EL HOMBRE DEL TRAJE ROJO

Por Federico Rivolta
Enviado el 18/02/2015, clasificado en Terror
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Sábado de dos por uno. El lugar estaba lleno.

- Y vos... - dijo Amanda -, ¿qué estás esperando para sacarme a bailar?

José Luis sonrió; adoraba esas provocaciones de su novia.

- Vení para acá - dijo a la vez que la acercaba sujetándola de la cintura.

Su boca quedó a centímetros de la de ella, luego la tomó de la mano y la llevó al centro de la pista de baile.

Gente en la barra, gente en las mesas y gente bailando; no había un rincón vacío en todo el salón. En la pista muchas parejas bailaban de manera magistral, pero ninguna se destacaba tanto como José Luis y Amanda. Ellos no eran impecables en sus movimientos, les faltaba eso que algunos exquisitos llaman "técnica". La pareja cometía errores, era cierto, pero vivían como nadie cada nota que allí se escuchaba.

Ambos se fundieron en uno mientras la música fluía por sus cuerpos. La manera de sujetar que tenía José Luis era masculina pero gentil, sujetaba a Amanda con fuerza, mas con una delicadeza incapaz de lastimarla. De un leve tirón llevó su mano hacia su pecho a la vez que le marcaba un giro con la otra en su espalda. Amanda se dejaba llevar con facilidad, sus largas piernas cubiertas en medias de red negras se estiraban formando una línea desde la punta de sus dedos hasta sus rebeldes cabellos. Se miraron de nuevo a los ojos y ella dobló las rodillas en una aguerrida batalla con los acordes de la guitarra. José Luis dio entonces un paso al frente, atrapándola entre sus piernas. Luego, bajando la mano desde la cintura hasta su muslo, la inclinó sobre la última nota musical.

José Luis aprovechó la pausa para encender un cigarrillo que luego le pasó a Amanda; el baile había sido intenso para ambos.

Al momento en que estaba comenzando una nueva pieza, un viento frío recorrió el lugar. Todos los presentes miraron hacia el mismo rincón; allí estaba parado, como si siempre hubiese estado en ese lugar, un hombre de traje rojo.

El individuo medía un metro noventa de altura, era delgado y de espalda ancha, su postura era erguida, pero inclinaba la cabeza hacia adelante con aspecto malevo. Un sombrero de ala corta lo cubría de las luces que pestañaban disparándole todo tipo de colores. Poco a poco levantó la mirada, parecía ser un hombre de unos cuarenta años, pero su rostro era de esos que se ven en las viejas fotografías en blanco y negro.

Su traje era de un rojo intenso, de un planchado tajante que terminaban en unos zapatos que brillaban como si tuvieran luz propia. El individuo recorrió el salón con la mirada, controlando la posición de cada una de las personas que permanecían inmóviles.

El baile se reinició, pero todo había cambiado. El hombre del traje rojo se ajustó la corbata y comenzó a caminar mientras sus zapatos crujían al ritmo de la música; o quizás fue la música la que comenzó a sonar al ritmo de sus pasos. Se acercó a José Luis y éste abrazó a Amanda con fuerza.

- No te preocupés - le dijo -, solo te iba a pedir un cigarro.

- Sí, por supuesto - dijo José Luis -; deme un segundo.

Buscó el paquete en su bolsillo con una mano temblorosa pero el hombre lo interrumpió:

- No busqués más, pibe. Dame ese; el que estás fumando.

José Luis se lo pasó de inmediato, como si quisiera sacárselo de encima. El hombre del traje rojo le dio una profunda pitada al cigarrillo consumiéndolo mientras sus pupilas se encendían. Luego abrió la boca, pero jamás largó el humo.

- Muchas gracias, pibe.

Se acomodó el sombrero en señal de despedida y se alejó de la pareja mientras exhalaban relajados.

En la barra había varios hombres y mujeres. Todos estaban atentos a su presencia y, quienes no lo miraban, lo hacían porque no podían tolerar su imagen durante mucho tiempo. Las trece mujeres que estaban allí comenzaron a pararse derechas, a mostrar sus virtudes intentando verse sanas y voluptuosas.

En medio de todas se encontraba Inés. No era la más ni la menos atractiva de aquel grupo, no era la mejor ni la peor arreglada. Era Inés.

El hombre del traje rojo la tomó de la mano y la llevó al medio de la pista de baile.

Al tomarla de ambas manos, éstas se pusieron de un color morado oscuro, casi negro. Había sufrido una rápida necrosis ante su tacto.

Él la movió hacia su izquierda y se escuchó un fuerte crujido. Muchos creyeron que se había roto el taco del zapato de Inés, pero había sido su tobillo. Luego la zarandeó hacia un lado y hacia el otro como si nada hubiese sucedido. La detuvo alejándola de su cuerpo para que todos pudieran ver las vertebras de la joven dispuestas en un horrendo zigzag. La acercó otra vez hacia él, pero su columna se quedó en el lugar, salpicando sangre por toda la pista.

Para el gran final, dio un giro mientras la tomaba de la cintura y luego la recostó sobre su mano, tirando su cabeza hacia atrás a la vez que un silencio absoluto cubría el salón. Todos los allí presentes se quedaron viendo el rostro de Inés. Su cabeza colgaba inerte, su mandíbula dislocada estaba inclinada hacia un lado y, en lugar de ojos, tenía dos cuencas vacías de profundidad insondable.

El hombre del traje rojo soltó a su compañera de baile y el cuerpo disecado de la muchacha cayó provocando una nube de polvo. Se acomodó de nuevo el sombrero para que las sombras cubrieran su rostro, y se retiró ante un público de corazones paralizados.

Nadie habló del asunto, tampoco había mucho que decir. Lo que había sucedido aquella noche era inevitable; no se le puede negar un baile una vez que él te elige.

 

___________________________________

La velada se reanudó luego de unos minutos, pero el miedo seguía presente. ¿Volvería esa misma noche o estaban a salvo? Era algo imposible de saber. Nadie conoce su agenda ni entiende su modo de elegir, pero hay algo que es seguro: el hombre del traje rojo es un caballero, y jamás sacaría a bailar a una mujer que ya estuviera bailando.

 

 


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