El enterrador

Por Azel Highwind
Enviado el 21/03/2015, clasificado en Terror
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Es de noche. Los árboles parecen retorcerse contra el viento cruel de invierno. Se recortan encogidos en un cielo apenas iluminado por una luna helada que juega a esconderse entre las nubes cenicientas. Pelados, desnudos y heridos, los árboles sólo pueden alimentarse de los cadáveres putrefactos que nutren la tierra del cementerio, con sus raíces serpenteantes que succionan y tragan ocultas bajo la tierra infectada. Sus ramas descarnadas se alargan hacia el cielo como falanges de algún esqueleto, estremeciéndose entre los relámpagos enfermizos que ahora rugen acercándose desde la lejanía e iluminando ruinas infernales cubiertas de fuego y ceniza, malignos mausoleos entre una vegetación fungosa, lápidas agrietadas que se tuercen sobre el légamo corrompido?

La lluvia empieza a caer, vertida desde un cielo inescrutable donde la luna merodea con su ojo furtivo entre la niebla blanquecina. Se encharca la tierra negruzca, ondulándose como la superficie de una ciénaga inquieta, plagada de las criaturas nocturnas que agonizan bajo los troncos nudosos.

Unas pisadas irrumpen de pronto en el suelo pegajoso. Con aire fúnebre empezaron a acercarse, entre el decrépito silencio, en medio de las miradas acechantes que se ocultan en las tinieblas. El enterrador arrastraba algo atado a una cadena, avanzando lentamente entre las hileras caóticas de lápidas.

Dentro de la jaula un hombre se retorcía entre espasmos. El barro salpicaba su cuerpo huesudo, infestado de los inclementes mosquitos que estallaban sobre su piel macilenta, sobrealimentados por los jugos abominables de la muerte.

Apoyado sobre las frías barras de hierro, un estremecimiento recorrió su espalda al ver unos metros más adelante un foso cavado en el suelo. De un respingo se arrojó al fondo de la jaula, queriéndose alejar de ese agujero en el que chorreaba el agua envenenada. Pero el enterrador seguía avanzando lánguidamente, y con un brazo deformado tiraba de la cadena que se cogía a la jaula.

-¡¿Po? por qué hace eso!? ?preguntó el hombre con un hilo de voz-, por favor, por favor, déjeme ir? -suplicaba a la sombra de la espalda jorobada del enterrador.

Pero éste parecía no escucharle, y siguió avanzando con caminar decidido.

El hombre temblaba contra los oxidados barrotes, su simple tacto le corroía la piel. Miraba con los ojos enrojecidos y suplicantes hacia la cabeza del enterrador. No podía apartar la mirada, por muy asquerosa que fuese la imagen de esa tiesta encostrada, llena de bultos y sarpullidos.

Y absorto en la horrenda imagen del enterrador, el enajenado hombre no se dio cuenta de que el agujero ya estaba a su lado. El enterrador aflojó el puño y la jaula cayó al suelo con un ruido esponjoso. La sacudida sacó al hombre de su delirio, que se rompió la nariz contra un barrote, y su boca empezó a llenarse de sangre. Las arcadas le convulsionaron el pecho, perturbando un cuello que no paraba de tragar y de intentar contener. Pero de su boca desesperada no llegaba a salir nada, pues su propia sangre lo impedía. Se colapsó con la peste acre de la tierra que se impregnaba en sus manos, en su pecho y en su vientre. Y entonces, con esfuerzo y amargura, vomitó la bilis y los jugos gástricos sobre los monstruos subterráneos que ascendían en busca de comida.

Entretanto, el brazo del enterrador se retiró con un crujido, y quedó oculto bajo el pesado manto que cubría su cuerpo. Se acercó a su guarida y abrió una puerta despertando un chirrido que se perdió en la lejanía. Sacó una pala cuyo astil se vislumbraba fibroso entre el vapor humeante de la niebla. La humedad flotaba a escasos pies del suelo, y entre la niebla de carbón los rayos mordaces de la luna resplandecían en el acero de la pala.

Dentro de la jaula, mordiendo los barrotes y rasgándose con las uñas la piel del pecho, el hombre había enfebrecido. La maraña de greñas de su cabeza estaba infestada de bichos que mordían e incubaban huevos.

El enterrador se lo miraba flemático, con la pala en sus deformes puños. Entonces abrió la jaula. La puerta cayó en la tierra con un pesado golpe. Un ruido gomoso se esparció como una onda alrededor del légamo. La mano grasienta del enterrador cogió al hombre por la cabeza y lo tiró contra el fango. Sus pesadas botas lo pisotearon. Y de una patada lo tiró al agujero que se abría en esa tierra de raíces caníbales.

El hombre sintió cabelleras de hilos enredarse en su cuello y en sus extremidades. Los árboles le apresaron entre sus raíces. La luna ahora asomaba vívida y expectante, pero su fría luz se fue apagando con cada palada de tierra que le caía sobre la cara. Sus ojos pestañeaban frenéticos, burbujeando lágrimas. La tierra le perforaba las córneas y se le introducía en la nariz rota y la boca desencajada. Escupía, gemía y trataba de gritar, pero ya no podía. Los pulmones se le llenaban de tierra empapada de sangre. Trataba de escupir cuando la tos pastosa se calmaba. Y poco a poco sus pulmones dejaron de funcionar, por su garganta anegada de lodo y sangre ya no fluía aire y su corazón se ahogó bajo montones de tierra.

El enterrador terminó de tapar el agujero. Lo pisó con fuerza al rato que lanzaba un gruñido y unas gotas de saliva salpicaban el lodo que ahora cubría un horrendo crimen.

Desde las alturas, las ramas hastiadas de los árboles infectos se balanceaban en un baile macabro. La luna se ocultaba detrás de las montañas. Y el enterrador, dando por terminado el entierro, se retiró al cubil, desde el que brotaban gritos y súplicas que la espesura del bosque pronto olvidaría.


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