El gatitonegro y la locura de Tomas 2ªparte

Por albertocubeiro
Enviado el 01/03/2015, clasificado en Drama
308 visitas

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Cristina se sentía muy agobiada, el trabajo le absorbía demasiado tiempo.

Después de un estrepitoso matrimonio sólo le quedaba su hija Sara y su familia,

 ¡Su familia! valiente ayuda, pensó.

 

En los últimos diez meses ya había perdido demasiados quilos y eso era algo que no se podía permitir debido a su naturaleza huesuda y extremadamente delgada.

 

¿Quieres ser mi amiga? preguntó de pronto la voz pregrabada y artificial de la sufrida y mutilada Barbi a la que los deditos de Sara intentaban abrirle la espalda...

Cristina miró a su pequeña que le devolvió la mirada con  una dulce sonrisa...

 

Hasta la fecha Tomás le había pasado puntualmente una más que generosa cantidad mensual, en eso sabía que no podía reprocharle nada.

-Tomás podía ser muy bueno si se lo proponía, -pensó.

 

Recordaba el espíritu de sacrificio de Tomás, su nulo egoísmo material. Y? recordaba también la primera bofetada que Tomás le propinó. Aquella bofetada que supuso el principio del fin.

Y se puso involuntariamente a recordar.

 

Llevaban muchos meses sin salir juntos, que no cenaban fuera de casa, que no iban al cine ni abandonaban la rutina. El trabajo de ambos les tenia demasiado ocupados y olvidados de sí mismos.

 

El séptimo aniversario de su boda fue por tanto una excusa perfecta para planear esa salida...

 

-También para eso nos estamos dando la paliza de trabajar,- le había dicho ella cuando observó el rostro de Tomas que no parecía ver con buenos ojos el gastarse un dinero así en una cena y unas copas.

 

Sabía que su marido no era para nada una persona agarrada, más bien todo lo contrario, pero era consciente de lo mucho que les estaba costando sacar aquella casa adelante.

 

-Jamás hemos celebrado nada que no sea el cumpleaños de Sara, -argumentó Cristina. Y, además ¿Cuándo nos hemos regalado algo?, jamás. Si ahora podemos, si tenemos este mes todo cubierto pues ¿Por qué no?, ¿o va a ser todo trabajar y trabajar?

 

Tomás no le decía nada y permanecía hundido en el sillón mirando hacia ninguna parte.

-! Que ya nos toca cielo ¡ prosiguió con sus razonamientos Cristina.

Los argumentos fueron variados y convincentes y Tomás se había dejado convencer.

 

A la noche siguiente salieron.

 

Una sonrisa cargada de nostalgia se dibujó en el rostro de Cristina al recordar el vestido negro que lució aquella noche. Aquel vestido que tanto le gustaba a Tomás y que solo se había puesto en otra ocasión, en la boda de su cargante  hermano Moisés.

El ceñido vestido le quedaba como un guante y ensalzaba su estilizada figura. 

 

-Al menos de aquella con unos quilos de más, daba aún gozo verme, recordó amargamente.

 

Volvió a sonreír con tristeza al recordar  la reacción de Tomás cuando la vio salir ya vestida de negro del dormitorio. Con aquellos tacones largos que ensalzaban aún más las finas y torneadas piernas. El escote trasero del vestido que dejaba al aire la espalda hasta donde ésta empezaba a dejar de llamarse espalda. Recién maquillada y peinada, seductora y provocadora bajo las luces a media intensidad de las lámparas de la salita.

 

Se le echó prácticamente encima, le costó bastante no dejarse arrastrar de nuevo al dormitorio, y recordó que tuvo que ponerse bastante seria para conseguir frenar el ímpetu de su marido. Aunque por dentro estaba encantada de ser la causante de ese deseo.

 

Aquella noche habían dejado a la niña en casa de los abuelitos y eso había animado a Tomás ya que le parecía magnifica la idea de que su pequeña Sara se relacionara más de una hora seguida con sus padres. Cristina por el contrario la dejó en casa de sus suegros con una enorme sensación de culpabilidad, se sentía como si la hubiera dejado sola y desamparada en algún parque de la ciudad de noche y sin apenas iluminación.

 

 

Habían reservado mesa en una marisquería muy renombrada del centro de Barcelona. Un sitio muy elegante, muy tranquilo y muy caro. Pero aquella noche la quisieron hacer especial, nada de platos combinados en restaurantes de medio pelo.

 

La cena transcurrió tranquila aunque no fue lo que ella esperaba de una ocasión así...

Tomas se pasó la cena hablándole de su nuevo trabajo, de los problemas que tenía en su nuevo puesto. Problemas que eran los de siempre, los que había tenido en sus anteriores trabajos.

Cuando llegaron los postres le tocó el turno a la familia, pasaron revista a todos y Cristina pudo al fin sonreír con algunas ocurrencias de Tomás.

Ya en los cafés Tomas se puso romántico y halagador, el vino ya había cumplido su papel... Aun así Cristina se había sentido feliz porque no estaba para nada acostumbrada a que su marido le dijera aquellas palabras tan bonitas.

 

 

Recordaba aquella noche como si fuera una película. Miraba la pantalla de su televisor que en aquel momento daban una serie de jóvenes norteamericanas en biquini que arrastraban sus problemas existenciales por las playas de Miami. Pero ella solo veía sus recuerdos. Absorta en aquella noche no era consciente del gesto idiota de su cara ojerosa.

 

Su hija Sara miraba hacia su madre de vez en cuando. Su hija Sara era una pequeña vieja de cinco años. Su hija Sara había por fin conseguido abrir la tapa de la espalda de su sufrida Barbi.

 

Cristina seguía absorta recordando ahora el Pub al que habían ido con los estómagos medio llenos y la cartera medio vacía. La música del Pub se les antojaba romántica y divina aunque el tiempo la convirtiese en hortera y patética.

Pero aquella noche era una música que les envolvía románticamente. Tomás la sacó a bailar, y prácticamente solos en la pequeña pista de baile se abrazaban con fuerza y deseos renovados. Descubrieron que aquella era la primera vez después de tantos años juntos que bailaban. Aún no habían descubierto que también sería la última vez...

 

De los altavoces invisibles salía la voz  descafeinada y afónica de Diango que no cesaba de darles las gracias a unos amigos de la radio.

Y en ese momento, el mejor de la noche, apareció Ricardo.

Ricardo y su seductora sonrisa.

 

 

¿Quieres ser mi amiga?, exclamó robóticamente la Barbi de Sara por última vez en su existencia de muñeca.

 

 

 

 


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