LA PIEDRA DE LA VIDA (1 de 2)

Por Federico Rivolta
Enviado el 21/04/2015, clasificado en Fantasía
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El gran mago Crátilo llegó a tierras que pocos hombres se han atrevido a visitar. Atravesó valles con escasos alimentos y bebiendo unos pocos sorbos de agua al día. Una vida de lectura no preparó su físico para aquella travesía, pero aun así escaló colinas empinadas utilizando tan solo sus manos desnudas. Aquel objeto lo movilizó como nada lo había hecho jamás, y no existía obstáculo capaz de detenerlo. A pesar de su vejez, Crátilo o "el gran mago de los vientos", como le gustaba ser llamado, continuaba aferrándose a la búsqueda con botas gastadas y trepando con sus uñas lastimadas por la roca. Estaba eufórico, anestesiado por la adrenalina. Lobos y buitres quisieron devorarlo sin éxito, pues no existía animal salvaje que pudiera hacer frente a sus hechizos. Sin embargo, él no podía controlar el clima, y su túnica de lana gris era demasiado abrigada para el calor del día y no abrigaba lo suficiente para el frío de la noche. Las llagas en la piel le dolían a todas horas, y un fuerte broncoespamo casi acaba con él. Soportó todo tipo de inconvenientes en su odisea sin que éstos quebrantaran su voluntad ni sus ansias por llegar al sitio que buscó durante treinta años.

Todo habría sido más fácil de no haberse enemistado con Edmunda o "la bruja suprema del bosque", como le gustaba ser llamada. Hubo una época en la que ella y Crátilo trabajaron juntos hombro con hombro, sombrero con sombrero, báculo con báculo. Diseñaron pócimas e intercambiaron ingredientes, pero ambos sabían que el día que encontrasen la piedra de la vida su poder no sería suficiente más que para uno de los dos. Cuanto más cerca se sentían de hallar su rastro, la codicia los hacía imaginar nuevos modos de deshacerse uno del otro. La codicia de los magos no es la misma con la que lidia el común de los mortales, sus anhelos de poder son decenas de veces más altos. Sus mentes cargadas de conocimiento hasta rayar los límites de la locura y el saberse superiores a la mayoría de los humanos en muchos aspectos, los vuelven soberbios e imposibles de doblegar.

En una oportunidad ambos dieron con unas pistas que se escondieron mutuamente, cuando aquello salió a la luz, discutieron hasta el punto de jurarse la muerte en el caso de que sus sendas se volvieran a cruzar.

Durante tres décadas el hechicero continuó buscando la piedra, perdido entre leyendas orales, libros arcanos e indicios espurios. Pero nada de eso le hizo perder la ilusión, hasta que llegó el día en que dio por fin con un rastro fidedigno. En una antigua y olvidada biblioteca, Crátilo había hallado un libro sin nombre. El tomo era de antigüedad insondable, y estaba forrado en cuero de algún animal maldito y extinguido. En una de las páginas que no habían sido destruidas por la humedad, había un mapa con símbolos que solo una docena de personas vivas reconocería. El mapa era imposible de entender sin leer todo el libro, por lo que el mago debió traducirlo de la primera a la última de las páginas que aún conservaba, pasando noches enteras sin dormir y aislado del resto del mundo.

Antes de obsesionarse con la piedra de la vida Crátilo era otro hombre. Solía abandonar su cabaña para ir al pueblo varias veces a la semana, donde tenía tratos amables con muchos lugareños. Allí intercambiaba sus pócimas por los mejores alimentos, ya que todos en la comarca le tenían un gran aprecio y pagaban muy bien por sus productos. Sorprendió a todos las últimas veces que fue visto; Crátilo había cambiado luego de haber iniciado la búsqueda por aquel objeto mágico que le prometía una existencia eterna. En poco tiempo el hechicero se había convertido en un eremita malhumorado y doliente. Tres décadas antes habría recorrido el camino en busca de la piedra de la vida en mucho menos tiempo, pero los años mal vividos lo volvieron un anciano decrépito que se jugaría la vida en esa aventura.

Sus ojeras habían oscurecido, creciendo hasta el punto de fusionarse con los largos pelos de su barba. Una semana a la intemperie, vagando entre polvo y roca, le había resecado por completo los labios. Sin embargo, cada instante de sufrimiento fue recompensado cuando llegó a la cima y una cueva familiar apareció frente a él. Se trataba de una cueva parecida a cualquier otra, pero él la identificó de inmediato como única en el mundo. Había pasado las horas suficientes contemplando aquel antiguo grabado a la luz de las velas como para aprender cada detalle. Por fuera no parecía única, pero en su interior tenía una luminosa cascada que formaba un pequeño lago de aguas cristalinas.

Entre sibilancias y catarros, Crátilo se ayudó con su báculo usándolo como bastón para continuar caminando. Aquel cayado no parecía ser más que una rama retorcida, pero albergaba un gran poder, no en manos de cualquiera, por supuesto, solo cuando era portada por un hechicero como él se convertía en un arma mortífera. No pensaba detenerse a descansar, si bien tenía una edad avanzada, incluso para un mago, su inquebrantable actitud superaba incluso los daños del tiempo.

De repente un lazo de fuego lo sujetó del tobillo. Al caer se lastimó el rostro casi al punto de perder el conocimiento. Sangre caía de su labio reseco manchando su barba blanca, pero los años lo habían preparado para soportar grandes niveles de dolor.

Tomó su sombrero antes de darse la vuelta; no estaba ansioso por mirar a su atacante, pues sabía bien quien tenía detrás.

El atacante era nada menos que su némesis, quien también había hallado el legendario lugar. Aquella anciana vestida con ropajes negros encimados era nada menos que Edmunda, la bruja suprema del bosque. Su rostro estaba cubierto por cabellos anaranjados y opacos, entre los cuales podía verse una piel demacrada y unos ojos cargados de odio.

- ¿A dónde crees que vas, anciano miserable? - dijo la bruja.

- ¿Acaso me has estado siguiendo, esperpento? Si no fuese por mí jamás habrías hallado el sitio, ¿verdad?

- ¡Ingrato! Yo fui la que te informó de la piedra de la vida, vengo buscándola desde antes de que tú supieras de su existencia.

Crátilo la apuntó con su báculo y unas chispas comenzaron a salir de él. De pronto, una descarga eléctrica emergió del arma, golpeando a la bruja y haciéndola volar varios metros hacia atrás.

 

 

Continúa en la segunda y última parte:

http://www.cortorelatos.com/relato/18080/la-piedra-de-la-vida-2-de-2/ 

 


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