Trío casual II parte

Por Piculino68
Enviado el 18/02/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Miguel agarró a Marían de la barbilla y la beso apasionadamente, se despidió de ella y me dijo un adiós seco.

Mi impavidez seguía igual, el estado de congelación de mi cerebro y mi cuerpo me habían dejado en blanco y ella seguía agarrada a mi mano. De golpe me sacó de mi letargo con sus palabras.

-" Creo que no ha sido buena idea proponerte esto, te has quedado mudo, siento haberte metido en tal lío". Por fin reaccioné y le pedí tiempo para pensarlo, ella me suplicó que no me fuera ahora, que no saliera espantado y charláramos un rato. Acepté sin más. Era la única bala, como dije antes, para tenerla para mi.

Durante la charla ella evitaba entrar en pormenores sobre el asunto y en cambio yo quería hasta los mas mínimos detalles de todo. Cuando y donde le conoció, quien era su marido y porque yo, para meterme en medio de una relación.

Ella me pidió que no habláramos de ello y tras varias supliques acepté a regañadientes.

Entonces simplemente se dedicó a hacerme ver que llevaba tiempo fijándose en mi, en mi manera de observarla, en mis ojos clavados en ella a cada paso que daba. Me contaba las veces que ansiaba que me acercara a ella y la cogiera entre mis brazos y la llevara a un lugar perdido donde sólo existiéramos nosotros.

Veía el amor en mis ojos, y decía que la intensidad de mi mirada nunca, jamás, la había visto en los de Miguel o su marido y entonces, sin apartar la vista de mis ojos, me hizo una pregunta. - ? Tú me quieres? ?.

No tarde mucho en contestar. Creo que en la vida había tenido algo tan claro como ahora y sin dudar un sólo segundo, contesté que sí, que no sólo la quería, sino que la llevaba soñando toda una vida en exclusiva para mi y ahora estaba perplejo, porque podía tenerla, pero sería compartida con dos personas más.

Eso me volvía loco, yo era celoso y aunque siempre imaginé que si llevabas a tu hijo al colegio, habría un marido de por medio, siempre rezaba, porque no existiera, que fueras divorciada, viuda o cualquier cosa, me era indistinto, pero te quería para mi.

Tu primera reacción fue darme un beso, profundo y lleno de sentimientos, tan necesitada estabas de amor, que mis palabras hicieron que mientras me besabas una lagrima cayera de tus ojos y mientras yo te la secaba dulcemente con el dorso de mi mano, no me atrevía mediar palabra alguna, por temor a ahondar en una herida ya abierta.

Nuestra conversación enmudeció del todo y tras unos instantes así, te levantaste y me dijiste que te tenías que ir. Saliste disparada de la cafetería y yo, tras pagar con prisa los cafés, salí en tu búsqueda. Esto no podía quedarse ahí, así que tras cruzar la puerta de la cafetería mire de un lado a otro en tu búsqueda, deseando poder encontrarte y así fue.

Caminabas con paso firme y rápido cuando paraste un taxi y casi no me dio tiempo a llegar cuando te agarre del brazo y te plante el beso más intenso que se pueda haber dado a nadie.

Nuestros labios se encontraron con brusquedad, pero a la vez apasionados, tu cuerpo se estremeció junto al mío, mis manos sujetaban fuertemente tu cintura y te atraían hacia mi con deseo y miedo de separarme de ellos. No quería que al hacerlo te metieras en el taxi y salieras huyendo, quería poseerte y estaba decidido a ello ahora y sin más dilación, así que te metí en el taxi y sin dejarte mediar palabra, le di al taxista mi dirección. Por el camino, no parábamos de besarnos, el ansía por llegar y la lujuria se reflejaba en cada beso, cada gesto. El taxi llego en un santiamén, no vivía lejos, así que le pagué y subimos al ascensor. Nada más cerrarse las puertas, ella me empujo fuertemente contra la pared del mismo con un endiablado mordisco en mi labio inferior y comenzó a desabrocharme la camisa. Sus besos y mordiscos eran incesantes, sus ojos radiaban deseo y cuando acabo con la camisa, continuó con el cinturón del pantalón. No tardó en llegar a la cremallera y dejar que afluyera mi enorme capullo deseoso de sus labios. Ella estaba dispuesta a todo y sin más dilación se abalanzó sobre él, dándole un fuerte lametazo, mi cuerpo se estremeció y me obligó a dar un pequeño gemido. Sus labios rodearon mi glande dispuestos a succionarme el alma y comenzó a dar pequeños movimientos pausados sin apartar su mirada de mis ojos. Quería saber que yo disfrutaba y quería verme. Cuando ya no podía aguantar más, me levanté, me fundí de nuevo en sus labios y apreté el botón de stop del ascensor.

Me deshice de sus braguitas tirando delicadamente hacia abajo de ellas y junto a ellas me llevé el pantalón. Mi boca delicadamente observaba su contoneo. Me pedía a gritos que la hiciera mía. Me agarró con fuerza del pelo y me apretó contra su sexo. Mi lengua comenzó un eterno juego alrededor de él, mis manos se sujetaban con firmeza a las nalgas de su culo y el estallido de placer no tardó en hacerse llegar. Sus piernas flojearon por un instante y cayo junto a mis pies, sudada y extasiada. Se abrazó a mi y con la voz aún temblorosa de la extenuación del momento susurró

- " Por favor, quiéreme siempre. Enamórame y hazme sentir lo que es el amor. "

Nos vestimos, o al menos nos tapamos como pudimos y volví a pulsar el botón de mi piso. El ascensor retomó su camino y yo me deshacía por llegar a casa para por fin tenerla para mi.


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