Pasiones de andar por casa (II)

Por Allan
Enviado el 15/05/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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De un tiempo a esta parte María pensaba que su nombre no era casual. Un alto número de relatos eróticos de los que leía contenían como protagonista femenina a una tal María. Siempre había odiado los gemidos de sus padres mientras hacían el amor, hasta el mismo día en que se levantó a observarlos. Fue entonces cuando se aficionó a la literatura erótica, aunque a decir verdad ella encontraba esos relatos un tanto artificiales y vacíos. No le ponía nada los roles típicos, el sado o los rollos interraciales. Ella prefería el sexo cotidiano el de un matrimonio que folla una vez a la semana y en el que encima la fémina queda insatisfecha. "Pobre mamá" pensaba a menudo María cuando oía la ducha tras el acto marital semanal. Aunque no la veía podía intuir su consuelo bajo el agua. Estaba convencida de que si no le profesara tanto amor a su marido ya le habría dejado para irse con un verdadero semental que supiese sacarle partido a su espectacular cuerpo. En el fondo la entendía. Sus vidas parecían paralelas. Enamorada desde los trece de Santi, el mejor amigo de su hermano, hacía dos que había conseguido conquistarle y aunque mantenían una dulce relación amorosa, en lo sexual dejaba mucho que desear. María quería hacerlo en una cama de matrimonio con la luz apagada como cualquier pareja de bien y no en un cochambroso coche donde ni tan siquiera cabían. Luego estaba el hecho de que Santi todo lo que tenía de guapo lo tenía de torpe y aunque tenía un pene estándar el uso que le daba era muy deficiente. Buscó aventuras paralelas para no ser una frustrada sexual como su madre pero tan solo halló patéticos críos ebrios que se corrían en nada o gilipollas que parecían vivir en una eterna peli porno. Así que decidió no ser más infiel y esperar que algo cambiase. Mientras tanto su mano le proporcionaría los más intensos orgasmos.

*

Ocurrió que cierto día Fátima se disponía a salir a una cita con un cliente lo que propiciaba que la casa quedase a merced de María. Con su padre trabajando, su madre fuera y su hermano en la universidad por fin se presentaba la ocasión perfecta para echar ese ansiado polvo en la cama de sus padres. Una vez su madre hubo salido llamó a Santi y este confirmó su presencia. De inmediato se fue al baño y se lavó el coño y los dientes. Le gustaba mostrar limpios los lugares donde pronto entraría el rabo de Santi. Pero al salir del baño algo oyó María que llamó su atención. - Está bien, en quince minutos te espero en el cuarto de las herramientas. Era la voz de Leo, el nuevo jardinero. Llevaba tan solo tres días en la casa pero bastaba para saber que era el mejor que los Ferreira podrían encontrar. Además, a María, a Fátima y a Marta les parecía guapo. Sonó el timbre de la puerta. Debía de ser Santi. Eva, la criada, abrió y lo hizo pasar. María advirtió la excitación de su novio que se traducía en una fuerte erección visible incluso bajo el pantalón vaquero. Le cogió de la mano y lo condujo hacia la habitación. Allí le dijo que se pusiera cómodo y la esperara. Después salió con precaución por la puerta de atrás de la casa y se dirigió a la caseta de las herramientas. Miró por un lado cristal roto y vio allí de pie a Leo. Tenía los brazos cruzados y la mirada perdida. De repente se abrió la puerta y apareció la mujer con la que había quedado. Se trataba de Eva, la empleada del hogar. Lo que hablaban no era audible para María pero por sus maneras estaba claro que Eva se lo quería comer con ropa y todo. Tras un intercambio de palabras Eva paso a la acción y besó a Leo, pero estaba claro que el tiempo apremiaba y tenía que ir directa al grano. Así bajó la cremallera del mono de trabajo al tiempo que descendía besando el pecho de Leo. Llegando a la cintura Eva se arrodilló y tras enviar una pícara mirada a su compañero le bajo su ropa interior dejando al descubierto una polla de unas dimensiones desconocidas para María y para la propia Eva que la miraba asustada hasta que por fin se decidió a tocarla. Su tacto le causó ya excitación, e incluso María observando desde fuera con todo el cuidado empezó a mojar. Eva inicio un suave movimiento con el que fue comprobando cómo crecía aquello. Leo, mientras tanto, la observaba en silencio. Cuando la boca se le hizo agua ella se atrevió a introducir aquella cosa entre sus brazos. María alucinó viendo la suavidad y la elegancia con la que Eva se la chupaba a su compañero. De cuando en cuando miraba a Leo que apretaba los dientes mientras comenzaba un jadeo cada vez más sonoro. Cuando se cansó de chuparla la pajeó un rato, instante que aprovechó para levantarse la falda y empezar a tocarse el clítoris a través de las bragas. Éstas ya estaban empapadas por completo, aunque no eran las únicas. Las de María hace ya tiempo que eran un auténtico lago, aunque cuando realmente creyó derretirse fue al ver a Eva aumentar el ritmo de la paja a la vez que pasaba su lengua por el glande de Leo. Él comenzó a gemir con fuerza a la vez que se agarraba con ahínco a la mesa. Los gritos de Eva a medida que se acercaba al orgasmo le ponían más cachondo. Eran conscientes de que la corrida andaba cerca y por eso ella abrió su boca y sacó la lengua. Esperaba que Leo depositara su semen ahí. María, que no había podido evitar tocarse también estaba muy cerca del clímax. Y entonces ocurrió. - María!- gritó Santi desde la puerta de la casa El grito no sólo asustó a María. También Leo, que estaba corriéndose en ese instante se sobresaltó. Eso sí, la cara de Eva quedó bien impregnada de su leches. - ¿Se puede saber qué haces?- preguntó Santi mientras María se acercaba a él - Escuché ruidos en la caseta y pensé había vuelto a entrar algún gato Santi era demasiado bobo y se lo creía todo. Además María era muy buena mintiendo. El calentón de la chica era demasiado grande. Sentía que con dos metidas se vendría al instante. Pero estaba claro que no era su día. Justo cuando se disponía a subir las escaleras con destino a la habitación llegó su madre. Al parecer la cita con el cliente había sido breve, algo que María maldecía profundamente. Al final, tuvo que apagar su fuego en la ducha y con su mano. Cada vez se parecía más a su madre.


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