Persiguiéndome

Por Antonio M.
Enviado el 01/02/2013, clasificado en Varios / otros
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Hasta el momento todo iba bien. Había salido a correr un poco, a practicar eso a lo que llaman hacer “footing” simplemente porque suena mejor a oídos de otro. Siempre seguía el mismo recorrido, pisaba las mismas calles y salía a la misma hora. Solía hacerlo de buena mañana, antes de dirigirse al trabajo, aproximadamente a las siete, para poder tener tiempo, después, de desayunar con tranquilidad, como a él le gustaba hacerlo.

Pero ese día no salió al amanecer, más bien ya había anochecido. Esa mañana se había despertado tarde debido a un fallo en el despertador del móvil, el cual no programó para el Martes, sino para el Miércoles. Así pues, no pudo salir a ejercitar su cuerpo, a respirar aire puro ni a liberar toxinas para poder enfrentarse a un nuevo día en la oficina. Lo que si pudo hacer fue desayunar con tranquilidad y abundancia.

Tenía la práctica del footing tan interiorizada que, al salir del trabajo, se planteó que podría salir cuando el Sol decidiera esconderse y dejara paso a la Luna y las estrellas. Quizás, le agradaría más correr con las estrellas sobre la cabeza. Y así era.

Y ahí estaba él con su uniforme de corredor profesional, por llamarlo de alguna manera. Pantalones ajustados, parecido al de los ciclistas, camiseta de deporte de la marca que todos sabemos y la de las bambas de la más directa competencia. Ya eran casi las nueve de la noche. Llevaba ya media hora fuera y se sentía más cansado de lo habitual.

   -Lógico, llevo la carga de un largo día a mis espaldas –se dijo, tan susurrado que, junto a las rápidas respiraciones debidas al esfuerzo y al cansancio, casi ni percibió sus palabras.

Y fue en ese mismo instante, cuando pronunció esas palabras, que sintió un escalofrío que sentiría muchas veces durante esa larga noche. Alguien le seguía. Había notado algo al pasar junto a aquel ruidoso bar, que por las mañanas está lleno de trabajadores tomando café. A estas horas del ocaso, las tazas se convierten en botellas de cristal de color cobrizo.

Esa sensación que le embaucó fue la de inseguridad. Pensó que alguno de esos borrachos saldría tras él, pero lo deshizo de su mente tan rápido como fabricó la idea. Pero no podía parar de mirar de reojo hacia atrás, mientras empezaba a pensar que lo mejor sería volver a casa, darse una buena ducha y cenar, no sabía que se haría pero tenía hambre.

Decidió parar y mirar hacia la retaguardia. No había nada. Nadie le estaba siguiendo. Había estado corriendo durante una hora pero en ningún momento estaba siendo perseguido por algún individuo, y menos por los borrachos que estaban en el bar, bar que ahora quedaba muy lejano en el recuerdo. Cuando tienes miedo, inseguridad y sientes amenazada tu existencia o tu bienestar, el tiempo no corre. Es como entorpecer el paso de la arena de un reloj con una gran piedra. Los segundos se hacen eternos, los minutos inacabables. En cambio, cuando disfrutamos o nos entretenemos, las agujas del reloj parecen tele-transportarse a otras horas, sin tan siquiera pasar por las hora intermedias a éstas. Y ese era el problema, vivía acojonado. Tenía la sensación de estar siendo perseguido diariamente, pero no por algo material sino un sentimiento muy conocido por muchos, el miedo. Nuestro gran compañero de viaje. Si nuestro mejor amigo es ese que pasa más tiempo con nosotros, ese sería el miedo, el terror, el horror de pensar en cosas que se han ido, en cosas que están por llegar o situaciones vividas en el presente. El miedo seria, también, el elemento con más amigos del mundo.

Y eso fue lo que sintió. Sabía que había ganado la partida a su miedo. Había sido capaz de mirar hacia atrás para enfrentarse a lo que fuera que le persiguiera, había tenido el valor de pelear contra su cabeza. ¿Y si no se hubiera atrevido a darse media vuelta? Hubiera estado huyendo del horror mientras hacia footing, mientras practicaba eso que le daba placer y tranquilidad. ¿Iba a dejar que el miedo le ganara la partida y le aguase su calma? No. Y no debía de dejar que una preocupación o un mal recuerdo le estropease su presente ni influyera en su futuro. Porque los recuerdos pueden ser muy bonitos, pero lo que hace que un recuerdo sea lo que es, es el motivo por el que lo recordamos y el porqué se ha asentado en nuestra memoria.

Ahora, mientras preparaba la cena –una pizza precocinada comprada en un supermercado- pensaba en todo aquello que había experimentado mientras corría. Se sentía orgulloso de haberse enfrentado a su temor, de haberle mirado a la cara y decirle que no quería cuentas con él, que podía vivir sin su presencia. Podía seguir adelante sin recuerdos que le provocaran tristeza sino todo lo contrario. Porque el pasado está detrás y nosotros podemos girarnos a mirarlo. Es muy importante elegir aquello que queremos observar de nuestro ayer, pero es casi más importante aquello que debemos obviar.


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