La corneja

Por Silvia Patón Cordero
Enviado el 28/05/2015, clasificado en Terror
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Siempre temí a las aves, por ello me he dedicado toda la vida, curiosamente, a disecarlas. Gozaba, y no está de más decirlo, de una gran colección de pájaros y de rapaces de todo el mundo: halcones, lechuzas y otros seres que no citaré para no explayarme demasiado. El caso es que me apasionaba el oficio de la taxidermia, y consideraba el embalsamar cadáveres (como habían hecho los egipcios durante generaciones) como un vicio.

Pero todo aquello tuvo su colmo en un capricho tonto. Se me vino a las mientes comprar una corneja que había visto en una tienda, uno de esos bazares de los suburbios de la ciudad. Se encontraba vacío cuando entré; nadie curioseaba en su interior. Un vendedor solitario tras un mostrador bruñido se afanaba en captar mi atención, lo que consiguió ciertamente. Me acerqué a él y le pregunté el precio de aquel ejemplar citado, el de la corneja, a lo que respondió con una voz hosca y cavernosa:

-Podríamos llegar a un acuerdo.

Finalmente, pagué menos de lo que valía el objeto. El dinero invertido, sin embargo, me supo a gloria en aquel momento de triunfo. Creí incluso haber estafado al pobre comerciante, que se escondió en la trastienda tras haberme cedido su disección. Después me di cuenta de que yo había sido el engañado.

En mi casa, contemplé la corneja con ensimismamiento, con admiración por un trabajo bien hecho. Sus acabados eran perfectos, mejor que los míos, y parecía aquella bestezuela casi viva y latente. Pensé confiado y algo irónico que se iba a echar a volar en cualquier instante, como sucedió. Aquel pájaro alzó su vuelo y fue a posarse en un alféizar. Lo miré con asombro, por no asegurar que con terror. El animal había estado disecado y había, como si hubiese surgido del mismo Erebo, vuelto a la vida. Y me acordé entonces del poema ?El cuervo? y de aquella palabra misteriosa ?Nevermore? que le atribuyó su autor. Mas mi cuervo ni era cuervo ni se comportó como el de Edgar Allan Poe, sino que se lanzó contra mi rostro y me dejó ciego. Luego nada supe de él, aunque me dijeron que probablemente habría escapado por la ventana.

Del placer de disecar no he querido saber más. Además de que, ciego como estoy (pues la bestia me dejó sin vista), apenas si puedo trabajar. Deploro el arte de la disección, y aún más al hombre y sus crueldades.


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