Elogio a los momentos insignificantes

Por Azel Highwind
Enviado el 21/03/2015, clasificado en Reflexiones
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La mayoría de las personas desprecia esos momentos en los que parece no suceder nada importante. Momentos, quizá, en los que no se divierten o no experimentan ninguna emoción. A mí, por el contrario, no me gusta menospreciar estos instantes cortos, hueros, que algunos llamarían ?momentos muertos? o ?momentos vacíos?. Para mí, es todo lo contrario: los grandes momentos, las grandes historias, las mejores experiencias, se nutren de estos instantes minúsculos, fugaces, que pasan casi sin dar testimonio, y hacia los que hay que estar muy atento para poder sentirlos, y claro está, para entenderlos. Sólo las personas que tienen una sensibilidad más fina, atenta y perspicaz pueden sentir la plenitud de estos momentos que para otros son irrisorios. Momentos que se pierden en el tiempo y que su misma perennidad los condena a ser olvidados, a no existir.

Pero yo he aprendido de una persona muy especial que los pequeños momentos son los que cuentan. Sobre todo los momentos pasados junto a ella.

Todos los pequeños momentos sumados forman grandes historias. Y si estás atento y sabes encontrar los indicios que te llevarán a un nuevo paradigma de las emociones, incluso serás capaz de crear, de crear emocionantes aventuras que te adentrarán en sus propios mundos oníricos. Y esa es la grandeza de la literatura: poderte adentrar, mientras creas, en ese mismo mundo que ha nacido de ese estímulo cazado al vuelo, como una quimera incauta e ilusa que pensó que todos los humanos somos iguales. De ese mínimo estímulo que ha surgido en un momento irrisorio, y que de esa sensación, esa emoción, ese sentimiento, ha nacido todo un cúmulo de emociones, una gran historia o todo un mundo de fantasía y aventuras. Y es que la literatura, una historia, no nace de grandes extravagancias, de filosofías baratas que hablan de morales caducas e inservibles, o de ostentosos tejidos hilados por complejas ideas cargadas de simbolismo e intenciones; las historias tienen siempre un origen minúsculo, irrisorio, invisible a los ojos de quién no es artista, que se enciende muchas veces imprevisiblemente.

Y de ese chisporroteo de emociones, si se sabe alimentar bien su fuego con el carburante de nuestra imaginación, nacen todo tipo de historias. Y es que para que nazca una nueva historia sólo es necesaria una chispa, nuestra imaginación, la memoria y mucha creatividad, o sea, capacidad de invención.

Las historias más extraordinarias son las que han nacido en estos momentos imprevisibles, en los más irrisorios: sentados arriba del todo del hueco de las escaleras, escuchando el incesante empuje del viento en la puerta, o sus golpes frenéticos contra las ventanas; en un banco de piedra donde nada sucede, el ambiente arbóreo y sombrío está callado, pero entre sus sombras multitud de criaturas de un mundo oculto transitan arriba y abajo sin cesar; o tumbados en un sofá recio y áspero entre decenas de copas manchadas de carmín y alcohol fundido en las venas. Ella está a tu lado. El momento es perfecto. Quieres protegerla y amarla, y le acaricias el pelo observando su expresión llena de paz. Pero de pronto se abre un nuevo mundo hostil, pero entrañable, lleno de peligros y de maravillas. Y entonces es cuando tienes que desenfundar tu pluma, y tu espada, y dejarte llevar hacia el interior de ese mundo donde miles de aventuras aguardan. Con ella.

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