219

Por Pura Coincidencia
Enviado el 11/03/2015, clasificado en Varios / otros
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    Me prometí no claudicar,pero mis promesas no valen mucho, y menos, si me me las hago a mí mismo. Probablemente sea propio de una mente enferma y mezquina lo que voy a hacer, pero quien me espera en aquel cuarto, ha sido en gran parte el responsable de mi escasa calidad humana.

   He anotado mis reproches, no quiero dejarme nada en el tintero. Han adquirido la forma de una curiosa carta de despedida...solo que no es una misiva, y no tengo intención de despedirme de quien hubiera deseado no volver a saber nunca. Hace 9 años que no le veo, y de no ser porque la muerte ( ¡ al fin ! ), parece dispuesta a no dejarle ver otro amanecer, no habría reencuentro. Se ha demorado por demás, en mi opinión,pero seguro que a ella le importan poco mis reflexiones sobre sus horarios. No me siento eufórico. Pero empujo la puerta y el olor me golpea . Se podría decir que es el típico de una planta de enfermos terminales, pero yo creo que es uno de los muchos perfumes que utiliza La Inevitable para asistir a esa cita que ninguno puede impedir. Tal vez solo aplazar.

 Su cuerpo, encogido, descolorido y consumido ,se adivina, más que verse, bajo la sábana. Hay una miríada de cables por todos lados, destinados a prolongar su agonía. Las pantallas muestran líneas de todos los colores, y para mi sorpresa, un tubo de traqueostomía conectado a un respirador le obligará a escuchar sin replicar. No me habían advertido,pero me parece perfecto en esta nueva faceta de ser ruin y despreciable que estoy explorando hoy.

 Ha abierto los ojos, mientras despliego el papel. Tiemblo, y eso no me gusta. Quiero no sentir. Me mira. ¿ Puede una enfermedad tan larga y agresiva desfigurar el rostro de un anciano hasta el punto de hacer que su propio hijo dude de quién se trata ?. Hay sorpresa en esos pequeños puntos oscuros que se hunden en su cráneo. Supongo que me ha reconocido, a pesar de haber pasado una década, y pese a no quedar ya casi rastro de mi poblada cabellera, no he cambiado tanto. 

" Quisiera poder decirte que te perdono, pero dudo mucho que jamás lo hayas necesitado. Ojalá pudiera decirte que nos veremos en el infierno, a dónde van las almas atormentadas,pero tú nunca tuviste alma, y yo he perdido la mitad de la mía en estos 50 años, así que no habrá próxima vez. Me gustaría contarte que no has ganado, que se mueren contigo todos mis miedos, mis angustias, mi incapacidad de amarme..."

 Hago un alto, la boca se me está secando, creo que son naúseas lo que noto. Sólo me faltaría haber esperado medio siglo, y necesitar de la inestimable ayuda de la senectud para poder enfrentarme a él, y desmayarme ahora que había fusilado mi último resquicio de conciencia para dar este paso. Le vuelvo a mirar. Me apunta con el dedo índice, lleva puesta una pequeña pinza conectada, cómo no,a otro cable más. Su ceño se ha fruncido  sobremanera, casi se junta con su labio superior. No veo rastro de emoción, tampoco la esperaba.

" Desearía explicarte que tu cólera desatada, con motivo o sin él, esa que  ahogó nuestra niñez, nuestra juventud y continúa destrozando nuestra vida adulta, es solo un mal sueño del que apenas recuerdo ya nada. Pero lo vivo a diario, y ni en mil existencias podrías reparar una mínima parte del sufrimiento que nos causaste"

 El temblor ha empeorado, y las líneas están borrosas...y ese dedo, que sigue apuntándome.Creo que me he saltado algunas frases, rebusco en el guión y me recompongo mínimamente.

" Supliqué tántas veces no haber nacido, y ahora sé que quién nunca debió hacerlo, eres tú, un ladrón de infancias..."

 Me queda un buen trecho, le observo. Una mueca. Una sonrisa. ¿¿¿ UNA SONRISA ???. No puede ser. Ese rostro enjuto y apergaminado, dibuja una expresión que mezcla  condescendencia con  burla y  pena a partes iguales. Intuyo que hay algo de hereditario en todo esto, porque me siento incapaz, y mi ira pide a gritos que le dé rienda suelta sobre ese amasijo de huesos y piel seca que hay sobre la cama.

Salgo al pasillo, convencido de que jamás podré volver a caminar razonablemente erguido. El peso que había sobre mis hombros no se ha disipado, ni aliviado, se ha multiplicado por infinito. Y como mis promesas no valen nada, cedo y lloro como jamás un niño debería llorar, y como sólo un adulto puede hacer, tratando de ahogar el llanto, al borde de una convulsión. Una mano se posa sobre mi hombro.

- ¿ Dónde te habías metido ?. Llevamos toda la tarde esperándote. Arréglate, anda, que no te vea así.- Es la voz de mi hermana mayor. No hay rastro de compasión en ella. Supongo que también se hereda. No comprendo. ¿ Quién no debe verme así ?. La veo entrar en una habitación,la 219, y las pocas alarmas de mi taladrado cerebro se disparan. Busco con desesperación el número de la habitación en aquel escueto mensaje que me anunciaba el fin. HABITACIÓN 219.

  Giro la cabeza hacia la puerta que acabo de cerrar tras de mí. HABITACIÓN 216.


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