DISPARANDO CONTRA LA PESADILLA

Por cclecha
Enviado el 16/03/2015, clasificado en Varios / otros
355 visitas

Marcar como favorito

Soy el sargento García y ya hace tres  meses que me encuentro sirviendo en el Protectorado Español del Norte de África, en plena guerra del Rif, en Marruecos. Siempre he sido la sombra del capitán Alonso y estoy orgulloso de ir allá donde va él y de ser su confidente. Estamos en un momento muy delicado en el que el rebelde Rad El-Krim va avanzando y ganando posiciones.

                Precisamente, mi capitán me confesó que estaba muy preocupado por un sueño recurrente que tenía. En él aparecía un marroquí enorme, vestido de negro, con un turbante del mismo color y una cinta roja a modo de cinturón.  Según me ha contado, este sueño lo tiene día sí, día también. El árabe, en el sueño, va directamente armado contra él, pero mi capitán no sabe qué pasa después, porque siempre se despierta momentos antes...

                De todas formas, el capitán Alonso está muy preocupado porque piensa que este sueño presupone una premonición de su muerte.

                Fuera como fuere, desde la Península, viendo el avance de Rad El-Krim, nos envían refuerzos que se van a distribuir entre todas las plazas que defendemos. Aprovechando la llegada de más tropas, y movido por el miedo ocasionado por su sueño, el capitán ha decidido pedir, al General de la zona, el traslado a Melilla, tanto para él como para mí.

                Creemos  que no se puede esquivar a la muerte; si no te alcanza en el fuerte en el que servimos, te alcanzará en otra plaza, pero mi capitán piensa que es mejor hacer caso del aviso del sueño y retirarse hacia retaguardia.    

                 Partimos rumbo Melilla, pero antes teníamos que pasar por Igueriben y posteriormente por Annual.  Íbamos montados en dos caballos por unos polvorientos caminos. El capitán Alonso, más bien bajo, extremadamente fuerte, con piernas marmóreas y brazos herculinos, desafiaba el calor de este mes de junio con arrogancia. Iba precediendo la marcha, rodeado de rocas rojizas que presagiaban una zona desértica.

                Al cabo de no muchos kilómetros encontramos el primero de los Blocaos (pequeñas construcciones de madera, de carácter  defensivo, rodeadas de defensas de sacos terrenos, que surcaban los caminos y servían de enlaces entre los fuertes). Rápidamente vimos multitud de cadáveres esparcidos por  el suelo. El oficial del puesto también aparecía boca terrosa en la entrada del Blocao. Un par de mulas, de las que servían para ir a buscar agua, también estaban destripadas, junto con los hombres.

                El agua se nos estaba acabando y pensábamos reponerla en el inutilizado Blocao, así que decidimos dirigirnos hacia el siguiente punto: hacia Ireguiben. Seguimos por el árido camino y, pronto nos dimos cuenta de que éramos blanco fácil para tiradores rifeños que disparaban desde las rocas de la lejanía.  Nuestros caballos galoparon hasta el límite de sus fuerzas hacia el próximo fuerte.

     Entramos a todo galope en Ireguiben; un asedio en toda regla venía protagonizado por los tiradores de las tribus sublevadas. Guerra total. Inmediatamente nos atendió el comandante de la plaza.

                Enseguida comprendimos que la situación resultaba desesperada. Nos entregaron un par de escopetas y solo veinte cartuchos por cabeza; no había más. En  cuanto al agua, tampoco pudimos reponerla debido a que se había agotado por completo en  el asedio. Nos dijeron que los soldados habían bebido colonia, tinta e incluso sus propios orines mezclados con azúcar.

                Rápidamente nos pusimos a disparar detrás de unos sacos terrenos  y de una alambrada doble de espinos. Vimos que los tiradores de las tribus rifeñas tiraban con un par de ametralladoras, que seguro habían confiscado en el blocao que habíamos dejado atrás. Los impactos de las balas rebotaban en los sacos y en las rocas del suelo, provocando  mucho ruido y polvo... y, desafortunadamente, provocando también bajas en los hombres de nuestro alrededor.   

