La niña y la tía Carmiña

Por albertocubeiro
Enviado el 14/03/2015, clasificado en Infantiles / Juveniles
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Ha comenzado a llover en la pequeña aldea.

La niña mira por la ventana perdiéndose en sus propias ensoñaciones.
Esta tarde está sola en casa.
Una casa construida piedra sobre piedra en una fecha que ni los más viejos de la aldea recuerdan ya.

La niña es menuda, delgada y nerviosa.

Siempre que llueve le gusta sentarse en el hueco de la vieja ventana de madera.
Así acurrucada abrazando sus rodillas y con el mentón encima de éstas puede pasar horas contemplando su cotidiano paisaje, dejando que sus sueños vuelen más allá de aquellas montañas.

La lluvia golpea los cristales con más fuerza cada vez.

No piensa en nada en concreto y piensa en todo, sus ensoñaciones tienen muy poco pasado y mucha fantasía.
Abre un poco la ventana y en seguida le llega el olor a tierra mojada, a piedra empapada y el sonido de la lluvia que cubre todo el paisaje con un velo gris.

¡Un trueno!
La niña se asusta. Siempre ha tenido pánico de los relámpagos, el contemplar como el cielo se resquebraja como un espejo roto le impresiona y al mismo tiempo le produce un terror infinito, desconocido y ancestral.

Bajo el piso de madera, en el establo, las vacas mugen y se mueven nerviosas.

La lluvia arrecia ahora con más fuerza y en todas direcciones, salpicando sus delgaduchas pantorrillas a través de la abertura de la ventana.
-¡Tía Carmiña!, susurra bajito.


Tía Carmiña no es su tía. Tía Carmiña lleva toda la vida viviendo en la casa más próxima camino abajo.

Tía Carmiña es mujer de gran envergadura.
La niña está convencida de que no le tiene miedo a nada ni a nadie.

Otro relámpago la saca de sus ensoñaciones.

Cierra la venta al mismo tiempo que siente vibrar los cristales en sus pequeños dedos.

Salta al suelo y corre hacia la puerta principal, bajo sus pequeños pies las vacas se mueven inquietas y mugen desde la oscuridad del establo.

Abre no sin esfuerzo la pesada puerta de madera, la tormenta se le presenta en todo su esplendor.
Antes de salir se calza los zuecos de madera, demasiado grandes para sus piernecillas de alambre.

La niña sale al exterior sin más y en pocos segundos el corto vestido se le ciñe empapado al frágil cuerpecillo y su negro cabello de paje aplastado en el cráneo.

Otro relámpago rompe con violencia la tarde.
La niña echa a correr camino abajo pero solo consigue dar dos pequeñas zancadas, los zuecos quedan clavados en el fango y tiene que pararse a recogerlos.

Decide seguir descalza pero cada paso es un esfuerzo, el barro le cubre hasta los tobillos y parece querer succionarle los pies.

Los relámpagos y truenos se suceden ya sin tregua, la tarde parece noche y a cada flash cegador le sigue el estruendo que rompe el cielo acallando los agudos gritos de la niña.

Se conoce el corto camino de memoria. Son apenas cien metros de una casa a otra.

No puede ver ni su propia mano extendida delante de ella, la cortina de lluvia es ahora una pared de agua que cae en todas direcciones.

Llega a la puerta de la casa de la Tía Carmiña, la empuja, es igual de pesada que la suya. En la aldea nadie cierra jamás con llave una puerta de entrada.

Entra a la oscuridad de la casa y cierra rápido tras ella para que no entre el agua al interior.

-¡Tía Carmiña, Tía Carmiña!, grita llorando.

La casa guarda el calor y tras habituar sus ojos a la penumbra, escucha el crepitar del fuego en la cocina y huele el aroma inconfundible del caldo que día sí y día también se prepara en aquella casa.

-Neniña, neniña, eres o demo, exclama desde la cocina la Tía Carmiña.

La niña corre a su encuentro dejando tras de sí pequeñas pisadas de agua y barro.

La Tía Carmiña está donde siempre, sentada junto al pote de caldo avivando las llamas con el fuelle.
Toda ella es una enorme sombra donde solo resalta un rostro envuelto pon un pañuelo negro a la luz de las llamas.
Es un rostro familiar, el rostro que a la niña le transmite esa seguridad y fortaleza que ahora necesita.

La Tía Carmiña sonríe con los labios apretados y en su sonrisa resaltan aún más las numerosas arrugas de quien sin ser viejo acumula demasiados madrugones y demasiadas horas de trabajo bajo el sol. Una sonrisa que llena a la niña de consuelo.

Se arrodilla frente a la Tía y mete toda la parte superior de su pequeño cuerpo bajo los enormes faldones de Tía Carmiña.
Debajo del primer faldón otro faldón donde la niña huele el olor a jabón, el olor a limpio.

Afuera la lluvia pierde fuerza.

Toda la estancia huele al apetitoso caldo tan famoso en la aldea.

Tía Carmiña seca con cariño la cabeza de la pequeña con sus propias faldas.

-Neniña, neniña, susurra muy bajito, -eres o demo.

La voz de la niña llega amortiguada desde debajo de los faldones, ya no llora, solo sorbe sus propios mocos más tranquila ya.

-Tía Carmiña, exclama lastimeramente desde la seguridad de su escondite.


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