La inundación (parte 3 de 3)

Por nsk
Enviado el 22/04/2015, clasificado en Amor / Románticos
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- Anoche, tras la cena, su amigo Alfred me dijo que usted no estaba cómodo conmigo en la casa y me pidió mantenerme lejos durante mi estancia para no perturbarle. También mencionó que yo malinterpretaba lo que usted me decía, que no estaba intentando ser amable y simpático. Me di cuenta de que probablemente por mi depresión vi en usted la paz que buscaba y abusé deliberadamente de su hospitalidad - balbuceó sonándose con una de las servilletas de tela de la cena provocándome una pequeña arcada.


- No pudo ver nada en mí porque, Elvira, siento recordarle que es usted ciega - aclaré.


      El escándalo de sus lloros tras esta frase fue insólito. Era imposible calmarla. 


- ¡Ay! ¡Qué vida tan perra! - gritaba - mi prometido me engañó y he acabado con un sádico sin alma que no me deja salir de su casa. ¿Por qué a mí? -


     ¿Por qué a ti? ¿Acaso es tu casa? Pensé. Estaba claro que, ante aquel panorama, bajo ningún concepto debía mencionar ese pensamiento.


- No quise decir eso, Elvira. Perdóneme. No detesto todo en usted. Es más, su voz me agrada mucho, su rostro me parece bellísimo y, a pesar de su ceguera, sus ojos son preciosos. Usted a veces es como una jarra de agua fresca y me cuesta soportarlo. Nos conocemos poco pero tiendo a ser irritante y no soy muy sociable. Habrá podido comprobar que no me gustan las visitas pero eso no significa que no sea usted una gran mujer. Si ese prometido suyo no ha sabido apreciarla es porque está completamente loco o, lo más seguro, porque es idiota. Yo la observé varios minutos tras mi ventana antes de que Alfred saliera a buscarla y he de confesar que iluminaba, a pesar de su aspecto, toda la calle bajo la lluvia -  intenté calmarla dándole unas palmaditas en la espalda.


- Gracias Tom, es usted una persona muy buena - dijo abrazándome.


    No me la podía quitar de encima. Menuda encerrona. La toqué el cabello y pensé en la gran cantidad de piojos que allí podría albergar. Tenía que disuadirla con tacto para evitar otro berrinche.


- ¡Qué grata sorpresa! Ha dejado de llover, Elvira. Salgamos al patio a tomar el aire fresco antes de volver a dormir - mencioné con un tono hipócrita y alegre abriendo la puerta haciendo grandes esfuerzos para que me soltara.


- ¿Qué hay en su patio que guarda bajo llave, Tom? - preguntó indiscreta.


- ¿No se ha preguntado nunca, Elvira, que tal vez su prometido no soporta esa indiscreción con la que aborda siempre todo? Bien, me he sobrepasado de nuevo. Discúlpeme. Se lo diré pero debe guardarme el secreto - la acerqué hasta el muro del pozo y la ayudé a sentarse en el borde.


- Sí, se lo guardaré -


- Esta sentada, mi querida Elvira, en el borde de un pozo -


- No me extraña que lo guarde con tanto recelo. El secreto está a salvo conmigo, es un honor saberlo, pero a cambio quiero pedir un deseo, ¿tiene una moneda? - sonrío.


    Le di la moneda y la dejo caer murmurando - deseo que regrese a por mí -.


     Y nos quedamos en silencio durante unos minutos antes de volver a dormir. La acompañé al desván y al fin pude descansar tranquilo.


- Señor, levántese. Traigo muy buenas noticias - gritaba Alfred interrumpiendo mi corto pero apacible descanso.

      Mi mayordomo, aterrado por la idea del despido, había pasado la madrugada buscando a alguien que supiera algo de Elvira. Al amanecer encontró a varios hombres que la estaban buscando. Entre ellos, el prometido asegurando que lo ocurrido no fue como Elvira lo había contado y que, debido a su ceguera, todo había sido un malentendido. ¡Pues me salió caro a mí su malentendido!


