UN SECRETO EN EL ESCRITORIO

Por cclecha
Enviado el 26/02/2015, clasificado en Amor / Románticos
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Hace un par de días que compré  un antiguo escritorio en un brocanter (anticuario) de la calle de la Palla, en Barcelona.

Este escritorio me ha encantado; grande, de roble, con espacio para el escribiente y rodeado por dos hileras de cajones a ambos lados. Una persiana de láminas muy finas se alzaba, dando lugar a un sobre nítido, secundado por infinidad de pequeños cajones. Todo ello muy bonito, pero algo deteriorado,la persiana estaba algo encasquillada, había algunos cajones que no corrían, había que retocarlos y  también cambiar un par de tiradores de madera. Total, que llamé a un ebanista que conocía para que me pusiera en orden, lo que yo consideraba una preciosidad.

No tardó ni una semana en entregarme en mi casa el escritorio.  Pero junto con la entrega, y la factura, también traía una sorpresa.

La sorpresa era que, entre los cajones, existía un compartimiento secreto en donde el ebanista había encontrado un diario y una carta. El diario, que el ebanista se había tomado la libertad de ojear, se remontaba a 1900, luego es fácil de deducir que el escritorio era anterior a esa fecha. En cuanto a la carta no la había abierto.

El escritorio ya adornaba el salón de mi casa, si bien la curiosidad, que no menguaba, me hizo abrir el diario. La letra del diario era pulcra, siguiendo la pauta de la enseñanza en las escuelas de la época. El autor de las letras era un contable que trabajaba en una fábrica de tejidos y que sublimaba sus emociones en aquellas letras. Los sentimientos que plasmaban las páginas eran muy elocuentes. Voy a leer algunos fragmentos sueltos.

"Soy un contable algo mayor, mi edad no llega a la cincuentena, pero casi, mi apariencia es insignificante,poco pelo, muy mediana estatura,nada que destaque".

Sigo leyendo y me llama la atención el desnudar de su alma:

"He cometido un error imperdonable, me he enamorado (nunca me había sucedido, pero ahora, tarde y a destiempo, me ha llegado esta maldición) de una chica inaccesible, de la mitad de mi edad y que encima es la hija de mi jefe.  María, este es su nombre, acostumbra a pasar por el pasillo de enfrente para ir a ver a su padre al final de la mañana, cada día la espero, con mi mirada aguardando, el momento en  que ella pase pausadamente por el corredor,  hacia el despacho.

Nunca ha reparado en mí. Su mirada jamás se ha reconocido en la mía.  Soy completamente invisible para ella. Sin embargo, mis ojos solo existen para seguir sus movimientos,cuando ella pasa, el aire enraizado del despacho se transforma en una atmosfera clara y limpia, e incluso las anodinas páginas de mis libros de contabilidad cobran una fantasía irreal.

Ya sé que sus gráciles movimientos nunca serán para mí, también sé que su fresca figura estará siempre alejada de la mía, pero todo mi ser ha caído en el juego del amor"

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"Compruebo horrorizado que mi devoción por ella no es tan solo un mero reflejo físico  y sexual  hacia su gracia  y frescura, ni tan solo una consecuencia psicológica de compensación de caracteres (yo ni tan siquiera la conozco), sino que el entusiasmo de mi sentimiento, al ser tan fuerte y elevado, bien pudiera ser una manifestación de lo infinito. Yo que sé, hay quien dice que amamos la idea que tenemos del otro, pero yo no sé nada de ella, seguramente es un ser completamente alejado de mí, sin embargo, no puedo vivir sin los momentos en que pasa delante de mí  y consigo verla." 

Más adelante:

"El único placer que tengo es la evidencia de mi dolor, ella será siempre un extraña para mí. Su educación, condición y edad, hacen que María sea completamente inaccesible para mi".

Otro comentario:

"Admiro como se mueve, su lozanía,  su simplicidad, el espíritu puro que se adivina en ella, la educación sin pretensiones".

No continuo, porque todo corresponde a un mismo monólogo, a una misma queja sin consuelo. Por ello, abro lentamente la carta, a ver si hay alguna novedad, quizás oculta. La carta es muy breve y concisa:

Hola María. Soy Juan, el contable. Es probable que no sepas ni quién soy. Si esta carta llega a ti, supondrá que yo ya no existo, que no he podido superar mi dolor. Mis sentimientos hacia ti quedan demasiado explicados en mi diario.

Afectuosamente,

Juan

 

Afortunadamente la carta no había llegado a su destinataria, lo que presuponía que el contable había podido soportar su pesadumbre,o eso creía.

Volví a ir a la calle de Palla, a la tienda del anticuario, ya que quería un lamparita antigua para encima de mi escritorio. Mientras andaba en dirección a la tienda, por las antiguas calles del casco viejo, pensé en la multitud de personas que habían pisado estas calles en épocas anteriores y que ahora ya habían desaparecido. Muchas generaciones habían deambulado por estos derroteros y ahora no sabíamos nada de ellos.  Si pensamos, no tenemos ni idea de cómo eran nuestros bisabuelos y menos los tatarabuelos, no había videos, ni grabaciones, ni tan siquiera fotos, o sea, que eran generaciones ocultas. Ni que decir tiene que de estas generaciones antiguas,  no sabemos nada.

Pero lo más chocante de todo es que todas estas personas pasadas,  tenían un secreto, de el que ahora nadie tiene ni idea. Todas estas generaciones ocultas, tenían problemas (asesinatos, amores, malestares de todo tipo) que a nosotros no nos han llegado y lo peor es que ni siquiera nos importa. Tan solo de los que han destacado mucho,  sabemos alguna cosa,del resto como si no hubieran existido.

Volviendo a nuestro anónimo contable (sabemos de él tan solo por el diario y la carta), estoy pensando que quizás sí, que Juan no hubiera cometido ninguna locura,  pero el diario, súbitamente se calla, a partir de cierto día, no hay más comentarios. Es decir, a partir de una hipotética muerte, hay silencio y páginas en blanco. Es  extraño, podría ser que no hubiera soportado seguir viviendo y que de tanto que quería a María, no hubiera osado importunarle y amargarle  la vida con  cartas dolorosas, ni diarios sin sentido. Su despropósito no tenía significado para la chica, así que mejor que no supiera nada. No hubiera querido hipotecarle la vida con falsas culpas.

Puede que nuestro contable se llevara su secreto a la tumba, prefiriera que nada se supiera de sus tribulaciones, pasando a ser un ser anónimo, como esa multitud de personas que lo precedieron y que no sabemos nada de ellas.


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