ANACONDA

Por JUANCHO777
Enviado el 09/02/2015, clasificado en Terror
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 ANACONDA(cuentito)

   

Al norte de Colombia, muy cerca de Santa Marta y al oeste de la bahía de Maracaibo se encuentra una pequeñísima pero tupida selva con muchos de los atributos de  las selvas mas grandes.

Se encuentran allí las víboras al paso sin buscarlas,  y eso es como con las ratas cuyo numero total se puede calcular en base a las que son visibles.

Cuando eso ocurre significa que en el terreno hay una cantidad víboras muy superior a la tasa normal para esas geografías.

Las estribaciones de la Sierra Nevada , la montaña costera más alta del mundo, se hunden en el mar como los dedos de una mano gigantesca  entre los que se forman bahías y ensenadas de una belleza notablemente singular.

Chengue,  Gayraca, Concha y otras, con sus playas de arenas blancas casi como la nieve, delimitadas por atolones rocosos, manglares o bosques, y bañadas todas por las aguas azules, fantásticas y cristalinas del mar de las Antillas que también Caribe llaman actualmente hacen parte del Parque Nacional Tayrona.

El parque posee los vestigios arqueológicos de una antigua ciudad del pueblo originario Tayrona enemigo de los belicosos Caribes.

Un dia  se produjo la llegada a la zona de una expedición de naturalistas norteamericanos que levantó su campamento muy cerca del mar, en plena selva.

Estaban los hermanos Cork, John y Francis y el profesor Halley acompañados por el baqueano Tito, un autentico tayrona capaz de hablar con las serpientes y con los monos.

Los visitantes admiraron desde el principio la increíble puntería del indio con su Winchester 22 al que jamás abandonaba y era parte de la personalidad de Tito y de su alma.

A pesar de la fuerte resolana las carpas se habían levantado en un claro para prevenir visita de serpientes y el bombardeo desde los altos árboles por parte de los monos con naranjas, mango y otros frutos que utilizaban los primates para acosar a los extraños.

Los monos eran muy delgados, nerviosos, grandes y muy chillones. Sorpresivamente comenzaban con sus bombardeos tanto como ponían fin a ellos.

En ese momento el profesor Halley estaba leyendo material sobre serpientes de científicos  de Bogota y la historia de los primates colombianos del estudioso Dressler.

Por el momento los americanos habían prescindido de las carpas y utilizaban toldos de lona sostenidos por cuatro estacas para protegerse del Sol y de la artillería de los monos que a pesar de haberse alejado algo de los árboles, los acampantes,  todavía eran  alcanzados por los proyectiles frutales.

Una mañana estaban desayunando el profesor Halley, Francis Cork y Tito llamándosle la atención la tardanza de John, que por lo general no era remolón.

Se acerco Francis a la bolsa de su hermano y vio las gesticulaciones de desesperación en el rostro del demorado.

John gesticulaba espasmódicamente con la boca y los ojos como queriendo explicar algo y cuando los demás se acercaron a su bolsa de dormir en voz muy baja les dijo?una serpiente enorme está dentro de mi bolsa.

No se acerquen, no hablen, no se muevan.

La noche anterior se había estado charlando de las leyendas colombianas sobre las mas monstruosas víboras.

Halley comentó que precisamente en Colombia había existido una serpiente de catorce metros de longitud y más de una tonelada de peso que vivió hace 60 millones de años en las selvas tropicales del actual departamento de La Guajira.

Y a pesar de su ciencia todos miraron con un poquito de resquemor infantil a la selva  pensando en criaturas prehistóricas,  en un gesto irracional.

Pero esta mañana no era la mas adecuada para charlas de tertulia.

El indio Tito se hizo naturalmente el jefe del operativo.

Explicó que muy posiblemente el monstruo que habitaba el saco de dormir de John Cork era una anaconda verde, el equivalente en la zona de la terrible pitón del amazonas.

No son habituales de la zona las anacondas, pero se ha sabido de su llegada de ejemplares a la región. Por grandes lluvias y por otros motivos.

Hay razones para creer que es muy favorable a nosotros el hecho de que no sea venenosa, dijo el indio no muy convencido.

