciendo un cigarrillo. Miro mi reflejo en el espejo. Veo muerte. Veo desesperación. Veo unas bolsas oscuras debajo de mis ojos cobardes, escondidos en lo más profundo de mi cráneo, como avergonzados de formar parte de mí. Me doy asco. Enfoco la taza y meo, pero no calculo y el chorro se estrella contra el suelo de mármol y me derramo por todas partes. Con esfuerzo consigo redirigir mi puntería hacia la ducha, pegada al retrete. Imposible fallar. 

Salgo arrastrándome del baño con los pantalones aun mojados y el piso está a oscuras y abarrotado y siento como si nadie pudiera verme ahí de pie. A mí alrededor el alcohol ahoga a sus siervos con ternura y la coca, ácidos y hierba nos permiten volar por encima de todo y de todos. Chicas con cuerpos de frágil seda venden pasajes a tierras vírgenes aun por explorar y siento como la oscuridad transparente respira bajo mis dedos. 

- Esta noche me veras en tus sueños.

Puedo oír el ruido de su lengua golpeando en su boca al articular esas palabras en mi oído. Justo antes de desfallecer y perderme en la noche, justo en el momento antes, siento como una mano recorre mi espalda, dibujando símbolos que no reconozco. Unos dedos insolentes se introducen furtivamente dentro de mis pantalones. La música sigue sonando, a cada nota siento como mi cerebro se deshace lentamente. Veo una sonrisa pequeña que me engancha y ya no puedo liberarme de esas manos. Un cuerpo menudo envuelto en aromas orientales. Me encuentro frente a una desconocida que me mira directamente al fondo de los ojos. Siento pánico. Unos ojos de espejo, pupilas de glacial luminosidad, que muestran todo en su apariencia desnuda, asoman entre el pelo negro y fino como estrellas furtivas en una noche de tormenta y acabo bailando con ella.

Los labios se humedecen. Le pregunto su nombre pero ella solo me susurra que porque no nos vamos, así que la sigo arrastrando los pies hasta una habitación, la tumbo en una cama cubierta de abrigos y cierro la puerta tras de mí. La cabeza me arde. Mi polla esta dura como una roca, inmóvil, esperando algo. La rodeo con mis brazos y la encaro a mí con mucho cuidado. El corazón me late desbocado, a punto de estallar en mil pedazos. Su pelo, sus labios, sus dientes, me devoran con violencia. Su cuerpo al tocarlo tiene el tacto frío de la noche, pero dentro de él hay algo que me es familiar, lo noto, quiero meter la mano dentro de ella y tocarlo, acariciar ese pequeño centro cálido del universo. Lo quiero ya, dámelo, dame tu corazón y tu alma antes de perder el control y destrozarlo todo a nuestro paso. A través la palma de mi mano puedo sentir un suave temblor rítmico en su vientre, mientras sigo con los dedos la senda de fuego entre sus muslos. Apoyo la palma de mi mano en el monte de Venus y noto como sus bragas de algodón se empapan de ella. El aroma del vello púbico me inunda la cabeza y dejo que mi lengua saboree la suavidad de su carne.

Nos abandonamos a la inercia de nuestros cuerpos. Le deslizo las bragas por las piernas y, impaciente, la abro ante mí y me adentro en ella. Esta tan mojada que no tengo que hacer ningún esfuerzo, solo dejarme guiar a través del laberinto de su cuerpo. Por un momento me quedo quieto dentro de ella, sintiéndola a mí alrededor, envolviéndome. Entonces empiezo a moverme. Primero lentamente, luego con movimientos cada vez más violentos. Estoy atrapado, me tiene cogido por la polla y no puedo rendirme. Ella lo es todo. La aprieto aún más fuerte contra mí. Mis brazos se convierten en cuerdas que la apresan. Cada vez me muevo dentro de ella con más violencia. Siento como la carne se abre a mi paso y el placer brota violentamente de sus entrañas. Ella abre la boca e intenta gritar pero es incapaz.

Ya no queda nadie, solo nosotros para repoblar los vastos prados de la tierra. La música inunda nuestros cuerpos ansiosos y los desmonta pieza a pieza y siento que estoy a punto de estallar. Pronto ya no quedará nada de mí, solo un cuerpo enlazado. La aurora fluye a través de su boca húmeda y cegadora. Creo que sería capaz de construir una catedral en esa boca, adorar al dios de su lengua, levantar una ciudad alrededor de sus labios, formar una comunidad libre, crucificar a todos sus enemigos. Mis venas van a estallar. Mientras me corro dentro de ella empiezo a llorar con el alma destrozada. Solo se muere una vez, y durante tantísimo tiempo.


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