BORIS

Por Federico Rivolta
Enviado el 11/02/2015, clasificado en Terror
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Pronto dejarás de temer a los payasos.

 

En un antiguo y olvidado teatro, se realizó hace mucho tiempo la audición más prometedora del mundo de la mímica. La prueba se ejecutó a puertas cerradas, con tan solo un juez y un artista.

La audición fue juzgada por nada menos que Boris Zhanitsyn, el mimo más famoso de ese entonces. Los años le habían borrado la sonrisa y ya le había llegado la hora de retirarse, por lo que estaba en búsqueda de un sucesor. De aprobarse el acto, el joven haría la gira que Boris no pudo terminar por recomendación del médico. El objetivo de la gira no solo sería rendir homenaje a su trayectoria, sino también lanzar a la fama a una nueva estrella.

El viejo Boris había visitado ese teatro cientos de veces, pero aquella fue la primera que no asistió vestido de mimo; esa tarde portaba una boina azul, una camisa amarilla floreada y unos pantalones celestes de gabardina.

Desde el primer instante en que el joven mimo subió al escenario, sorprendió al anciano. El traje se ajustaba a cada músculo de forma escultural, y su rostro mostraba una absoluta falta de emoción hacia todo aquello que lo rodeaba. El joven le recordó a él mismo, antes de que el paso del tiempo acabase con su tersa piel de porcelana y lo convirtiera en un arrugado vejestorio de manos temblorosas.

La rutina del joven fue impecable. Cada movimiento fue ejecutado con una elegancia que Boris jamás había visto fuera del espejo; parecía ser en verdad su sucesor. Ante cada ejecución, el anciano aplaudía con entusiasmo; lo hacía sin chocar las manos, por supuesto, no quería contaminar la audición con ruidos innecesarios. El joven tampoco podía creer lo que estaba viviendo, estaba sorprendiendo a su máximo ídolo, a aquel que lo había inspirado a dedicarse a la mímica.

Al finalizar la actuación, Boris se llevó los meñiques a la boca con un gesto de silbidos; pero, como buen mimo, no soplaba en realidad. El joven hizo una reverencia ante su modelo a seguir y, sonriente, lo saludó con un pañuelo que tenía en el bolsillo.

Mientras bajaba las escaleras, iba limpiándose el rostro para sacarse el maquillaje de mimo. El joven y el anciano se miraron el uno al otro en una escena de futuro y pasado, de vida y de muerte. La mutua contemplación duró diez minutos de absoluto silencio y sin que ninguno hiciera el menor movimiento.

El muchacho estaba esperando la materialización de los aplausos en un acuerdo oral que lo sacaría de su miseria, pero Boris lo sorprendió bajando el pulgar de su temblorosa mano y negándole la aprobación, moviendo la cabeza de un lado a otro.

El joven perdió la compostura y se acercó al anciano con intenciones de asesinarlo, pero a pesar de su avanzada edad, Boris fue más rápido.

El experimentado artista sujetó al muchacho del brazo para luego lanzarlo al suelo. El movimiento fue tan eficaz que el muchacho tembló de miedo, su rostro se había vuelto pálido, casi tanto como cuando estaba maquillado. Boris aún no estaba satisfecho, y comenzó a ahorcar al joven, clavando sus huesudos dedos hasta que su rostro volvió a mostrar una absoluta falta de emoción hacia todo aquello que lo rodeaba.

Al llegar a su hogar, el anciano se cambió la vestimenta por un traje en blanco y negro; no estaba cómodo con la camisa floreada y los pantalones celestes. Una vez vestido con el atuendo que lo había hecho famoso, Boris se dirigió a su invaluable tocador francés.

El anciano se miró en el espejo, suspirando por el fracaso de aquella audición en la que había depositado todas sus esperanzas. Una lágrima negra corrió por su mejilla, y entonces abrió uno de los tantos cajones del antiguo tocador en busca de un pañuelo. Volvió a mirar su arrugado reflejo mientras humedecía el pañuelo. Con la delicadeza que lo caracterizaba, Boris se removió el maquillaje humano hasta dejar otra vez expuesta su natural piel de mimo.

 

 


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