       Sobresaltado por haberme despertado así, le pedí que fuera más conciso acerca de lo que iba a pasar y no de lo que había pasado que era completamente irrelevante.


- Sí, señor. En un par de horas vendrán a recoger a la señorita. Debemos despertarla - concretó Alfred.


    Estiré los brazos. Por fin había terminado mi pesadilla y podría ser libre de no dejar jamás entrar a nadie más en mi hogar. A pesar del cansancio por las pocas horas de sueño, era feliz. Me levanté de un salto y yo mismo fui a despertar a Elvira.


- Elvira, despierte. Tengo una gran noticia para usted. No se lo va a creer - dije dando golpecitos a su puerta.


      Ella abrió la puerta y le conté lo mismo que me había dicho Alfred. Bueno, más o menos porque para ser sincero no me importó en absoluto lo que había ocurrido y no presté mucha atención cuando me lo contó minutos antes. Resumiendo se trataba de que él la amaba y la sacaría de mi hogar de una vez por todas.  

- Su pozo es mágico, mi querido Tom. Él vendrá - dijo feliz intentando palparme para abrazarme.

       No lo consiguió. De alguna forma supe que ella lo haría así que me mantuve a una distancia prudente y mencioné con un entusiasmo exagerado - rápido Elvira, arréglese. No hay tiempo que perder - quitándome así el apuro de contraer alguna enfermedad.

     Ella, completamente emocionada, me pidió que aguardara tras la puerta mientras se arreglaba para ayudarla a bajar.


     Desayunamos y no tuve objeción en que ocupara mi trono. Total, en unas horas sería todo mío. Tampoco me importó la voracidad de Elvira no sólo con su desayuno sino también con el mío.


       Nos acomodamos en la sala de estar esperando ambos impacientes y emocionados. 


- ¿Está mi vestido muy roto? - me decía nerviosa.


    El entusiasmo era tal que mis respuestas eran sorprendentemente agradables, me sentía lleno y vivo - aunque fuera un saco de esparto, usted siempre está bella Elvira -.


    Tocaron el timbre. Nunca había sentido tanta emoción al escuchar ese estridente sonido, pero era maravilloso. La ayudé sin dudar a levantarse y nos dirigimos al vestíbulo. Alfred abrió la puerta. 


- ¡Elvira, mi amor! ¿Estás bien? - preguntó el prometido entrando sin permiso.


- ¡Oh! ¡William! Amor mío, no debí dudar de ti. Tom y su mayordomo me acogieron y me cuidaron. Tom me salvó de la inundación ayer -. Se fundieron en un beso y aproveché para empujarles de nuevo hacia la salida.


- Muchas gracias Tom. Nunca le olvidaré como tampoco mi deseo concedido - fue lo último que escuché decir a Elvira mientras cerraba la puerta.


       Respiré aliviado y feliz. Extendí los brazos y me dejé embriagar por la sobriedad de mi hogar y su calma. Me di cuenta de que mi recompensa era mi amada novela y me esperaba, celosa seguramente, desde el día anterior en el despacho.


- Adiós señor - me sorprendió Alfred con las maletas acercándose a la puerta.

- Pero, ¿ahora qué pasa? -


- Estoy despedido, ¿acaso lo olvidó? -


- Querido Alfred, en este momento estoy tan feliz que olvidaré lo sucedido. Tan solo le quitaré un mes de paga. Prepare inmediatamente un té y llévemelo a mi despacho, no se demore - contesté.


- ¡Oh! Gracias señor. Es usted tan gentil y tan buen... -


- ¡Basta o le despido de verdad!- finalicé dirigiéndome a mi despacho.


     Desde entonces, siempre que releo esta novela, no puedo evitar mirar a la ventana. Deseo con todas mis fuerzas que llueva a raudales y que, con suerte, ella aparezca de nuevo frente a mi casa.


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