Obsesionado con la cuñada (parte 1/5)

Por Takenlit
Enviado el 13/02/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Llegan en Abriles muchos saludos fraternos, pero en noches sentía el fastidio de Inviernos. Él no podía negar eso.

Aquella era una noche hermosa. Hubiera sido imperdonable haberla malgastado bebiendo unas cuantas botellas de pacharán o buscando buena compañía femenina, aunque dudaba en conseguirla. Después de dos años de incendios, explosiones y muertes absurdas, por fin la gente podía salir a la calle y, lo que era mejor, disfrutaban de una libertad que les permitía hacer lo que les diese la gana. Al abrir la puerta del bar, aquella música entró como una ráfaga furiosa y alegre por los oídos del hombre con el abrigo. Éste ya la había oído en otras ocasiones, pero no sabía cómo se llamaba. Un amigo le dijo que era algo así como una danza del Carmina Burana, de Carl Orff. Al ritmo de sus notas la gente bailaba en plena calle sin temor al ridículo, siguiendo a unos gigantes articulados de madera que eran manejados con gran comicidad.

Las figuras representaban a las diosas y dioses por los que se había derramado tanta sangre y tantas lágrimas. Una de ellas representaba a una mujer que llevaba sobre la cabeza una especie de aro con estrellas. Algunas, en cambio, tenían barba; otra, un turbante y la que la seguía, una especie de triángulo a modo de mitra.

Se había desatado la fiesta, pero al hombre del abrigo le seguía preocupando los últimos asaltos, y no le interesaba mucho la caracterización divina, pero decidió rápidamente cambiar de pensamiento, ya que en ese momento solo le apetecía reír y, tal vez, hacer el tonto como aquellos locos. Sin embargo, sin saber por qué, es posible que por el cansancio, volviera a recordar lo que ocurrió hace unos días. No podía evitar pensar en las personas que murieron en manos de ese ladrón, y cómo aquel todavía no había sido arrestado.

Estaba pensando como un anciano, y solo era un chico tímido e indeciso... seguramente por esto decidió someterse a un entrenamiento en un gimnasio para conquistar a una mujer. Se sentía verdaderamente mal con sí mismo, pero también había agarrado seguridad y ahora estaba dispuesto a dejar de una vez su virginidad, pues incluso a sus 23 años de edad ni siquiera había dado un beso a una persona.

Él era un estudiante de criminología, y aún en esta condición, se había convertido en un respetado detective, con varios casos resueltos en su haber. Solo le quedaba completar su práctica para titularse y terminar la carrera.

Cada vez que sus compañeros lo invitaban a una fiesta él rechazaba por motivo de continuar con sus investigaciones. Alejaba a su familia, se distanciaba de sus amigos, incluso no dejaba que nadie se acercara tanto a él, sumergiéndose en una pesadilla en carne propia con el fin de perseguir su utópico deseo que quería llevar a cabo en todo: la perfección.

No creía en un dios, menos en las religiones, puesto que consideraba que la perfección solo podría ser lograda por el hombre, y si había algo divino estaba en sus manos. Consideraba que la iglesia únicamente era una empresa que lucraba con las ilusiones de las personas.

Ya se estaba haciendo tarde. Sebastián consideró la opción de regresar a su hogar, donde también vivía su hermano y la esposa de éste.

-¡Que sorpresa verte aquí!- expresó con alegría la voz de la mujer que pasó por al lado suyo.

Era Pamela, una compañera de Sebastián.

-Bueno... Celebrar de vez en cuando no le hace mal a nadie

-Al parecer has cambiado...-dijo Pamela luego de un suspiro

-Bueno me voy, o sino mi hermano me va a regañar

Sebastián vivía en un pueblo pequeño, y por motivos de estudio había tenido que viajar a la capital, donde su hermano, Mario, se ofreció desinteresadamente para que éste se hospede en su casa, mientras ayudara a su esposa Laura con las labores del hogar cuando él estuviera trabajando.

A Laura, una mujer de 30 años, la sensualidad le brota por los poros, sus ojos claros tienen un brillo excitante y no es mezquina con sus perfumes y encantos. Sus senos eran ciertamente su gran atractivo, grandes no eran? pero sí muy firmes y sus piernas también cumplían con esta condición. A Sebastián le parecía una verdadera modelo, pero no por esto la consideraba una mujer perfecta, ya que esta característica la poseía aquella persona con la que se topaba todas las tardes después de salir del gimnasio.

Era una noche fría y demasiado oscura. La neblina llegaba prácticamente al piso. Tres sujetos avanzaban a pie, por la banqueta. La mujer iba entre ellos, que la abrazaban y protegían al mismo tiempo. Un viento agitó las ramas de los árboles y pequeños arbustos, presagiando la entrada de un ciclón o algo parecido. Pero el trío caminaba despacio, tratando de pasar inadvertido. Porque las calles, aunque a esas horas permanecían solitarias, eran patrulladas con cierta regularidad en esa zona residencial por la policía local. El único que los divisó fue Él, pero solo logró mirar la cara de uno.

Él no se preocupaba, pues sabía que a esas horas la policía acostumbraba patrullar, y eso también se cumplió ese día. Sin más preocupaciones que su conquista del próximo día, llegó a su hogar agotado y dispuesto a dormir.

Desde el abrir de la puerta escuchó unos potentes gemidos provenientes de la habitación de ellos. No se preocupó, ya que consideraba normal el sexo en una pareja, subió la escalera para dirigirse a su habitación cuando se percató que tenían la puerta semi cerrada. Sólo por curiosidad decidió ver a través del pequeño espacio entre la puerta y su marco.

Contempló a su cuñada montada sobre su hermano mirando hacia la abertura, al parecer en primera instancia no se había dado cuenta de que los estaba observando. Mario con cada movimiento, dejaba que un misil tierra-aire entrara y saliera, por el cuerpo de Laura, como una sacudida. Oleadas de placer los invadían sin remedio. Con un último resquicio de cordura, ella decidió mirar hacia el espacio por el cual se encontraba el ya caliente espectador, entonces ella se lamió los labios lentamente mirándolo a sus ojos. Él dejó rápidamente de observar aquel espectáculo, y se dirigió hacia su habitación, a pesar de que un pequeño bulto en su pantalón dificultara su caminar.


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