Leyenda

Por Carlos Caro
Enviado el 09/03/2015, clasificado en Drama
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Revisando papeles y notas viejas, encontré un sobre amarillento que llamó mi atención. Se trataba de una carta que le había enviado mi ya fallecido abuelo a su amigo, ese gran poeta y ensayista paraguayo Juan E. O´Leary. Por su fecha, en medio de la guerra del Chaco, entre Paraguay y Bolivia, no me extrañó que el correo la hubiera devuelto.

En ella le consultaba, con obsesión, si él conocía o tenía indicios del mito o reino de Kuñataî porâ. La palabra me sonó exótica, aunque no del todo desconocida ya que usaba el alfabeto guaraní. El resto de la carta era un intento de evitar la carcajada del destinatario sobre el tema y un amistoso envío de saludos. Pensé que había olvidado el episodio. Sin embargo, años después, en una de las tantas purgas que han sufrido mis bibliotecas, me topé inesperadamente con un viejo volumen titulado ?Cuaderno de Viajes?.

Su cubierta era de duro y grueso cuero y mostraba en sus caras las más disímiles improntas que le había infringido el tiempo. De entre todas me llamaron la atención varios navajazos. Al abrirlo sentí un olor a humedad rancia, que me trajo a la mente el de las hojas de la selva podridas sobre el suelo. Las páginas ocres mostraban una regular caligrafía manuscrita. Si bien la tinta parecía misteriosamente del más puro negro, se advertía en su pequeño tamaño el deseo de ahorrar papel.

Tal empeño la hacía ilegible y, frustrado, me disponía a dejarlo cuando, mientras abanicaba sus hojas, divisé una palabra en colorado. Repetí una y otra vez el paso de las hojas y por fin lo reencontré. El colorado se transformó entonces en el rojo de la sangre seca y la palabra Kuñataî porâ horadó mi cerebro. Borró años y, correlacionándola con la carta de mi abuelo, despertó mi curiosidad.

Busqué la lupa, el anotador y los dejé sobre el escritorio junto al libro. Representaban una especie de postre intelectual para degustar aquella noche, luego de la cena. El escribiente, Pedro Bellero, aclaraba que escribía ?el presente relato por mandato de don Lorenzo de Sepúlveda?, único sobreviviente conocido de la expedición a las selvas norteñas del Paraguay.

Todo comenzó al reunirse en el puerto de Montevideo la cofradía de los seguidores de Kuñataî porâ. Cada uno provenía de alguna prestigiosa familia, pero se habían propuesto demostrar que más importante que descubrir El Dorado, era encontrar en las Américas el reino encantado de Kuñataî porâ quien, diosa y reina a la vez, esparce y domina el amor. Al encontralo, como sus embajadores entonces, terminarían con todas las guerras, con el hambre y hasta con las más pequeñas disputas.

Fletaron un bergantín y adentrándose en el enorme río Paraná, demoraron casi un mes en recorrer, corriente arriba, los más de mil kilómetros hasta Asunción del Paraguay (último puerto fluvial disponible). Se dedicaron a buscar el avituallamiento necesario y contratar gente que conociera el lugar. Hicieron oídos sordos a todas esas fábulas que contaban que su diosa era en realidad una Circe americana que, en lugar de transformar a los hombres en cerdos, los transformaba en sus más rastreros y obedientes enamorados.

Cien hombres aguerridos se internaron abriendo camino a machetazos en la selva. Fueron días de penumbra verdosa, de humedad y de calor. Tuvieron que aprender a caminar de nuevo para no tropezar sin fin con cada piedra o raíz escondida entre miles de hojas caídas que formaban el suelo fétido. Los insectos y las serpientes eran una pesadilla que se hacía realidad con cada nueva muerte que provocaban. Puentes colgantes que se desplomaban y hasta dardos envenenados de cerbatanas ocultas casi lograron detenerlos.

Solo tres llegaron al claro donde comenzaba el reino y objeto de sus afanes. El escribiente, minucioso, dejó constancia de sus nombres y cuál de ellos le había referido la historia y el mandato final. Kuñataî porâ, que ejercía su dominio por su sola belleza eterna y a través de diversos sortilegios, comprendió de inmediato, por sus relatos, lo enorme del mundo y el poder que otorgaba la escritura. De modo que le ordenó regresar, contar su viaje y transcribir, al final, uno de sus conjuros. Efectivamente, en la penúltima hoja, con una extraña caligrafía de símbolos oscuros y totalmente opacos, aparecía la invocación:

Nde taangá espejo pé

Ha `é che ñe `ê poty iporâ beva

Nde pua `éva erã aní oho

Pea ha `é che ipajá "Rô haijhú"!

Pasé gran parte del resto de la noche intentando descifrarla sin conseguirlo y me fui a dormir frustrado. Tarde, a la mañana siguiente, advertí que su sola visión ha sido una petición atendida. Al lavarme el rostro, un mágico fulgor sale del espejo. Está ahora tan claro que parece una ventana. El hermoso rostro de Kuñataî porâ me sonríe con sus ojos desde la plata y veo que su mano se extiende hacia mí.

Tu imagen en el espejo

Es mi más bello poema

Pero date prisa, se borra

¡es mi último "te amo"!

Poème d'amour francais La Glace

           Comprendo entonces que ya soy un esclavo de su amor. Cuando al fin ella acaricia con ternura mi corazón, me convierto en su más fiel instrumento, en su más aguerrido soldado y en su más ferviente profeta. Para extender, sin límites, por el resto del mundo, su reino de bondad y cariño que nos hermanará a todos los seres vivientes de este necesitado planeta, por siempre jamás.

          

 

Carlos Caro

Paraná, 14 de junio de 2014

Descargar PDF: http://cort.as/Ps4F


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