Camino de Santiago ( 1 )

Por recazul
Enviado el 27/01/2013, clasificado en Intriga / suspense
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Ramón y Marisa se dirigían desde Sevilla hacia Galicia, de donde él era, montados en el mono-volumen gris, pensaban hacer noche en Madrid porque el tiempo no les corría. Ramón tenía sobre sesenta, Marisa parecía algo mayor. Él cubría su poblada cabeza canosa  con un sombrero, medía como uno ochenta, de complexión normal, entiéndase ni grueso ni delgado, luciendo además una poblada barba igualmente canosa. Conducía tranquilo, sin exceder nunca los límites de velocidad. Marisa, adecuadamente conservada, con unos kilitos de más. Piel blanca y delicada, con las arrugas justas y el pelo tirando a rubio tintado. Mostraban amabilidad, correctos, educados,..., ambos usaban gafas y vestían de una manera tradicional,... según su edad.

Iban escuchando las noticias de la radio. Hablaban de la aparición, nuevamente, de un cadáver en un coche abandonado, un utilitario verde botella de tres puertas robado días antes. No se trataba de un caso aislado, ya habían aparecido algunos más, de las mismas características en semanas anteriores. Escuchaban con atención las recomendaciones de la policía que estaba en plena investigación: desconfiar de aquellos que ofrezcan ayuda, no coger auto-estopistas, etc....

Marisa cambió de emisora, no quiso seguir escuchando y puso radio clásica, donde hacían programaciones muy a su gusto. Llegó la hora de comer y pararon en un área de servicio para descansar y llenar algo el estómago. Observaron que en el carril de acceso a la autovía había un joven con una mochila, una guitarra, y un cartel que debía indicar su destino. Se miraron y entraron en el restaurante. Pidieron el menú mientras observaban el exterior a través de la ventana, el joven seguía allí, esperando que alguien accediese a llevarlo. Pasó como una hora, comieron, tomaron café, pidieron un bocadillo de tortilla para llevar y una botella de agua, pagaron y salieron del restaurante. Marisa se sentó detrás. Ramón puso gasolina en la estación de servicio y se encaminó hacia la salida. A la altura del joven leyó que el cartel indicaba A MADRID, no tenía mal aspecto parecía buena gente y, desatendiendo las recomendaciones policiales, paró le invito a subir al coche ya que llevaban su misma dirección. El joven esbozó una ancha sonrisa, depositaron la mochila en el maletero, la guitarra sobre la bandeja que lo cubría, y tomó el asiento del copiloto.

Marisa, sacó el bocadillo de tortilla, la botella de agua, y se lo ofreció. Eduardo se llamaba, se deshacía en agradecimientos, a lo que Ramón y Marisa quitaron importancia. Eduardo, hambriento, devoró el bocadillo. No cabía duda de que tenía hambre, llevaba allí un tiempo. Se le había terminado el dinero y hasta que no llegara a una población donde hubiese bancos no podía sacar de la cartilla que llevaba. Argumentaba que había decidido viajar en auto-estop para atesorar una experiencia más, no por falta de medios económicos, iba sacando de su banco el dinero siempre en última instancia. Quería, necesitaba viajar y subsistir de lo que el camino le ofreciese, era una forma de realizarse y de madurar para afrontar una larga vida.

 

Ramón y Marisa, se lanzaron miradas a través del espejo retrovisor interior. Miradas que hablaban por si solas, tenían como un código oculto que ellos solo entendían. Eduardo hablaba y hablaba, ellos escuchaban con interés y atención, y se ofrecieron a acercarlo a la población más cercana para que pudiera sacar dinero. Eduardo, de nuevo, les agradeció su buena voluntad.  Como la tarde había avanzado más de lo previsto, decidieron pasar la noche en un hotel de carretera a la salida de esa población. Por supuesto que invitaron a Eduardo a cenar y a dormir, después de que se proveyese de suficiente capital para afrontar unos cuantos días más de andanza por las calzadas.


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