Amordazado (En homenaje a las libertades que acaban de ser recortadas)

Por Domingo Plumaroja
Enviado el 30/03/2015, clasificado en Drama
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Nmachi se sentó a esperar. Su mujer y sus dos hijos estaban en casa de unos amigos, pero tampoco podían quedarse ahí demasiado tiempo. No podían vivir de la solidaridad de otros, todo tenía un límite. Recordaba cómo había salido hacía ya 8 años de su aldea natal en Nigeria. Allí el cacique local era el que mandaba, y no tenía ninguna oportunidad de sobrevivir. 

Había salido rumbo al norte, a Europa. Intentó entrar legalmente, pero no había ninguna posibilidad de obtener un permiso de trabajo. Sólo pudo hacerlo ilegalmente. Logró no contratar a ninguna mafia para pasar la frontera ya que sabía que muchos de sus compañeros habían desaparecido en el desierto.  

Lo más difícil fue atravesar Marruecos. Tenía que esconderse en cada esquina. El color de su piel les delataba, y en los pueblos, si los descubrían, les apedreaban. Y eso en el mejor de los casos, ya que si caian en manos de la policía eran abandonados en el desierto al otro lado de la frontera sin ninguna compasión.  

Sonó el timbre. Se asomó a la ventana. Abajo había un grupo de vecinos con una pancarta, y uno de ellos dialogaba con un policía que se había bajado de la furgona de antidisturbios. Un hombre trajeado se asomó desde el portal mirando hacia arriba, debía ser el del juzgado, que traía la orden de desahucio. No tenía intención de abrir. Ya nada le importaba. Que tiraran la puerta abajo.  

Aún sentía en su cuerpo los escalofríos de la hipotermia que sufrió cuando cruzó el estrecho en aquella patera. Se embarcaron 50 compañeros, 20 se perdieron en las aguas frías del Mediterráneo, allá donde se junta con el Atlántico. Tras varias semanas encerrado en un centro de internamiento, en una prisión con celdas y régimen disciplinario, encarcelado sin el famoso juicio justo que se le presupone a Occidente, salió en libertad.  

Empezó a trabajar en la recogida de la fresa en Almería, y posteriormente en la construcción en la ciudad donde vivía actualmente, en Alicante. Gracias a trabajar duro pudo regularizar su situación en España, conocer a Manuela, casarse con ella y vivir el sueño español. Un sueño que se había tornado en pesadilla cuando se quedó sin trabajo.  

Se volvió a asomar a la ventana. Los vecinos se tenían que manifestar al otro lado de la calle. Si intervenían serían multados. La nueva legislación española era perversa. No había penas de cárcel, no había juicio ni jurado. Un simple policía podía imponer una sanción administrativa, que alcanzaba un volumen económico desorbitado.  

Y si te multaban, el problema pasaba a ser tuyo. Tú tenías que defenderte, que gastar tu dinero para tratar de demostrar tu inocencia, de hacer valer tus derechos. El sistema judicial se había pervertido. Nmachi lo sabía y no podía hacer otra cosa. En cuanto tiraran la puerta de lo que había sido su sueño, un sueño irreal, una fantasía terrible, golpearía con el palo de escoba que agarraba fuertemente en el hombro al funcionario del juzgado.  

No quería hacerle daño, sólo cometer un delito, ya que sólo de esa manera conseguiría ser detenido y encarcelado. Sólo de esa manera su mujer y sus hijos podrían ser atendidos por los servicios sociales. Sólo de esa manera conseguiría un abogado al que contarle su problema. Sólo de esa manera podría acceder a la justicia en el país que nunca le había llegado a acoger, a pesar de haber trabajado duro, de haberse intentado integrar.  

La alternativa que se le ofrecía era la calle, las multas por ser pobre, por tener que rebuscar en la basura y la expulsión. Si seguía el cauce legal, no le podrían acoger en ninguna casa, ninguno de sus amigos, a riesgo de ser multados, no podría mandar al colegio a sus hijos, nacidos en España, no podría acceder a la sanidad.  

Escuchaba los golpes en la puerta. Al no haber abierto la puerta, un cerrajero estaba forzando la cerradura. Se puso en posición, agarrando el palo de la escoba fuertemente. La puerta se abrió, y apuntó para no hacer daño, para golpear en el hombro al primero que entró.  

De repente un fogonazo, un ruido muy fuerte. Y silencio. Nmachi cayó al suelo, con un disparo entre los ojos. Nadie había grabado la escena. Estaba prohibido. Nadie hablaría. Estaba prohibido. No habría otra versión que la oficial, y ningún testigo se saldría del guión establecido. La libertad en España estaba amordazada.  

Del blog relatocuentos.blogspot.com

Domingo Plumaroja


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