                 El capitán se había quedado sin cartuchos para su escopeta y sólo le quedaba una bala en el revólver. Yo me reservaba dos en mi escopeta, pensando en lo peor. De repente vino lo dantesco de la situación: un rifeño enorme, con turbante, completamente vestido de negro con una cinta roja a modo de cinturón se abalanzaba contra nosotros, secundado por dos de los suyos. Mi capitán, lejos de acobardarse, se puso en pie como si quisiera retar al árabe. Yo instintivamente, afiné la puntería y conseguir derribar a los dos  hombres que acompañaban al rifeño.  

                Pensé en que, en aquel instante,  la muerte  iba a atrapar a mi capitán, el momento había llegado. No se puede esquivar ni engañar  a la muerte que te  avisa en forma de sueño; ella te busca en otro lugar y otras circunstancias, si es necesario. Sin embargo, algo en la nobleza de los actos de mi capitán Alonso, me hizo vacilar.                                                                                                                                                               

                El árabe corría enfurecido, sable curvado en mano, hacia Alonso. Éste, de pie, salió fuera de las alambradas apuntando con su revólver, esperando que el otro, en su carrera, se fuera aproximando... ya lo tenía a veinte metros, corría como un poseso... a quince... su expresión era de absoluta fiereza... a diez... a cinco... fue entonces cuando mi capitán le descargó el único tiro que le quedaba en el revólver.

                El del turbante negro, cayó fulminado, como una palmera a la que le hubieran cortado de raíz.

                Como que nos habíamos quedado sin munición, y a los pocos  soldados que restaban les sucedía lo mismo, mi capitán se puso al mando de los pocos que quedábamos y mandó evacuar la posición.

                Conseguimos escapar tan solo once personas. Cuatro caballos, dos mulas y el resto a pie.

                 Inmediatamente, un soldado cayó bajo el fuego enemigo, los demás, corriendo y galopando, huimos a toda velocidad.

                Cuando pasó el peligro, el capitán Alonso pasó a encabezar el pequeño grupo. Yo, poniéndome a su lado, le comenté lo contento que me sentía al comprobar que el fatídico sueño había pasado de largo; la muerte no había conseguido lo que quería. Él me contestó sonriendo... reproduzco  sus palabras:

            "Mi querido camarada, he estado pensando en este suceso y no creo que disparase a mi muerte potencial, sino a una pesadilla recurrente que creo que creó mi propio inconsciente. Me explico; me parece que yo mismo no estoy conforme con  los valores que encarna un militar, con una actitud vital que creo que no sirve para mejorar a la humanidad. ¿Qué valores puedo encontrar en estar rodeado de armas todo el día, en llevar el pelo corto y las botas brillantes o en estudiar todas las técnicas para matar a mis semejantes? El hacer la guerra no aporta nada de bueno. Se degradan todas nuestras virtudes y se hace el mal tan solo con escusas erróneamente entendidas. Creo que, al disparar sobre mi pesadilla, en realidad estaba disparando sobre esta forma de vida que no lleva a nada positivo.  ¿A que me lleva de bueno el ser militar? Cuando estaba disparando al árabe, en realidad, estaba disparando a mi propia manera de ver el mundo." 

                Escuché atentamente a mi capitán, valoré  positivamente sus palabras y reculé hasta ponerme cerrando el grupo. Quedaba todavía un trecho incierto hasta Annual... Estaba muy orgulloso de mi capitán.                                                            

                                                                                         

                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

                                                                                                                                                                                                            

                                                                                                                                                                              

 


Compartir el relato

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Ellas buscan... FarmaToday
TvReceas - Videos de recetas de cocina Haz tu donativo a cortorelatos.com