Una plancha española

Por Manuel Olivera Gómez
Enviado el 10/02/2015, clasificado en Cuentos
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UNA PLANCHA ESPAÑOLA

 

 

No puedo evitarlo. Cada vez que visito el dentista pierdo el control de mis nervios. Me enferma el sonido de las máquinas, y me enferma el olor tan característico que circula en las consultas.

 

Ahora fue en Centro Habana, en un barrio de edificios podridos y de perros con sarna que revolvían la basura apilada en las esquinas. Un panorama desolador. Sin embargo, el piso del policlínico lucía limpio, y las paredes estaban recién pintadas.

 

-Ni te creas que siempre es así ?me aclaró Rogelio, quien me había resuelto el turno con un amigo dentista-, es que la semana pasada les llegó una donación, y arreglaron un poco esto para recibir a los franceses que la trajeron.

 

-Ojalá hayan donado instrumentales para que estos pobres médicos trabajen mejor ?se inmiscuyó en la conversación una señora que leía una revista Hola a nuestro lado-. Yo nunca vine al dentista por eso, por la puñetera escasez que no tiene para cuando acabar. No es fácil que le metan a una en una muela el mismo taladro que le han metido a todo el mundo.

 

-Ay señora, pero eso lo desinfectan ?le apuntó Rogelio.


-Con alcohol, mi hijo, sólo con alcohol, y el alcohol no se lo lleva todo. Y ahora con todas esas enfermedades nuevas que andan en la calle, no puede uno correr riesgos. Dicen que allá en Párraga una mujer se contagió de hepatitis así por esa vía. ¡Qué va! Yo preferí perder todos mis dientes ?y abrió la boca para mostrarnos sus encías oscuras.

 

-¿Y a qué vino entonces si no tiene dientes? ?le pregunté.

 

-Vine para ponerme una plancha española ?dijo ella con orgullo-. Me la mandó mi hija que vive en Barcelona. Aquí la traigo en la cartera. Carísima que le costó, pero ese fue el regalo que le pedí la Navidad pasada, unos buenos dientes postizos para poder sonreír otra vez como en mis tiempos de jovencita.

 

En ese momento el doctor Villareal nos llamó a Rogelio y a mí, y la dejamos afuera protestando, porque ella había llegado primero.

 

Cuando el doctor me mostró el sillón, me sentí como Luis XVI camino al patíbulo. Mientras esperábamos con la señora, dos veces había bajado al baño, enfrentando la mala cara de la portera, quien se negaba a dejarme pasar si no depositaba en su mano abierta alguna moneda de a peso. Ahora que estaba tumbado en el sillón, volvía otra vez a sentirme la vejiga repleta de orine.

 

-Te pincho con esto, y esperamos unos minutos por el efecto de la anestesia ?dijo el doctor blandiendo una enorme jeringuilla metálica.

 

Tras el pinchazo, salió con Rogelio a conversar afuera, y a comer unas empanadas de guayaba que le llevamos de regalo. Rogelio las compró en una cafetería cercana, alegando que era de buen gusto obsequiar a los dentistas con alguna bobería.

 

No podía esperar más. Con la boca entumecida, aproveché mi soledad para bajar de nuevo al baño. Demoré algo, pues la portera, soltando todas las palabrotas que le permitía su cólera, limpiaba los restos de excremento dejados por alguien fuera del inodoro.

 

Cuando regresé, la alarma y las burlas corrían por toda la sala. El doctor Villareal pensó que su paciente en un ataque de pánico se había dado a la fuga.

 

Me acosté de nuevo, y estuve a punto de ir directamente al piso, pues no recordé la advertencia del doctor de que a la cabecera del sillón le faltaba un tornillo.

 

-¡Ay, qué pena! ¿Te diste golpe? ?se preocupó Villareal-. ¡Las veces que he pedido que me arreglen ese sillón!

 

-Chico, cuando vengan a arreglártelo, mira a ver si te cambian de paso la escupidera ?argumentó Rogelio-. O que al menos te den salfumán para que le eches. Por el sarro que tiene, es como si media Habana hubiera escupido en ella.

 

Villareal comenzó a introducirme algodones en la boca. Rogelio no paraba de hablar, y el doctor, tal vez queriendo no ser descortés, abandonaba por momentos su labor para atenderlo y reír con él, dejándome a mí segregando saliva, y sin poder advertirle que al menos me dejara escupir. Sus dedos medio e índice aprisionaban mi lengua.

 

La muela no aflojaba, y él volcado completamente sobre mí, movía con todas sus fuerzas el alicate.

 

-¡La tengo! ?soltó por fin.

 

Su grito de triunfo salió casi a la par de uno de espanto que provenía de la sala de espera. Rogelio salió primero. Villareal lo siguió con mi muela en la mano, y yo tampoco quise dejar de saber lo que ocurría.

 

Un ladrón se había introducido en el policlínico, arrebatándole en un gesto rápido la cartera a la señora de la plancha, quien desesperada, y rodeada por otros pacientes, no paraba de gritar con toda la fuerza de sus pulmones:

 

-¡Mis dientes! ?. ¡Agárrenlo!... ¡Me robó mi plancha española!.... ¡Agárrenlo!....


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