El profeta loco

Por Azel Highwind
Enviado el 21/03/2015, clasificado en Terror
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Una risa trastornada, llena de demencia y de sonoridad inhumana irrumpió repentinamente en la oscuridad muerta. 

?¡¡¡Jajajaja!!! ?la risa continuaba, frenética, febril, enfermiza; como una locura, como una hecatombe de sacrificios y de muerte.

Por donde pasaba, unos gritos de horror y de desolación respondían al pavor vaporoso que invadía todo el lugar.

De pronto, una voz ?si se le puede llamar voz a eso que oí? profirió un anuncio que me llenó de terror y desconcierto:

?¡Yo soy Abdul Zaann, el Profeta! ¡El más grande de toda su estirpe y el que alcanzará el don de la inmortalidad?! ¡Yo...! ?repentinamente un gruñido visceral y sardónico salió de la garganta de ese ser. Sus gritos cesaron, su locura se apaciguó. Pero sólo fue un instante? pues en un arrebato de cólera sus gritos volvieron a estremecerme.

?¡¿Quién demonios eres tú?! ?escupió con fingida sorpresa.

Y entonces mis ojos contemplaron algo que nunca he podido olvidar. Esa detestable imagen, impuramente anormal? Era un ser impío, antinatural, una falacia de la realidad. Su imagen, lejos de inspirarme estupefacción, me recordaba perversamente a algún monstruo horroroso de las profundidades estigias de mi mente.

?Yo soy tú. ¡Mírame bien! ¿No me reconoces? ?pronunció el nuevo ser, con un sonido gutural.

La respuesta que vino a continuación y que me heló la sangre, sólo fue el principio de un holocausto caníbal más allá de toda imaginación. La primera bestia profirió un aullido tan terrorífico que perdí la cabeza. Mi cuerpo se estremeció y perdí el control. Quizá no lleguéis a entender lo que os contaré, o no me creáis, pero os juro que es la pura verdad. Y no fue por lo que vi u oí lo que hace que mis noches estén plagadas de pesadillas extravagantes, sino por lo que ?sentí??:

No podría decir si era de un perro, de un lobo o de un coyote; quizá una mezcla de todos ellos. Pero el aullido que vomitó la primera bestia me transmitió perversamente lo innominable de su procedencia. La bestia respondió al segundo ser, al cual estaba mirando fijamente:

?¡Bastaaaaardo?! ¡Tú no eres yo, yo soy único! ¡Yo soy Abdul Zaann, quién ha vuelto de la tierra de los Dioses, quién ha viajado por infinitas latitudes prohibidas y ha vuelto para contarlo?! Yo? yo he visto a los Dioses regocijarse de su poder... ¡Y me he reído de ellos! ¡He hollado en las inmensidades cenicientas, y he visto colores y luces que ningún mortal jamás imaginará! ¡Y pronto me convertiré en un Dios!

Y en ese preciso instante, cuando terminó de esputar esas blasfemias innombrables, se abalanzó como un demonio pesadillesco sobre el otro ser. La muerte goteante hizo acto de presencia, untando de rojo y carmesí los brazos asquerosamente retorcidos de la primera bestia. Ésta rió insensatamente mientras de todos lados llegaban, como atraídos por el líquido del mismo Hades, una ingente cantidad de criaturas amorfas, de contornos grotescos y cuerpos deformados.

Sus ojos habían enloquecido. Rojos como el ocaso huían de sus concavidades, delirando en serpenteantes giros espasmódicos. Entonces empezó a proferir ciertos gruñidos y un conjunto indefinible de sonidos acompasados. Abdul Zaann, el Profeta, el Único, saltó frenéticamente sobre ese torrente de aullantes sombras torrenciales de una demencia roja y viscosa. Devoró la carne, los huesos y los jugos abominables y caleidoscópicos en medio del pandemonio nebuloso. Y entonces, en medio de sombras burlescas, pude ver como su cuerpo ensangrentado caía lánguidamente en el eterno vacío del estéril averno.

Cuando recobré la cordura me encontraba en la cama de un hospital. Me dijeron que había tenido un accidente en un parque temático y que había perdido mucha sangre por culpa de un corte con un cristal de la ?sala de los espejos deformadores?. Entonces me acordé de Abdul Zaann y de todas sus palabras, y me di cuenta, aterrado, de que no habían sido esos diablos peludos, deformes y blanquecinos los que habían asesinado al loco profeta. Quién había acabado con su vida había sido él mismo, reflejado en la locura de decenas de espejos de silencioso secreto.


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