UNA ESTATUA DESNUDA

Por cclecha
Enviado el 09/04/2015, clasificado en Amor / Románticos
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Salí  afuera a fumar un pitillo. Había tenido suerte en encontrar este trabajo de conserje en el círculo artístico de San Lucas. Tenía pocas obligaciones salvo el control, la limpieza y algún encargo esporádico. Eso sí, me veía obligado a llevar un guardapolvos,  o si se quiere una bata, a rayas azules y grises, que eran la señal de mi identidad.

A primera hora entran todos los artistas del cirulo católico, entre ellos Antonio Gaudí,  Enric Sagnier, Utrillo. Y, sobre todo, uno que me entusiasma, más que nada porque lo entiendo y me llega con claridad, me refiero al escultor Josep  Llimona, que acababa de llegar...

El escultor, hombre apuesto y con barba, se paró a mi lado, contempló resignado mis dedos manchados en sus extremos por una amarillenta nicotina, y sacó a su vez un paquete de cigarrillos. Extrajo uno, lo encendió y me dijo:

 - Vicente, le he de pedir un favor personal.  Sabe que, desde hace un tiempo, trabajo fuera del círculo por motivos, que a usted, dudo se le escapen. Como no creo que aparezca por aquí esta semana, le ruego que me lleve la correspondencia a esta dirección, donde estaré trabajando, espero noticias importantes sobre varios concursos que ya se han fallado.

- Oh, don José, pierda cuidado que le llevaré con gusto cualquier carta que se reciba.

El escultor subió escalera arriba, hacia la sala de trabajo, y yo me quedé complacido por los continuos reconocimientos de que era objeto por don José.  Pensaba que, en cierta medida, contaba con una amistad lejana con el escultor. Lo veía todavía más introvertido que un par de años antes, cuando murió su mujer, por eso me orgullecía que se parara a hablar conmigo, aunque fuera brevemente, y me contara, a cuenta gotas, lo que le apesadumbraba.

Los motivos por los que él trabajaba fuera del círculo de San Lucas (Sant Lluç), me figuraba que se debían a la prohibición de la escuela de permitir desnudos en los modelos; la orientación cristiana del círculo empujaban en este sentido, y mi convencimiento era que el maestro se estaba encaminando, precisamente, al lado contrario: al desnudo femenino, y también a un dolor melancólico que tenía que ver con la pérdida de su mujer, que se plasmaba en todas sus lánguidas figuras femeninas, y en ser el autor más reconocido de motivos funerarios.

Pasó la jornada y, cuando salían los artistas, me volví  a encontrar con el escultor.

- Le recuerdo lo de la correspondencia?

- No se preocupe, don José.

Vi que dudaba, y añadió:

 - Una consulta que quizás el pueblo llano, o sea, usted mismo, esté en disposición de responder? Hay un canon de belleza clásica en donde se dice que la proporción perfecta de las figuras corresponde a multiplicar por 7,5 el tamaño de la cabeza, pero a mi, no sé... me gusta más el multiplicar por 8 o 8,5... considero más elegante las figuras más estilizadas... ¿a usted le gustan más los cuerpos más esbeltos? ¿Pero qué estoy preguntando?... ¡Olvídelo!

- Oh, don José... La verdad es que yo no sé nada de eso, no le entiendo. Pero pierda cuidado que le llevaré a su taller la correspondencia que espera.

En el compartimento de las cartas, en la casilla del escultor, no pasaron ni cuatro días y ya se amontonaran varios sobres dirigidos a él. Me saqué con cuidado mi bata de conserje, me puse mi chaqueta y mi gorro de plato, encendí un pitillo y me dirigí al taller de Llimona, con las cartas.  Una vez allí, tiré varias veces de la campanilla que tenía instalada en la planta baja del taller, hasta que apareció el maestro.

- Hola don José, le traigo las cartas que esperaba.

- Pasa, pasa? ya estaba acabando. ¡Eva! -gritó- ¡Vístete que ya hemos terminado, tenemos visita!

Yo, inconscientemente, miré hacia dentro y vi como una real hembra se cubría a toda prisa sus desnudeces. No muy lejos de ella, una escultura sin parangón se tropezó con mi vista. Intenté mirar con más detenimiento, pero el maestro, viendo mi repentino interés, me dijo:

- Espera un momento, que despidamos a la modelo. Entonces podrás ver la escultura.

La chica pasó con paso seguro, y porte espectacular, por nuestro lado, y se paró junto al maestro. Le alargó las dos manos y le estrechó en un cálido abrazo. Lo miró con una sonrisa turbadora, le dio dos besos y le dijo hasta mañana.

Yo, desde luego, estaba violento. Me apercibí de inmediato de estar de más en la complicidad de dos amantes. Era fácil de deducir que entre modelo y escultor había un vínculo tan sólido como el del mármol de la estatua.

Mientras que la chica se dirigía hacia la puerta de salida, pude darme cuenta como todo su cuerpo me hablaba. Todos sus miembros, su cara y su pelo, me decían cosas; entendía como el escultor recibía todos los mensajes que transmitía aquella chica, y los plasmaba en su escultura.

Cuando la chica hubo salido, Llimona me hizo entrar para ver la estatua.

A pesar de que no tener educación, me quedé con el espíritu encogido. Aquella silueta melancólica me impactaba desde todos los ángulos. Figuraba una mujer (Eva), desnuda, sentada de lado sobre sus rodillas, con los brazos recogidos y la cara oculta bajo un pelo espectacular. Todo ello en un mármol blanco como la nieve. Me parecía increíble como de un material tan duro se podía haber conseguido un cuerpo tan sensual, y a la vez tan casto, un cuerpo tan bello y a su vez tan melancólico... aquella hondura de sentimientos que se reflejaba en la angustia de la chica... Lo que me gustaba de la obra es que no se tenía que comprender nada, ningún concepto, ninguna abstracción... la obra te hablaba y te lo decía todo.

- Maestro, es impresionante? -balbuceé.

- Mi querido amigo, después de la muerte de mi amada esposa quería rendir homenaje a la profundidad que conlleva la angustia de la muerte, del dolor... pero también quería dar tributo a la mujer viva y a su belleza, al erotismo, a la vida que ello conlleva, a los valores que un cuerpo hermoso y joven representan... en fin, todo por lo que nosotros nos movemos, y nos hacen respirar. Una combinación de las dos cosas. De la angustia de la muerte y de la pasión por la vida. No sé si lo he conseguido. Pienso llamar a esta escultura "El Desconsuelo". Pero siento un cierto remordimiento por haberme enamorado de este vendaval de vida que lleva Eva en su interior...

- Por favor, no hable de remordimientos, culpas y pecados, que me suena a clérigos y, por lo tanto, a juegos con nosotros. Creo que ha hecho usted lo mejor que podía hacer. Maestro, yo no entiendo de arte, ni comprendo muchas cosas, pero esta obra me ha impactado y me ha llegado a lo más íntimo. En esta obra veo su  amor por lo vivo, por la sensualidad de la modelo y también por su amor, y su mensaje por lo que ya no está, por su difunta mujer. Una obra completa.

      


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