La cita de Ana

Por Domingo Plumaroja
Enviado el 10/03/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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El sábado no quería estar sola por la noche y mandó un mensaje a su amigo VM, en el que le ponía ?estoy sola y necesito mimos? ¿no tendrás tu alguno guardado para mi??. Al poco recibió una contestación ?ven por mi casa, tengo una sorpresa para ti q te va a dejar helada?.

Nada más salir de casa se arrepintió de lo que estaba haciendo, pero no se detuvo y siguió hasta aquella casa donde le recibían con tanto placer siempre. Llamó al portero y le abrió. Entró en casa y se lo encontró con su amigo que le esperaba en bata. Le dijo que se desnudara, que le esperaba una sorpresa en la habitación.

Ana se quito la ropa, pero no se sentía a gusto, ni siquiera sentía el hormigueo que recorría su cuerpo en otras ocasiones. Cuando estuvo desnuda, le puso un pañuelo en los ojos a modo de venda. Eso no le hacía gracia, pero se dejó llevar. La llevo de la mano a su cuarto y la tumbó sobre la cama.

De repente sintió algo frío sobre sus labios, era un hielo, grande. Sentía como recorría con el hielo su cuello, y como empezó a rodear sus pezones con él. Inmediatamente se pusieron duros, excitados y siguió bajando con el hielo rodeando su ombligo. Lo separó de su cuerpo y sintió un dedo haciendo aflorar su clítoris, y cómo el agua fría del hielo derritiéndose lo golpeaba suavemente y corría después por su sexo, fría y excitante a la vez.

Puso el hielo sobre su clítoris y empezó a acariciarla siguiendo toda su línea de placer hasta el ano, volviendo al clítoris, subiendo y bajando. Sentía como se le dormía un poco por el frío esa zona, hasta que apoyó el hielo en la entrada de su vagina, haciéndolo girar sobre sus labios internos. Eso la excitó muchísimo, y más aún cuando empujó el hielo y se coló dentro de ella.

Con un segundo hielo le acarició desde el clítoris al ano varias veces hasta que lo metió nuevamente dentro de ella. Ana sentía como cuando era pequeña jugaba en la nieve, que las manos se le quedaban heladas, pero que al poco se ponían rojas y muy sensibles al dilatársele los vasos sanguíneos en contacto con el frío. De repente su sexo se activó, sobre todo cuando entró el tercer hielo en él, y se sensibilizó como nunca antes lo había hecho.

Aquel tipo era genial, empezó a gritar de placer, sobre todo cuando metió el cuarto hielo, y le cogió las piernas encogidas y se las empezó a abrir y cerrar. El movimiento de los hielos dentro de ella, y lo sensible que tenía su sexo, le provocaron un orgasmo tan intenso que la dejó casi sin respiración. Se echó para adelante para poder sentirlo mejor, aquello era genial, impresionante.

Entonces él la penetró, moviéndose muy profundamente, moviendo los hielos en cada acometida, provocándola un orgasmo tras otro.

De repente la dio la vuelta, y la penetró por detrás, rápidamente. Le dolió un poco pero no le importaba, estaba muy excitada. Deseaba una noche intensa de placer. Pero él acabó rápido esa vez, quedándose un momento dentro de ella, tumbándola sobre la cama.

De entre sus piernas fluía el agua fundida de los hielos y al sacar su pene de su ano, sintió el semen caliente salir de él, como un contraste ardiente con el agua fría que fluía de su vagina.

Él se levantó y le dijo que fuera a la ducha, que la llevaba a casa. Ana se quedó fría, pensaba pasar la noche con él, pero al parecer tenía otros planes, que no la incluían a ella.

Se duchó rápidamente, sola. Él tan solo se lavó un poco en el bidet y con prisas la hizo vestirse, y sin apenas hablar salieron de casa. En el ascensor, él iba a apretar el botón del garaje pero Ana presionó el de la planta baja.

Iré en metro, no te molestes. Es peligroso, mejor te llevo.

Ana sonrió y le miró.

Soy teniente de la Guardia Civil, creo que sabré defenderme.

Cuando llegó a casa se sintió más sola que antes de salir. Aquel hombre la tenía enganchada por el sexo, pero no le aportaba nada, y estaba acabado de destruir tanto su vida como su matrimonio. Además, quizá se había despistado con aquellos juegos de su trabajo, y por ello se le había escapado el asesino. Se sentía completamente fracasada, y un objeto de usar y tirar.

Del Libro "Crimen perfecto", del autor Domingo Plumaroja, publicado en Amazon


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