SIN TÍTULO (II)

Por El Felino
Enviado el 29/05/2015, clasificado en Intriga / suspense
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En el interior del hospital Ashecliffe, el doctor Barrows esperaba sentado a la mesa de su despacho, rellenando con diligencia formularios e informes de los «pacientes», como solían llamarlos allí. A él en concreto no le gustaba nada aquel eufemismo; sentía que estaba faltando a la cruda realidad que vivían aquellas personas encerradas como animales entre cuatro paredes acolchadas de un blanco frío y sobrenatural, sin otra salida que un sueño amargo inducido por las drogas.

Su larga experiencia a cargo del hospital le había servido de entrenamiento para ser capaz de mantener su mejor actitud de médico profesional y competente ante las turbulentas y, a veces, embarazosas situaciones en que ellos solían colocarle. Sin embargo, al cabo de numerosos tachones y errores en las dosis, el doctor se dio cuenta de que su mente estaba muy lejos de su sillón giratorio de cuero rojo, el flexo y los documentos que abarrotaban la mesa.

Para él, sus casos solían ser pura y dura rutina, pero este era diferente. Le tenía absorto hasta tal punto que pasaba noches en vela dándole vueltas a la cabeza bebiendo una taza de café tras otra. Llevaba demasiadas horas seguidas sin dormir por su culpa.

El doctor fue a la primera página del dosier que tenía en las manos y se quedó un momento mirando la fotografía que la encabezaba. Después, empezó a escudriñar el texto que había debajo.

«James Cromwell, 47 años, funcionario». Había ahorcado a su mujer y a su hija en el porche de su casa después de administrarles «una dosis de barbitúricos muy por encima de la recomendada». -Cuando Barrows comprobó la cantidad en miligramos creyó que veía visiones-. En el juicio su defensa alegó demencia, pero solicitó que se le internara en el hospital psiquiátrico del estado «para una posible rehabilitación».

Así fue: esa misma tarde James ingresó en Ashecliffe. A los médicos que lo acompañaron hasta la puerta les sorprendió que no tuviera la típica reacción: insultos, patadas y forcejeos. Al contrario, James se mostró colaborativo, casi sumiso, e incluso ayudó a que le pusieran la típica camisa de fuerza en la parte trasera de la ambulancia. Aun así, estuvo reservado y no despegó los labios en todo el trayecto.

A Barrows siempre le encargaban la primera entrevista con los pacientes nuevos para evaluar a fondo su grado de desequilibrio mental. Este «reconocimiento» podía durar desde unos minutos, cuando los pacientes no querían o no podían dar una respuesta a sus preguntas, hasta un par de horas, cuando el doctor sentía tanta curiosidad o era tan morboso como para insistir a sus enfermos en que le dieran más detalles: si se avergonzaban de su condición, si tenían llagas en la lengua de mordérsela en los ataques epilépticos e incluso si hacía poco habían mojado la cama. Todo con un cinismo que a cualquier persona en su sano juicio le daría ganas de vomitar.

El hombre que se hacía llamar James seguía mirando fijamente a Barrows desde el papel, pero él ya no le prestaba atención: había dado rienda suelta a su mente para que divagara a su antojo.

La falta de sueño empezaba a hacer mella en el doctor; sus amplias ojeras se pronunciaban aún más bajo la luz blanca del flexo y notaba sus pensamientos muy lentos e imprecisos, como si discurrieran por una especie de melaza.

Aun con todo, no tardó demasiado en darse cuenta de que quizá a James le habría bastado con la altísima dosis de somníferos para acabar con la vida de su familia, y aún le sobraría del bote para quitarse la suya.

Por mucho que lo intentó, el director encontró muy pocas maneras en que ellas pudieran tragarse semejante cantidad de pastillas de una sola vez. Se imaginó a James forzándolas y metiéndoles la droga a puñados por el gaznate, obligándolas a tragar mientras ellas intentaban zafarse, hasta que quedaban reducidas a peleles dóciles e inofensivos, sumergidas en el más profundo de los sueños. O muertas.

En el colmo de sus desvaríos, se fijó en que el paciente guardaba un cierto parecido con el actor homónimo: tenía el pelo y la barba entrecanos y en su cara afilada destacaban unos ojos azules y sombríos, parapetados tras unas gafas rectangulares de miope cabalgando sobre una nariz aguileña. Sus labios formaban una delgada línea horizontal y su rostro carecía de expresión; ni alegría, ni arrepentimiento, ni tristeza: nada.

El doctor obligó a su mente a volver de tan lejos.

Aunque parezca mentira, aquella imagen le transmitió demasiada frialdad incluso para su gusto. Tuvo un estremecimiento e hizo una extraña mueca enseñando un poco los dientes, muy blancos a pesar del tabaco y el café. Luego tiró la carpeta y el bolígrafo encima de la mesa y se enderezó en el sillón, pasándose las manos por los ojos y la cara y dejándolas caer sobre su regazo.

Paseó lentamente la mirada por la habitación, deteniéndose en cada uno de los pocos muebles que la llenaban, hechos artesanalmente a partir de gruesa madera de ébano. La estantería era el más grande, pues llenaba una pared entera, y estaba repleta de libros que trataban una amplísima variedad de temas relacionados con la psicología, como no podía ser de otra forma. Era una auténtica reliquia, pues probablemente llevara allí incluso más años de los que contaba el doctor, que no eran pocos.

Además del propio escritorio, detrás de él había también un modesto aparador con una vieja cafetera y estantes sobre los que descansaban tazas de diversos tamaños y platos pequeños a juego de porcelana blanca tras un par de puertecillas de madera y cristal con tirador y bisagras dorados. En la parte inferior, de sus ocho cajones con idénticos tiradores sobresalían papeles de cuatro colores distintos.

Por último, cerca de la puerta la gabardina y el sombrero de Barrows descansaban sobre un perchero rústico con bajorrelieves muy elaborados. Todo tenía aspecto de valer una auténtica fortuna, pero el doctor nunca le dijo a nadie cómo lo consiguió. A la luz de los hechos, casi no hacía falta preguntárselo.

Barrows se levantó de la mesa con movimientos lentos, casi mecánicos, y fue directo a prepararse un café bien cargado en la taza más grande que pudo encontrar.

 

 

Inciso:

Espero que te haya gustado la segunda parte del relato. No dudes en comentar abajo haciéndome saber cualquier detalle que cambiarías, por pequeño que parezca, con respecto a la prosa, la estructura narrativa y el diseño de los personajes. Es la única forma que tengo de aprender y mejorar. También puedes ayudarme a encontrar un título, si se te ocurre. Cualquier aportación es bienvenida siempre, de verdad.

Gracias.


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