Un día de esos...

Por Cintia Pons
Enviado el 15/04/2015, clasificado en Intriga / suspense
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   Fue un día de esos en que salía como siempre y caminaba las cinco cuadras que lo separaban del trabajo, a veces silbando y observando los árboles que cambiaban su apariencia según la estación, otras veces meditando sin nada en qué pensar; por la vereda del sol si hacía frío, por la vereda de la sombra si hacía calor. Siempre las mismas cuadras: nunca un atajo, nunca una vuelta de más. Llegó, dejó el saco, fue por un café -el de la máquina del tercer piso, como cada mañana-, asió las cuerdas y levantó la cortina. La oficina se inundó de una luz más intensa que lo común, cosa extraña: el día estaba nublado y José lo había notado al salir. Por la vereda, los transeúntes caminaban alocados. Entre ellos, una figura brillosa se destacó ante los ojos de José. Observaba desde su posición estática molestando el paso de trabajadores y estudiantes que por allí pasaban. Fregándose los ojos y parpadeando José miró con mayor detalle: se trataba de un niño. Vestía un saco de levita sobrecargado con lentejuelas doradas, un pantalón plateado muy ancho y brilloso que le llegaba hasta las rodillas, zapatos en punta de un rojo furioso. El hombre lo examinó desde los hombros hasta la punta de los pies, y luego desde los pies hasta los hombros... Una corazonada le advirtió que al llegar al rostro algo distinto sucedería en el mundo. Se detuvo en los hombros para decidir con absoluta conciencia si voltearse y retomar el papeleo, o tomarse unos segundos y mirar... Decidió no ir más arriba de los hombros, y, con una media sonrisa, se dispuso a cerrar la cortina otra vez para evitar el resplandor excesivo que provenía de tan excéntrico muchacho. De no ser que algo lo disuadió sin que prácticamente pudiera advertirlo, ni mucho menos evitarlo: el niño limpió sus anteojos de aumento con su remera a la altura de los hombros en donde estaba detenida la mirada de José. Lo vio colocarse los lentes sobre sus ojos grandes y verdes, correrse el flequillo largo con sus manitos blancas y muy tiernas, para poder intensificar la contemplación que depositaba sobre el ser que desde una ventana de un segundo piso lo estaba escudriñando. Eran tan sólo los ojos inocentes de un niño, como del niño que José había sido, pero que no recordaba más. Un niño común y corriente, vestido de un modo ridículo, pero del único modo capaz de captar la atención del hombre casi convertido en ente, en cubo, en número a la décima potencia. Algo lo sacó por obligación de su detenimiento:
   -Disculpe, José, aquí están los informes que me pidió ayer...
   -Los dejás por favor sobre el escritorio. Yo tengo que salir por unos minutos.
   La secretaria lo miró con extrañeza, ya que José nunca salía de su oficina durante las horas de trabajo, ni siquiera para almorzar. Agregó él:
   -Hay un niño perdido entre la gente... Lo vi desde la ventana y...-. Se dio cuenta de que el caso no revestía importancia para la secretaria, y simplemente tomó el saco y salió.
   Al llegar abajo vio que el niño aún estaba. Pero los separaba la calle y aún no daba la señal para cruzar. Cuando fue el momento, cruzó apuradamente... El pequeño ya no estaba. Lo buscó, con amargura y miedo, por todos lados. Entonces lo vio. Su espaldita brillosa se alejaba corriendo por la acera de la izquierda. José pensó en que salvaría los cincuenta metros de diferencia sin demasiado esfuerzo y que lo alcanzaría...
   Volvió a la oficina media hora después. Al sentarse al escritorio tenía una montaña de carpetas. La secretaria se acercó entonces y le preguntó:
   -¿Encontró al niño, José?
   -No- respondió él-. Ya no estaba.
   La mujer quedó aguardando una explicación que justificara la media hora que su jefe había estado fuera de la oficina, pero al recibir por respuesta sólo silencio calmo, prefirió no insistir.
   -Dejé el resto de los informes para que...
   -Ya no trabajo más aquí. Fui al correo y envié el telegrama de renuncia.
   -¿Cómo? Nadie esperaba eso, José...
   -¡Ni yo!-. Miró fíjamente a la mujer -que, por otra parte, siempre le había gustado sin nunca atreverse a ningún tipo de insinuación-, y ella quedó como hipnotizada frente a esa mirada de él tan cálida y con destellos tan especiales e inesperados. El, sin quitarle de encima sus grandes y hermosos ojazos verdes, limpió sus anteojos con la camisa - anteojos que ella nunca antes le había visto usar-, y luego se los colocó para seguir mirándola y preguntar:
   -¿Quisieras cenar conmigo esta noche y escuchar cuáles son mis proyectos?...
   Como paralizada de alegría y admiración ante el joven hombre de cabello lacio que tenía frente a sí, sin dejar un minuto de mirarlo le contestó que sí, que por supuesto, que lo esperaría lista en su casa a las nueve en punto.

 


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