CÍRCULOS DE FUEGO

Por Federico Rivolta
Enviado el 25/02/2015, clasificado en Reflexiones
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Un ruido interrumpió mi calma. Me levanté del sillón colonial y a través de la ventana vi un incendio que se extendía a lo largo del horizonte. Fui hasta el otro extremo de mi cabaña y observé que el fuego también venía desde ese lado; estaba rodeado.

La combustión era lejana, dejando un claro de más de un kilómetro alrededor de mi hogar. No tenía de qué preocuparme, el espacio era más que suficiente para mis eremíticos hábitos.

Intenté retomar la lectura, pero los ruidos de los árboles cayendo no me lo permitieron.

Volví a asomarme a la ventana y vi que el fuego estaba a pocos metros, en todas las direcciones. Al no estar atento al incendio, éste me sorprendió alcanzándome en un instante. Y entonces sentí que aquella sería mi última noche.

- ¿Estarán todos pasando por esto? - me pregunté -, ¿acaso está sucediendo lo que prometen las sagradas escrituras?

Un vidrio estalló por el calor y el humo llenó la habitación. El olor a quemado saturó mis pulmones, y el fuego se introdujo entre los troncos de las paredes.

Fui corriendo a buscar mi guitarra cuando un trozo de viga cayó entre ella y yo, por lo que solo la vi arder. Me dirigí entonces a mi biblioteca, pero una llama la atacó. Solo pude salvar un libro grande de Poe y los tres tomos de la colección completa de Lovecraft. Los sujeté contra mi cuerpo para llevarlos a salvo al medio de la habitación.

El humo no me permitía ver con claridad, y tropecé con el antiguo pedestal Luis XV. Los libros se golpearon contra el suelo, pero el peor golpe lo recibió mi reloj. Se había roto, sin embargo lo conservaría; fue un regalo de mi novia..., antes de separarnos.

Mirando lo único que quedaba de mi pequeño mundo noté que el fuego se había detenido; seguía ardiendo como antes, pero ya no avanzaba hacia mí. Me sentí sosegado, aún conservaba algo de lo que tuve en otras épocas y estaba dispuesto a aferrarme a esos recuerdos.

Sentado sobre los libros me saqué el reloj; las agujas se habían clavado a las doce en punto. Y así pasaron días, meses, años. Tal vez pasaron siglos, imposible determinarlo, el reloj estaba roto y se había prendido fuego mi calendario. De todos modos dicen que los duelos no duran más de dos años, así que ese debió ser el tiempo que estuve allí inmóvil.

Un trozo de techo se desprendió y al levantar la vista rompí el hechizo que me apresaba.

Me paré y salté hacia el fuego. Mis amigos creen que fue un momento de valentía; mis enemigos, que me di por vencido. La verdad es que yo no estaba pensando, solo actué sin meditar.

Al saltar, atravesé el incendio. No fue tan difícil, tenía solo un metro de espesor. Fue una experiencia aterradora, pero solo duró un instante y ya estaba a salvo del otro lado.

El fuego que me rodeaba resultó ser tan solo un anillo, un aro sin espesor que no destruyó otra cosa más que mi pequeño mundo. Afuera, un parque ilimitado y lleno de colores me abrigó; el mundo entero me estaba aclamando.

Volví a mirar hacia atrás para ver qué ocurrió con mi cabaña, mas allí solo quedaban unas pocas brasas que se consumían de a poco.

No quedaron pruebas materiales de mi pasado, sino recuerdos que surgirían con gracia cuando yo así lo deseara. Mi pérdida fue una ganancia. Lo tenía todo, porque nada estaba escrito.

 

 


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