La Tumba del Rey Rojo

Por VIC TURILIO
Enviado el 27/04/2015, clasificado en Terror
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                                                  La tumba del Rey  rojo

                                                               (parte 1)

 

La gruta se encontraba enclavada en el pico más achaparrado de" La cabeza de zorro" en las montañas Vrsac, dominando una pequeña y aislada aldea.

El crepúsculo estaba al caer, la zona estaba inexplicablemente silenciosa, no había trinos de aves regresando a sus nidos a pasar la noche, ni el ruido de insectos zumbando, ni de otros animales nocturnos, puesto que la noche les había sido arrebatada a todos ellos. No había vegetación  fuera de unas cuantas hierbas raquíticas y un musgo cargado de hongos pestilentes, del tipo que iluminan con su fosforescencia, las zonas más oscuras de ciertos abismos.

Pero en el cielo ya se perfilaba una magnifica luna, era octubre, luna del cazador, -muy adecuado- pensó sonriendo.

El extranjero dio una última mirada desde su posición y tomo una última bocanada de aire fresco antes de comenzar el descenso con expresión decidida.

Una vez dentro, dejó que sus ojos pasaran al espectro infrarrojo por si solos y luego, cuando se adentró lo suficiente para para que su olfato captara lo que allí había, los cambió conscientemente al máximo ultravioleta, donde captaría cualquier resplandor por pequeño que fuese y lo refractaría cientos de veces, para ver así toda la gama de colores aún en una oscuridad casi absoluta.

La escena era dantesca, cuerpos esparcidos por todo el suelo, algunos ya ni siquiera trataban de de caminar a cuatro patas, simplemente reptaban hacia su próxima comida, o su próximo coito, o de lo contrario solamente quedaban allí, inmóviles, jadeantes.

Allá, una pareja de seres pálidos y obscenamente obesos,  casi idénticos como gemelos, trataban de emparejarse en una parodia de cópula desesperada e imposibilitada por las extremas dimensiones de sus carnes. Del otro lado, una arpía raquítica y desgreñada, estereotipo de todas las brujas terribles de cuentos para asustar a los niños, devoraba los restos de lo que parecía un bebé de meses.

Horrendos remedos de humanos achaparrados, se golpeaban entre ellos en un frenesí de violencia, que solo atraía más participantes, cuanto más sangriento se hacía.

Y al centro de todo esto, en una posición elevada dominando este pandemónium, estaba aquél que había venido a buscar. De enormes proporciones y bastos miembros, pálido, fofo, calvo salvo por unos cuantos mechones rubios alrededor de las sienes, desnudo salvo por una raída capa púrpura con ribetes de sarnoso armiño, el porte orgulloso de un monarca que mira la adoración que le brindan sus súbditos, y la mirada demente y perdida de un enajenado sin remedio en sus ojos color sangre.

 Por fin, El Rey rojo.

-Así que, ¿eso es un generación tres?- pensó...

Le sorprendió poder llegar tan lejos, casi 5 metros después del umbral, antes de ser percibido por el monstruo.

Dilatando las fosas nasales, inhalo profundamente al tiempo que giraba la cabeza en dirección al intruso. Exhalo el aire retenido lentamente y saco la lengua como una serpiente que prueba la esencia de su presa antes de saltarle encima. Ahhh, ¿Qué es esto nuevo? Eres un hombrecito, hueles a hombrecito, pero también a algo más.

¿Has venido a alimentarnos hombrecito? Tenemos hambre, gente del pueblo casi no vida, no nos gustan, solo doncellas para Rey rojo, bebés para súbditos, je, je, je?

Ah, eso era, alguna enfermedad generacional del pueblo entero, inclusive les afectó a ellos, pero aun así, son una plaga - pensó - No, rey Rojo, no he venido a alimentarte,-dijo- he venido a liberar esta tierra de la podredumbre que representa tu abominable presencia y la de los tuyos. - dijo, al tiempo que descendía lentamente hasta situarse a escasos metros del centro de la gruta que dominaba el enorme trono de piedra y porquería. Explotó entonces el gigante en una escandalosa carcajada y miró al extraño con una intensidad diferente en los ojos rojos.

Así pues, no esta tan demente como quiere aparentar- reflexionó el recién llegado.

¿Así que eres un pequeño predicador hombrecito?-dijo el pálido engendro mirando su atuendo y botas  negros, así como el crucifijo de oro que colgaba de su cuello-  ya me había llegado el hedor de la santidad-dijo, haciendo una parodia de asco remilgado- cada tanto llega uno como tu ¿sabes? Y siempre lo mismo, que soy una abominación, que solo Dios debe ser inmortal, que todavía hay esperanzas para el alma de los renegados... Etcétera.

Mientras decía esto, el espantoso monarca hacía ondear el púrpura de un lado a otro, como si declamara en una actuación, que en cierto modo era lo que estaba haciendo.

Pues déjame aclararte algo pequeño sacerdote, vas a morir hoy, y vas a resucitar mañana, no al tercer día.

Yo soy el camino a la vida eterna, soy inmortal, ¿para que necesitaría a tu débil y patético diosecillo judío?

¡Soy el ser más poderoso del mundo! ¿Para que querría yo tu redención?

Redimirte, ¿yo?-pregunto el extraño- nunca dije que fuera sacerdote, de hecho,  soy indiferente a todas la religiones, desprecio a todos los fanáticos y los fieles de algo que no existe, y odio profundamente a los clérigos y sacerdotes que se aprovechan del miedo y la ignorancia de los demás.

No vengo a sermonearte monstruo,-aclaró sonriendo- solo vengo a despedazarte...

La expresión de su antagonista pasó de la duda al entendimiento, y del entendimiento a la ira en menos de 5 segundos, nadie lo había cuestionado en décadas, nadie nunca lo había retado. Sus ojos echaban fulgores rojizos,  y los labios se retrajeron como los belfos de un perro, mostrando una hilera de aguzados dientes, rematados por dos enormes colmillos.

¡Estúpido! Eres un idiota que no escucha, no tienes idea de quién soy, yo soy un dios, ¡¡¡nadie puede matarme!!! ¡Tráiganlo ante mí!- ordenó por fin a su horrible cohorte.

Lentamente, los engendros más cercanos al hombre comenzaron a incorporarse, demostrando una vitalidad hasta entonces insospechada en ellos. Por la mente del  extranjero, solo pasó un fugaz pensamiento:

Por fin comienza...


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