Agregó que el aislamiento del suelo por la trama de la bolsa le permitía acercarse a muy poca distancia de la víbora, ya que el animal perdía percepción por la falta de contacto con el piso.

Solo suponía el indio que era una anaconda verde por el tipo de conducta tan familiar como es haber penetrado en la bolsa con un hombre adentro.

Lo comprobarían al salir la serpiente por su color claro está y por tener los ojos ubicados en la parte superior de la cabeza para flotar en el agua en acecho y no perder la visión manteniendo por fuera la vista.

Por su conducta muy típica, dijo, creo que se trata de una anaconda aunque no sean muy frecuentes por aquí.

La mordedura tiene la finalidad de sujetar a la victima para asfixiarla con su abrazo.

John Cork estaba pasando las horas mas horrorosas que jamás hubiera imaginado compartiendo una bolsa de dormir con una anaconda del norte de Sud América.

Y el indio Tito había asumido su liderazgo con toda autoridad.

Lo primero que recomendó muy severamente fue evitar ruidos, porque si bien son sordas estas víboras , todo lo captan por las vibraciones.

A estos monstruos los ahuyenta el calor excesivo dijo y dispuso quitar los toldos para que el Sol hiciera lo suyo por Cork.

 Las facciones de John eran irreconocibles. Con los labios contraídos, pálido como un papel, cuando abría los parpados sus ojos eran el dibujo de la angustia y del terror.

El que haya estado acompañado tan íntimamente con una anaconda verde no preguntaría como se dio cuenta John Cork de que era una serpiente y no otra cosa lo que compartía  el habitáculo con el.

Temblaba como si tuviera frío y a los pocos minutos el gran Sol tropical quito la blancura de su piel con una roja quemadura.

El indio estaba rígido como una estatua con el rifle aprontado y constantemente hacia gestos de paciencia y de silencio a los demás.

Cuando la bestia hizo un pequeño movimiento molesta por el calor que comenzaba a dar el Sol la victima de ese horror acentuó sus temblores y vomitó profusamente.

El baqueano Tito tuvo al momento el arma al hombro con el ojo bien puesto en la mira.

--No puedo jalar del gatillo ?chico?, dijo el baqueano. ?Si supiera donde está la cabeza podríamos en caso extremo arriesgar. ¿ Pero adonde está la cabeza?.

El tiro debe ser en el cerebro para prevenir cualquier reacción posterior con la víbora furiosa. Debe quedar muerta en el acto.

El guía estaba serio y callado no por concentración sino por oscura preocupación.

Nada estaba claro; era todo de pronóstico muy reservado.

Tito estaba como el guardián del paraíso, o no sé, como custodio del averno tal vez seria mas adecuado.

 Pasaban lerdos los minutos, las horas  y John Cork se desvaneció varias veces y otras tantas volvió a la horrible conciencia de la realidad.

Se movía casi imperceptiblemente la serpiente y el baqueano Tito comentaba que eso era señal de que estaba tranquila.

Era extrema la tensión entre los hombres.

Hacia muchas horas que el indio no apartaba la vista de la boca de la bolsa.

Cuando asomó la punta de la cabeza pareció caer un monstruo de hielo en el ambiente.

El baqueano tenso, reconcentrado, hacia honor a la sabiduría de su pueblo, amasada en miles de siglos en la refinada  paciencia y observaba con la frialdad de toda la historia de su raza fundida con el alma de la tierra.

La brutal congoja de John Cork deformaba su rostro que mostraba horribles llagas en su piel pálida por efecto de la exposición al implacable Sol tropical.

La cabeza asomada se puso en ángulo recto al piso.

No podía fallar el tirador. Parecía que jamás iba a tirar.

Sus ojos eran la negrura de la noche, no se movía una sola estría de sus músculos y su respiración no existía. 

Tito parecía una estatua de bronce y sonó seco el disparo.

La bala 22 larga le partió limpio el cerebro a la bestia y todo terminó.

John Cork lloró arrodillado en el piso y gastó todos sus nervios y sacudió todo su perverso horror.

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