Incendio

Por Carlos Caro
Enviado el 16/02/2015, clasificado en Amor / Románticos
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Quizás fue una colilla arrojada desaprensivamente desde la carretera cercana, un viento inoportuno debe haberla llevado lejos hasta la hojarasca del bosque.

Un portento se aproximaba pero nadie se dio cuenta, los pájaros volaban, los árboles susurraban y el sol entibiaba somnoliento. Alguna brisa curiosa despertó el rescoldo y una fina columna gris lo señaló. Vez tras vez el viento arremolinado la dispersó, pero en su devenir nació la llama. Pequeña fue paciente, se extendió callada juntando fuerzas. De repente se inflamó llena de energía y comenzó a devorar todo su entorno con un crepitar premonitorio. Cuando lamió el primer pino evaporando su corteza de gases inflamables ya fue ineludible. En instantes, el pino completo ardía y su calor producía más gases que a su vez alimentaban al fuego. Allí nació el incendio. Era una fuerza de la naturaleza, desatado se hacía cada vez más brillante, más caliente, más alto. Egoísta y goloso ni una brizna podía quedar afuera. Se propagaba subterráneo a través de hasta las más profundas raíces, carbonizándolas sin llama. Se solazaba en sí mismo y como si tomara conciencia se veía sin límites. El tiempo era su esclavo y campeaba en el mundo. Cuando encontró la roca quiso devorarla pero esta era inmutable. En vano trató de rodearla, se agigantó y calcinó hasta la cúspide. La piedra, solo mineral, lo ignoró. Con desdén siguió adelante, escondiendo la duda que había despertado. El primer río lo sorprendió, rugió a su vera enojado, pero el agua se resistía, burbujeaba en las orillas y corriendo se reía de él. Por un momento se aquietó, pareció reflexionar, las llamas se empequeñecieron igual que su orgullo y entonces humilde, reconociéndolo como creador le pidió ayuda al viento. Éste dudó, contempló primero su obra y pasó sobre sus cenizas. Quizás quiso darle otra lección y empezó a soplar ¡Y cómo! Le pareció un huracán. Lo avivó enseguida, las llamas volvieron a crecer y retomó fuerzas y calor. Ya discípulo, se volvió chispas, se sentía como cañonazos que las dispersaban. Fueron tantas que algunas, gracias al viento, pudieron atravesar el río. Al fin en la otra orilla se desperezó, renovado y vencedor volvió a arder en toda su plenitud. Nuevamente se sintió infinito pero ahora sabía que había obstáculos y que podían atravesarse. Sin embargo, mientras asolaba sin tregua, atronador, se preguntó: ¿habría algún obstáculo insalvable?

Nos cruzamos la primera vez caminando en sentido contrario y solo nos miramos como se miran inalcanzables las estrellas del cielo. Semana tras semana nos seguíamos encontrando sorprendidos en diferentes lugares. Ya sonreíamos pues la casualidad nos asombraba y sentimos que algo nos unía y que estábamos marcados. No sé cuándo ni cómo me sentí esperando ansioso el próximo encuentro. Cuando se dio, ella brillaba, desde lejos, distinguía su sonrisa y sus ojos me inspiraban infundiéndome valor. Ni recuerdo qué nos dijimos o adonde me dirigía, pero desde entonces caminamos juntos. Como tontos nos reíamos de cualquier cosa y poco a poco el mundo se fue haciendo trasparente, solo nosotros teníamos substancia. El primer beso encendió mi corazón y mis piernas temblaron. Ese tierno cariño, con el tiempo y un viento propicio se hizo hoguera. Ya éramos inseparables y, cuando nos reconocimos pareja, dos partes de uno; nos incendiamos, nos consumimos. Devoramos el mundo, insaciables.

Ya hemos dejado atrás más de media vida, tropezado más de dos veces con muchas piedras, juntos cruzamos mil ríos y sin embargo nada nos pesa.

Oigo tus pasos a mis espaldas y mis ojos ciegos de pensamientos, vuelven a ver el jardín. Giro, el roce de tus manos me hace hoguera y tu beso como siempre nos torna incendio. Hoy comprendo al fin, lleno de dicha, que ni la muerte podrá con él.

 

Carlos Caro

06 de agosto de 2013

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