Por las calles de Florencia

Por Manuel Olivera Gómez
Enviado el 17/02/2015, clasificado en Cuentos
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POR LAS CALLES DE FLORENCIA

 

-Será viejo, gordo y calvo como tú dices Rosaura, pero es español y tiene mucho dinero ?dijo Vidalina a través del teléfono, y apuró un trago de whisky antes de continuar hablando con su amiga. ¡Eso es lo que cuenta! Además, es cariñoso conmigo, me trata como a una reina, y ya le tengo aquí a mami el televisor a color y la lavadora. La semana que viene vamos a Florencia a llevárselos. ¿Te imaginas? ¡Las caras de envidia que van a poner todos en el pueblo cuando me vean aparecer en un Nissan! Ya te contaré, mi amiga. Ya te contaré?

 

Lo había conocido por casualidad, porque realmente ya no tenía edad para estas conquistas. Estaba en la avenida del Malecón parando un carro que la adelantara hasta su trabajo, cuando por fortuna para ella, él apareció en su camino. Le gustaron sus piernas, le dijo un rato más tarde, y Vidalina no se cansaba de mirarse una y otra vez al espejo, buscando en vano qué tenían de especial. Pero bueno, si él fue capaz de parar el carro para conocerla, algún encanto debían esconder.

 

El Nissan no fue suficiente. Era cerrado y con cristales oscuros en las ventanillas. Tal vez algunos no se imaginaran que ella iba dentro. Le pidió al español que alquilara un coche de caballos, y que la bestia llevara cascabeles.

 

Para la ocasión se estrenó un vestido de encajes blanco que él le había comprado en el Corte Inglés, y una pamela que según le dijo su amiga Rosaura, era lo último que estaba exhibiendo Claudia Schiffer en las pasarelas de París. Con la mirada preñada de orgullo, y una lata de cerveza en la mano, comenzó a pasearse por las principales calles de Florencia. ?Nos espera nuestro cochero junto a la iglesia mayor, al trotecito lento recorremos el paseo?? se apoderó de su mente aquel viejo vals de Chabuca Granda, mientras desde las aceras le llegaban los comentarios de los vecinos:

 

-¡Esa es la hija de Lucrecia! ¡La que vive en La Habana!

 

-¡Ay, pero cómo ha cambiado! ¡Si parece extranjera!

 

-¡Tan orgullosa! ¡Si el viejo que lleva al lado tiene tanto dinero como dicen, y con los adelantos que hay en La Habana, ¿por qué no se habrá operado esa nariz?

 

No iba a hacer caso a estos comentarios tan malintencionados. Estaba muy por encima de ellos, y nada ni nadie sería capaz de sacarla de sus casillas.

 

Pero se equivocaba, Al parecer aquella mañana el caballo había incluido en su dieta una hierba no muy apropiada. Justamente cuando el coche iba entrando a la concurrida calle real, levantó el rabo, y en medio de gases estruendosos que transformaron la cara de Vidalina en una espantosa mueca, disparó una diarrea verdosa que fue a estrellarse violentamente contra la albura de su vestido.

 


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