El gatito negro y la locura de Tomas 3ª parte

Por albertocubeiro
Enviado el 01/03/2015, clasificado en Drama
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 ¡Miau!, exclamó el gatito asomando su pequeña y negra cabecita bajo el sillón.

- Hombre  ¿así que estabas ahí escondido eh?, le dijo Tomás con la mejor de sus sonrisas. Con aquella sonrisa que sabía generaba confianza en los demás.

También funcionó con el gatito que salió de su seguro escondite.

 

-Disfrutaste haciéndole daño al gatito ¿verdad?

 

La voz sorprendió a Tomas.  

 

 ¡De nuevo aquella voz interior! no recordaba ni en la peor de sus borracheras escuchar aquellas  voces tan reales.

 

El gatito a pesar de haberse dejado seducir por la sonrisa de su dueño aún no se dejaba tocar por éste, era pequeño pero no estúpido. Todavía sentía su cuerpecito dolorido del golpe contra el televisor. Así que de momento decidió no tentar a la suerte y guardar con aquel hombre una distancia prudencial.

 

A Tomás le dolía terriblemente la cabeza y sabía perfectamente la razón. Cogió dos gelocatiles del botiquín, se dirigió a la nevera y hecho mano de la última Xibeca de las diez que había comprado esa misma mañana. Bebió un generoso trago directamente de la botella y se pasó las dos pastillas.

 

Tomás sufría de diarrea.

El eructo surgió con un eco escandaloso asustando al gato que de nuevo corrió bajo el sillón.

Y Tomas empezó a recordar.

Y recordó que todo había empezado con aquella bofetada, producto de los celos y la inmadurez, de la cobardía y de antiguos complejos no resueltos...

 

De aquella noche recordó sobre todo el vestido de Cristina. El  deseo aquella noche hacia su mujer era casi insoportable.

 

Había sido una cena tranquila en aquel bonito restaurante. Habían estado hablando de su trabajo, de sus problemas, también de la familia y recordaba claramente lo mucho que se rio Cristina a la hora de los cafés cuando el imitaba a Moisés el hermano de Cristina.

Recordaba el baile en el Pub., era la primera vez  que bailaban juntos  en siete años de matrimonio.

-Curioso ¿eh?, -le dijo la voz de su cabeza.

 

Se dejó caer de nuevo en el sillón. El gatito salió como una bala de abajo y fue a acomodarse al cajón de la mesita de noche que Tomás le había habilitado en una esquina de la salita, y en ese cajón que ya sentía su hogar se acomodó y no tardó en quedarse dormido.

 

La mirada de Tomás estaba fija en la pantalla del televisor. Traspasándola sin saber si estaba encendida o apagada. Traspasando incluso aquella realidad de su presente. Su mirada estaba fija en la pista de baile del Pub. En aquella noche que todo empezó a ir peor...

 

Recordaba la cintura de su Cristina encajada en sus manos, sentía los senos punzantes clavados en su pecho. Sentía la erección que tenía lugar en el secreto de su bragueta mientras sus cuerpos se dejaban llevar por la música.

Recordó las ganas que tenia de salir de allí para hacerle el amor, la urgencia de tener sexo con ella.

Acabó  la canción, en el preciso momento en que apareció  Ricardo con su estúpida sonrisa...


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