Noche de jazz

Por Annbethquim
Enviado el 16/02/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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La música sonaba alta en la sala. El concierto acababa de empezar. Los dos saxofonistas tocaban como a destiempo y la batería no dejaba de repiquetear incansable. En poco tiempo el escenario dejó de captar mi atención y mi mirada fisgaba perdida por cada uno de los rincones de la sala. Sonaba el jazz de fondo cuando mis ojos tropezaron con otra mirada que hizo que buscara de nuevo el escenario. Mantuve la mirada fija durante unos minutos, como si lo que estuviera pasando allí me interesara, al menos, un poco. Mientras tanto, notaba como unos ojos, al otro lado de la sala, clavaban su mirada en mí. No pude resistir la tentación y volví a mirar. En un primer momento lo hice de reojo, y luego un poco más descarada, para comprobar que un chico, algo más joven que yo, miraba insistentemente por encima del hombro de su acompañante. Aparté la mirada, pero a los pocos minutos volví a girarme para comprobar que seguía mirándome. Algo tenía aquel joven que no me dejaba apartar los ojos. Era como si me hubiera conectado y, justo desde aquel momento, el concierto hubiera parado y la sala se hubiera quedado vacía solo para nosotros. Era consciente de que la banda seguía tocando, pero me llegaba el sonido muy lejano. El desconocido miraba fijamente hacia mí hasta llegar a ruborizarme, haciéndome apartar la mirada. Era extraño comprobar que el frío de la sala que hacía unos minutos y que me había obligado a ponerme la chaqueta se había convertido en un calor insoportable que hacía que me sofocara. Me quité la chaqueta. Volví a mirar al desconocido. En esta ocasión me sonrió como si aprobara que me hubiera quitado la chaqueta. Esbocé una sonrisa y bajé la cabeza. El joven volvió a mirarme justo cuando comenzaron los aplausos y su sonrisa se hizo aún más visible.

No entendía lo que le estaba pasando a mi cuerpo, pero un calor cada vez más intenso comenzaba a apoderarse de mí. Sentía curiosidad por saber quién era ese extraño y qué era lo que miraba en mí de forma tan insistente. Sabía que de alguna manera me estaba deseando con aquella mirada. El calor que me recorría se estaba transformando en una especie de instinto que me hacía seguir aquel juego de miradas y seducción. Casi sin darme cuenta, mi cuerpo comenzó a mandar mensajes de deseo con mis gestos, mi mirada?

La copa que me acababa de traer el camarero estaba helada y las gotas caían por el exterior del vaso. Mis dedos acariciaban el vaso como recogiendo las gotas que resbalaban por el cristal, al mismo tiempo que me lo acercaba a los labios para beber. De pronto, una de aquellas gotas cayó en mi escote para resbalar hasta mi pecho. Dejé el vaso sobre la mesa mientras mordía mi labio inferior y pasaba mi mano derecha sobre el escote para secar aquella gota. El desconocido continuaba mirando, esta vez con los ojos más abiertos y siguiendo cada movimiento de mi mano. Miré sutilmente y lleve mi dedo mojado hasta mis labios para lamer el agua que tenía en él. El calor seguía haciéndose más intenso y mis deseos de seducir a un hombre que no conocía de nada también. Volví a coger mi vaso de la mesa, y en esta ocasión introduje discretamente un dedo dentro de él para juguetear con los hielos. Mis ojos ya se habían clavado en los del joven desconocido. De vez en cuando llevaba el dedo mojado a mis labios y lamía suavemente con mi lengua las gotas que lo mojaban. Volví a sorber un poco de la bebida y deje que uno de los hielos entrara en mi boca. Sutilmente lo moví, dejándolo asomar entre mis labios mientras lo chupaba.

Las luces de la sala seguían estando bastante bajas, todo estaba en penumbra y solo se veían algunos rostros alumbrados por las pequeñas velas de las mesas. Aquel joven era uno de ellos y podía ver su gesto de sorpresa a la vez que su cara de deseo. Cuando volvieron a sonar los aplausos abandoné mi mesa para acercarme al cuarto de baño. Cuando miré hacia la mesa del joven descubrí que también estaba vacía. Quizá había ido a pedir una copa a la barra o no había aguantado el subidón y se había marchado. Cuando me acercaba al baño pude ver la figura de un hombre junto a la puerta del lavabo de señoras. Era él. Era un joven de estatura media, no muy delgado y con un corte de pelo pequeño que dejaba entrever algunas canas que lo hacían más interesante aún. No debía tener más de 30 años, pero tenía un aspecto varonil que lo hacía irresistible. Llevaba unos vaqueros gastados, una camisa negra por fuera del pantalón y una americana en la mano. Mi corazón se aceleraba a medida que me acercaba a la puerta mientras, él, me miraba de arriba a bajo con unos ojos llenos de lujuria. Cuando llegué junto a él pude notar su aliento cerca de mi cuello y como su mano rozaba la mía, despacio pero sin dejar de apretarla a medida que se iba haciendo con ella. A pesar de lo rápido de la situación, a mí, se me hizo eterno el momento hasta que me empujó hasta la salida mientras miraba que no le viera nadie. Era como si nos escapáramos de algo o de alguien, y quizás era así, ya que él dejaba a una joven sentada en la mesa y yo a un viejo amigo con el que había ido.

Al salir del local, y sin mediar palabra, me apretó la mano y giró a la derecha hasta doblar la esquina. En aquel lateral del local no había más que un callejón sin salida en el que había unos coches aparcados y la puerta de emergencia del local que acabábamos de abandonar. Con paso acelerado me llevó hasta ella para empujarla y meterme dentro. Parecía que el joven conocía perfectamente aquel lugar. Tras la puerta un pasillo largo y una serie de puertas a los lados, y final del pasillo había una cortina de terciopelo azul que parecía ser la entrada al escenario. Desde allí procedía la música del saxofón que en aquel momento hacía un solo. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, me apoyó en la pared y me besó como si llevara deseándolo toda la vida. Su boca era suave y calida y su lengua me buscaba apasionada. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo mientras mis manos acariciaban su espalda por debajo de su blusa. Sin dejar de besarme me tomó de la cintura y me acercó a la primera puerta que había en el pasillo. La abrió, me metió dentro y me empujó hasta un sofá. Parecía un camerino y debía estar cerca del escenario porque se oía muy clara la música.


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