Réquiem desde la mirilla

Por Azel Highwind
Enviado el 21/03/2015, clasificado en Drama
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¡Joder! Las alucinaciones son cada vez peores. Me arde la cabeza, incluso el aire está caliente. Me enderezo y la habitación da vueltas. Joder, cuándo terminará la pesadilla. Tengo la sensación de estar enmarcado entre estas cuatro paredes, de que todo sea un puto reality.   Las zapatillas están volcadas, como siempre, enseñándome la roña que se acumula en las suelas. Ponérmelas me resulta fatigoso, llegar a la puerta, aún más, y eso que está a sólo dos pasos.   Cruzo el umbral, los olores de un baño sucio e ignorado se mezclan con los de mi cuerpo. También huelo el bacon ya un poco rancio, olvidado en algún rincón de la cocina. Dos pasos más y llego al comedor. Me da pereza apartar todos esos periódicos, botellas que muestran hilos pegajosos del líquido que antes contenían, cajas de comida pasada, sobres vacíos y pañuelos mugrientos.   Me pica la barriga y no me gusta rascarme. Las uñas se llenan de piel muerta. Es asqueroso. Odio el ruido que hace la puta nevera. Me da miedo abrirla. Ya no quedan vasos limpios. Bebo directamente del grifo. El agua está helada, todo me parece frío, en cambio yo estoy ardiendo.   La puerta de la vecina se cierra. Siempre da portazos, la muy puta. Pero qué buena está. Corro hacia la puerta, estampo mi careto y pongo el ojo en la mirilla. Desde él veo el mundo, y estoy protegido. Veo la piba hablando con otro vecino. Las paredes del pasadizo cada día se antojan más oscurecidas, llenas de marcas de manos y de la mugre que van dejando los vecinos casi sin darse cuenta. Se acumula como en una leprosería, cada vez que un vecino roza las paredes con sus dedos dejando restos.   La jodida mueve el trasero de un lado a otro cuando habla, es una coqueta endiablada. Se tensan mis pantalones. Otra vez se cruza en mi nariz el olor a bacon. En el mismo momento veo la carne que apenas se oculta en esos shorts. Va a hacer jogging por el parque. No podré ver sus tetas brincar dentro de su jersey suave, ni estos glúteos carnosos que me endurecen. Siento que le podría arrancar la ropa con los dientes.   Llega el cartero. Puto cabrón. Siempre me mira por encima del hombro. El vecino ya se larga con sus cartas. Ella desaparece por el pasadizo moviendo la coleta. En mi cabeza aún tengo su culo pomposo mostrando la rajita en cada salto. El timbre me sobresalta. Detesto los ruidos estridentes, y también la voz del cartero. Veo su ojo en la mirilla, seguro que sabe que le observo. Entre esos dos cristales me parece estar en otra dimensión, veo las figuras alteradas, veo el careto del cartero de lo más ostiable. Abro la puerta, dejando escapar el aire viciado.   El cartero cambia la expresión, o a mí me lo parece. Con su voz de mierda, me dice que tengo que firmar el recibo de un burofax. Lo firmo. Casi toco sus putos dedos al devolverle el boli. Corta los bordes de la carta, ese ruido serrado, como de cremallera, me encanta. Creo que necesita un par de ostias. Él ve mi mirada. Intenta escapar, pero ya le he cogido por el cuello. Le retuerzo el pescuezo. Cree que tirándose al suelo se librará. Le sacudo contra el marco de mi puerta y lo arrojo adentro. Cae entre la mugre, cajas, botellas, pedazos de pizza barata y bombillas fundidas. Grita. Me cebo con las dos manos en su pescuezo. Retuerzo, aprieto, exhalo fuerte. Su cuerpo enclenque patalea y yo le agito arriba y abajo. Su cabeza golpea el suelo con tanta fuerza que el ruido me recuerda al de romper un coco. La mugre se empapa de sangre. Estoy agitado, con los pantalones tensos, y no puedo dejar de pensar en la vecina haciendo jogging.   Me siento en la butaca frente a la mirada vacía del cartero. Abro la carta. Malditos hijos de perra. No me van a sacar de mi casa. Ya tengo la silla y la cuerda preparadas desde hace días. Subo y se tambalea un poco. La cabeza me arde, quiero terminar con todo. Pateo la silla, que cae al lado del inerte cartero. Mis piernas se agitan con fuerza. Espasmos. La nevera chirría. Escucho una gota caer en la superficie metálica del fregadero. Más espasmos. Algo cruje entre las bolsas de patatas, una forma de vida en la que no me había fijado hasta ese instante. Cae una zapatilla desde mis pies, luego la otra. Parece que su caída se pudiera observar durante horas. Los ojos vidriosos del cartero las observan caer planas, y en el último momento vuelvo a oler el bacon rancio.

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