DIARIO DE UN MIMO (1 de 8)

Por Federico Rivolta
Enviado el 02/04/2015, clasificado en Terror
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I

 

Mucha gente se disfraza de mimo; lo mío no es un disfraz.

Recorro pueblos actuando en cada plaza, brindando un espectáculo impecable y sin caducidad. En pocos minutos mi gorro desborda de billetes, mas nunca falta algún tacaño.

Con tan solo una mirada me doy cuenta de quiénes se irán sin dejar moneda alguna; lo hacen porque no entienden de sacrificios, lo hacen porque no son más que unos niños ricos. Mi actuación sigue serena, como si ello no importara; pero en el fondo siempre duele. Cuando el avaro se retira, levanto mi sombrero y lo persigo en silencio. Al alcanzarlo no le digo nada, por supuesto, prefiero que sean mis actos los que hablen por mí.

No siempre fui infalible en mis venganzas, varias veces me he equivocado. Con el tiempo adquirí práctica hasta volverme perfecto. Debí hacerlo, la mímica no entiende de impurezas.

De pequeño vivía con mi madre, pero luego de un desfile de malvivientes dignos de un espectáculo de fenómenos, eligió al peor de todos y lo trajo a nuestro hogar.

Mi padrastro era un ebrio apostador que trataba a mi madre como a un animal circense, y yo siempre la defendía.

"Tú cállate, ¡maricón!", me gritó más de una vez; pero yo no me callaba.

Mis costumbres eran motivo de burla para él. Cada vez que me veía leyendo un libro de poesía, se reía; cada vez que me veía contemplando una flor, me insultaba. Parecía culparme por su ceguera a la belleza que nos rodea.

Hoy en día podría deshacerme con facilidad de hombres como mi padrastro; descuidados, perezosos, con un alto índice de grasa corporal; pero en ese entonces era demasiado pequeño para enfrentarlo.

Un día, luego de perder más dinero que de costumbre, volvió a casa enajenado. Intenté dialogar con él, y entonces se iniciaron los agravios. Me ordenó guardar silencio, y yo no me callé.

Mi madre saltó en mi defensa y él la empujó contra la pared, riéndose de ella como un rey de su bufón. Fue entonces cuando me paré de mi silla y le grité furioso. Craso error; debí atacarlo en silencio y sin pérdidas de tiempo.

Ese día me propició una golpiza que me hizo perder la consciencia. Al despertar me vi en los brazos de mi madre, quien lloraba sobre mi rostro creyéndome muerto. Intenté hablarle, intenté pedirle perdón por no haber podido calmar la situación, mas mis labios me lo impidieron.

Estuve una semana internado; el malnacido me había quebrado la mandíbula. Lo peor fue que mis huesos sellaron mal, y eso provocó que me mordiera la lengua a menudo a causa de la desviación de mi dentadura. Me llenaba de llagas, sobre todo en épocas de estrés, provocando que a partir de entonces no pudiera respirar con la boca cerrada sin emitir ruidos molestos. Fue un trastorno para mí, siempre fui correcto en mis modales, pero él me había convertido en un ser vulgar y despreciable.

Cuando regresé del hospital, mi madre ya lo había perdonado; aunque él seguía siendo la misma bestia.

La siguiente vez que nos atacó fue la última. Llegué una tarde y vi a mi madre sentada en el suelo, suplicando que la dejase de golpear; y entonces di respuesta a sus plegarias. Él no había notado mi presencia, pues en aquella oportunidad no cometí el error de hablarle, solo me acerqué en silencio y lo sujeté de sus grasientos cabellos mientras le cortaba la garganta con un cuchillo. Mi madre quedó bañada en la sangre de ese puerco; me gustó verla así.

Juntos cargamos el cadáver en el auto y nos alejamos de la ciudad. No teníamos ni idea de lo que haríamos con el cuerpo, ¿pero quién no ha viajado alguna vez a toda velocidad con un muerto en el baúl sabiendo que todo terminaría mal?

En la ruta nos detuvo la policía y nos ordenaron que descendiéramos del vehículo. Mi madre estaba empapada en llanto, y el rímel corrido le pintaba "culpable" en las mejillas.

- Muchacho, abre el baúl - me dijo el oficial; y ese fue el preciso instante en que se terminó mi infancia.

 

 

Continúa en...

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