domingo de elecciones

Por Pura Coincidencia
Enviado el 12/04/2015, clasificado en Varios / otros
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   No eran una generales,pero me servían para matar el gusanillo de Democracia. A alguna gente le gustan los días de boda, a otra , los cumpleaños....a mí, los días de votaciones. Aún conservaba ( pretérito imperfecto) esa mezcla de emoción y nervios que recordaba haber experimentado cuando en los últimos años de colegio, se nos comunicó que podríamos escoger un delegado. Sus funciones serían, nada más y nada menos, que sacudir el polvo de tiza de los borradores, y anotar en la pizarra los nombres de los compañeros que armasen jaleo mientras el profesor se ausentaba. Un chivato, pero legal.

Lo importante era que nos habían preguntado...y eso en aquella época, recién salidos del autoritarismo más puro  y del " no te metas cuando hablen los mayores", me caló tan hondo que no había perdonado ni unas solas elecciones desde que pude ejercer mi derecho al voto.

Así que me dio igual esperar en la cola porque había habido un problema con una urna según se comentaba, no me importaba que el dirscuros de todos los candidatos me pareciese repetitivo, vacío, insulso y hasta utópico, no me importaba que el nombre del candidato en el que iba a depositar mi confianza se me olvidase cada veinte segundos...Porque contaban conmigo.

Noté su mano en el hombre y me giré. Era Ricardo, alias, "el Richi", porque todos los que deciden caminar a a ambos lados de la ley por el barrio, sajonizaban el nombre para hacerse respetar tanto entre gente honrada como delincuentes. Nos saludamos con un movimiento seco de cabeza, hacía tiempo que se nos habían acabado las palabras. Si bien era consciente de que mis hijos probarían, al igual que yo hice en su día, todo tipo de sustancias prohibidas en algún momento, irritaba bastante que quien se las ofreciese ( y no gratis), fuese tu amigo de la infancia. Ricardo había sido un pobre niño rico que no aceptaba la cuarentena bien entrada, ni los horarios, ni las normas.Así que cuando sus padres decidieron dejar de subvencionar su desastre de vida, comenzó a hacer de sus múltiples vicios una profesión. A pesar de haberle cortado el suministro, papá y mamá nunca dejaron que su retoño se viese salpicado por la mierda que sus negocios acarreaban. Las neuronas le habían abandonado, pero la suerte siempre estaba de su lado.

Me escoció verle allí, papeleta en mano, como yo, esperando el momento de poder dar su opinión. Intenté recordar si algún partido había prometido legalizar todo tipo de estupefacientes para hacerme una idéa de a quién votaría. No era acidez lo que notaba, era cólera. Me resigné  y clavé los pies en el suelo.

Pero un murmullo indignado me hizo levantar la vista. Vi el moño cardado con ese rubio imposible de Doña Remedios salir del colegio electoral con el mismo porte orgulloso que recordaba. Doña Remedios ( no sé de dónde se había sacado el tratamiento ), se había fugado años atrás a la costa con el dinero estafado a muchas familias del barrio en su calidad de bruja, santera, medium y mil cosas más que implicase trabajar con energías varias. Por la voluntad, esa manera indirecta de pedir dinero sin que se note. Las cosas no le habían ido tan bien fuera de su barrio natal, y regresó para ocupar la vivienda de su difunta madre. A pesar de que todo el mundo había jurado recuperar su dinero a cualquier precio, la buena señora caminaba como lo hace una oruga de llamativos colores ante los desconcertados pajarillos hambrientos : segura y consciente de que conocer los secretos más íntomos de todo el barrio, era una garantía total de inmunidad.  

De repente mis ganas de participarse habían quedado enterradas. Rechiné los dientes recordando el día en que encontré una foto de mi madre enterrada en un geranio, mientras mi esposa recogía avergonzada los restos de la maceta que yo había roto sin querer. Si bien me importaba poco lo que esa Morgana de pacotilla pudiera hacerle a mi familia, temí por la vida de esa pobre planta que sólo nos ofrecía hermosas flores rojas todo el año...

Miré el reloj. Casi era mi turno. Mi voto valía lo mismo que el de ese par de individuos que había tenido la mala suerte de cruzarme en mi espera. Suspiré y no vacilé...si me daba prisa, llegaría para ver el comienzo del partido.


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