DESABASTECIMIENTO EN EL HIPERMERCADO

Por cclecha
Enviado el 22/05/2015, clasificado en Humor
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Acabo de oír en la radio que hay, desde hace dos días, huelga en la central de Mercabarna y hay peligro de desabastecimiento en los supers de alimentación.

Yo ya tengo una edad, así que ya sé cómo es la especie humana y, además, tengo muy presente la lección de las peleas por alimentos que escuché a mis padres sobre la Guerra Civil.  Me preparo para ir inmediatamente hacia mi hipermercado, con el coche, para acaparar los máximos alimentos posibles, procurando pasar inadvertido.

Siempre voy al supermercado después de comer, porqué sé que, con el estómago lleno, compro la mitad de los productos que adquiriría en otras circunstancias. Hay que ahorrar... pero en esta tesitura haré una excepción y me presentaré a la brava.

Cuando llego a la gran superficie advierto un movimiento inusual. "Mierda, creo que muchos han pensado como yo... los carritos van que vuelan hacia el hipermercado".

Rápidamente me planto en el interior del edificio; se ve un enjambre de personas y corredizas  por doquier.  "No puedo perder el tiempo... sobre todo, hay que acaparar garrafas de agua".

Con paso presto,  y tras ver como varios estantes de comida empezaban a estar pelados de productos, llego a las repisas del agua... completamente vacías, salvo una garrafa de 5 litros que una viejecita está a punto de coger... yo, inmediatamente, al trote, voy para allí y, de un tirón fuerte y certero, le arrebato la garrafa. Aquí no hay sentimentalismos que valgan, tengo muy claro que  esto es la ley de la selva y que, en este caso, el más fuerte soy yo... sin embargo, una mano fuerte, grande y peluda, se posa por detrás, en mi brazo que lleva la garrafa y me dice desagradablemente:

- Lo siento, pero ella llegó primero al agua. Usted ha abusado innoblemente de su condición -el que decía esto era sin duda su hijo. Un hombre joven, alto y fuerte como un armario.

- Bueno... -farfullé y, por decir algo, solté- la verdad es que no me di cuenta... - y alargué la garrafa al energúmeno.

Viendo como la pareja se alejaba ofendida, enseguida pensé que, tal como decía el filósofo, "el hombre es un lobo para el otro hombre". Estaba muy claro que en situaciones excepcionales, y desde luego el desabastecimiento lo era, las leyes, el orden y la democracia, todo saltaba por los aires, y la protección del débil, desde luego, también; la ley de la fuerza es la que mandaba, y cuando mi fuerza no pudiera llegar a los fines que perseguía, tenía que llegar mi astucia..

Sea como fuere, fui acaparando cartones de leche y de jugos de frutas (sustitutivos del agua), paquetes de pasta, sopas... la carnicería y pescadería estaban a tope, los números del "su turno" echaban humo, imposible acceder y ni siquiera acercarse a ellos.

Cómo vi que la sección de yogurts estaba relativamente bien, paré mi carrito y me lancé a por ellos... entonces, un momento de reflexión pasó por mi cabeza y mi vista se detuvo en las fechas de caducidad de los mismos... ¡Caducaban al día siguiente! ¡Por eso había tanta abundancia de yogurts! Sin embargo, a falta de otra cosa, me llené el carro de yogurts caducados...

Aceleré el paso y me detuve en una sección de "delicatesen": bombones suizos y galletas de importación que se ofrecían en la sección de márquetin del híper, en unas estanterías muy bien colocadas, con la pretensión de que eran una oferta imprescindible... aunque en realidad eran carísimas... sea como fuere, arremetí contra las latas de galletas y bombones y acabé de llenar el carrito. Creo que me había llegado el pánico, fundado, de irme sin provisiones...

Con el carrito lleno, me planté en la cola más corta de los cajeros operativos. Tuve la mala fortuna de encontrarme, delante de mí, a la anciana y su hijo esperando también en la cola, con el carrito repleto y la garrafa de agua encima de todo.

El cajero, viendo la cola descomunal que empezaba a acumular, y adoptando estrategias paliativas para desactivar el malestar de la gente por la espera, empezó a contar un chiste muy grosero para entretener al personal. Me llegaban frases sueltas del chiste...

"Un hombre terriblemente cansado, pero muy caliente, llega a su casa y le dice a su mujer:

- Me gustaría mucho hacerte el amor, pero no tengo fuerzas. Lo que sí te agradecería y mucho es que me hicieras una mamada y te bebieras el semen.

 La mujer le contesta:

- Oh, cariño, yo también estoy rendida. Es mejor que te masturbes y pongas el semen en un vaso y yo mañana, descansada, me lo bebo."

Las risas, fueron generales y el jolgorio abundante... no sé qué pasa, pero cuando hay cuestiones de sexo, la parroquia se descontrola. Entonces me  pasó algo inusual, aprovechando el follón general, mi vista se posó en la garrafa de agua de la anciana, perdí el control y, ni corto ni perezoso, con un movimiento rapidísimo, la introduje en mi carrito.

Afortunadamente, la voz femenina de una cajera, vino en mi ayuda de la siguiente forma:

- Hagan el favor de hacer dos colas y de ir pasando a esta caja.

Inmediatamente, con un movimiento felino, me puse en primera línea de la nueva caja y empecé a pagar todo lo que llevaba. Rápidamente salí con mi carrito y con las bolsas de plástico cargadas de productos. Partí hacia el coche, deposité las bolsas en el maletero y, al ir a devolver el carrito, una señora descalza, con falda larga, pañuelo en la cabeza y creo que de algún país del este,  se empeñó en que le diera el carrito. Yo le expliqué que si no devolvía el carrito no podría recuperar el euro que había introducido en él... ella no atendía a mis requerimientos y no aflojaba... quería el carrito. Entonces, en medio de la discusión, vi como la anciana y su hijo, miraban desde la lontananza con aire de pocos amigos. Rápidamente salí por piernas hacia mi coche, dejándole el carrito a aquella desaprensiva.

Una vez en  el coche, un sentimiento agridulce me asaltó. Por un lado, me encolerizaba no haber recuperado el euro del carrito. Es más, si no hubiera aparecido la pareja de madre e hijo, seguramente, negociando, le hubiera podido sacar un euro extra por el carrito a la extranjera. Pero, por otro lado, comprendí que mi conciencia debería de estar muy tranquila con respecto a la garrafa de agua. Me explico; cuando cogí el agua, ellos todavía no la habían pagado... o sea, que era todavía del súper. Es decir que la garrafa no era de ellos, que era mía, ya que había aparecido en mi carrito. La conclusión es que no tenía que tener remordimientos ya que yo no había hecho nada punible...


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