De la Biblia al televisor

Por Tarrega Silos
Enviado el 05/02/2013, clasificado en Humor
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De la Biblia al televisor

(Lecciones aprendidas de la doctrina suprema)

     
Desde niño, mi biblia fue sobrecogedora nunca menos que perturbadora. Me parecía increíble que permitiesen un libro tan pasional y violento dentro de casa y más aún, que no me prohibiesen su lectura. terminé interpretando éste hecho como un error logístico-administrativo doméstico y aprobechandolo, leí la Biblia con avidez. Incluso previendo una reacción tardía, la mantuve en secreto, astuto, omitía citarla en nuestras charlas cotidianas, para eludir una lamentable expropiación. Ninguna novela o semanario político a mi alcance, ni todos los directores de cine juntos me ofrecieron más que los relatos Biblicos:
Sagas de expansión imperialista, o heroicas y libertarias, tiernos noviazgos, romances pasionales y erotismo, aventurs de espionaje y sedición, sangrientas batallas entre ejércitos desiguales, y misiones comando, mensajes del más allá con intrincados acertijos, combates de magia negra, viajes exóticos y hermosas reinas de tierras lejanas, crueles traiciones y terribles venganzas familiares, rivalidades mortales, estafas, explosiones, pruebas extremas de dolor, finísima comedia política y hasta economía.
Pero mi más asombroso hallazgo lo encontré en el Apocalipsis 3:15-3:16 en el que creí encontrar el designio máximo, y cito:
     
“Así habla el Amén,  ...
... Conozco tu conducta:
no eres ni frío ni caliente.
¡Ojalá fueras frío o caliente!
Ahora bien,
puesto que eres tibio,
y no frío ni caliente,
voy a vomitarte de mi boca.”
     
A los diez años de edad con todo mi temperamento sin pulir, me sentí bendito en esas líneas. Así inició mi larga persecución del concepto de "radicalsmo" a través de diversas filosofías. Hasta que después de tantas lecturas, a los diecisiete años, decidí que era tiempo de concretar lo aprendido, el tiempo de "patria o muerte".
La biblia, para unos palabra divina, para otros un libro antiguo, es para mí, un compendio de las pasiones y sus necesarios argumentos extremos, gracias a los cuales logré la proeza de mi generación: puedo jurar que a mis cuarenta años, ni un día, ni uno solo, he dejado de ver televisión. Porque del gran libro aprendí que el "Reino de los cielos les pertenece a los simples".


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