SIN TÍTULO (III)

Por El Felino
Enviado el 29/05/2015, clasificado en Intriga / suspense
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Llamaron a la puerta del despacho justo cuando daba el primer sorbo. Dio un respingo y no pudo evitar atragantarse. Tosió un par de veces tapándose la boca con la manga de la americana y maldijo algo por lo bajo; cuando se hubo recompuesto fue a abrir con la mano que le quedaba libre.

Se encontró con dos enfermeros vestidos de azul celeste escoltando a un hombre menudo y desmadejado que llevaba una camisa de fuerza y pantalones de algodón del mismo blanco refulgente. Tenía la vista clavada en el suelo, la mandíbula desencajada y Barrows observó que ofrecía claros signos de autolesiones en sus brazos y pómulos. A pesar de que conocía a decenas de pacientes con su mismo perfil, no tuvo ninguna duda de que era él a quien había estado esperando.

El doctor dedicó a James una sonrisa que no tenía nada de cordial y lo invitó a pasar dentro con un amplio ademán. Sin embargo, solo logró que él levantara la cabeza lo suficiente para mirarlo con expresión hosca, revelando unos ojos inyectados en sangre tras los cristales sucios de las gafas.

Educadamente, Barrows repitió el movimiento, esta vez más breve, y finalmente el hombre atravesó renqueando el umbral. Los médicos, por su parte, se limitaron a dar media vuelta y alejarse por el pasillo. Ni una palabra.

El doctor cerró la puerta a sus espaldas y, con el pomo en una mano y la taza de café en la otra, se volvió hacia James, que permanecía de pie junto al escritorio con la mirada desenfocada. Después se dirigió hacia él, le pasó por un lado sin apenas rozarlo y se sentó en el sillón, que crujió bajo su peso.

Antes de que se lo pidieran, James hizo otro tanto en una silla de madera al otro extremo de la mesa, casi igual de grande que el sillón y con gomaespuma en el asiento y el respaldo, tapizada con tela del mismo color burdeos. Sus movimientos eran forzados, como si tuviera agujetas en cada músculo de la cabeza a los pies.

Después de poner un poco de orden entre todo el papeleo, Barrows se volvió y cogió un plato pequeño del aparador. Al punto hizo girar su sillón de nuevo para situarse frente a la mesa, dio otro sorbo al café y dejó la taza a un lado encima del platito junto a su pipa y un paquete de tabaco rubio. Después acercó el asiento al escritorio, miró a su paciente, apoyó las manos encima de la mesa y entrelazó los dedos tranquilamente.

James no hizo siquiera por salir de su ensimismamiento. Todo su interés parecía concentrarse en un punto indeterminado del pequeño despacho.

El doctor se aclaró la garganta.

-Bueno, James -empezó. Tenía por costumbre llamar a los enfermos por su nombre de pila para intentar crear un vínculo de empatía; todo minuciosamente estudiado y calculado a lo largo de muchos, muchísimos años de trabajo-. Ya sabes por qué estás aquí, ¿o no?

Por primera vez, James alzó la cabeza más de un palmo para clavarle los ojos al doctor, como si se hubiera propuesto encontrar algo en lo más profundo de su alma; tal vez un resquicio, una vulnerabilidad.

Él tenía un innegable talento para la extorsión: no le costaba prácticamente esfuerzo encontrar tu punto débil simplemente con observar tus gestos o tu forma de hablar, y mucho menos dudaba en explotarlo sin piedad hasta que de ti quedaba poco más que las migajas.

Esta habilidad suya le había granjeado no pocos enemigos, aunque tampoco los consideraba especialmente peligrosos. A decir verdad, estaba convencido de que le tenían pavor; solo uno de ellos logró reunir el valor suficiente para encararse con él, y no salió precisamente bien parado. Pero esa es otra historia.

Hubo una breve y tensa pausa. Tras ella, James le soltó al doctor:

-Dígamelo usted. Para algo es aquí quien maneja el cotarro. -Su voz sonaba áspera pero profunda, como si llevara mucho tiempo sin usarla, o más bien como si se hubiera estado desgañitando mientras intentaba luchar contra alguien... o contra algo.

Se produjo un silencio duro como el acero. Por un momento, el doctor pareció no haber oído aquella impertinencia. Sin embargo, respiró hondo y relajó las facciones al mismo tiempo que bajaba la vista. De su rostro desapareció todo amago de sonrisa.

-Muy bien -dijo finalmente echando una ojeada a sus papeles, ahora repartidos en pequeños montoncitos. En la cima de uno de ellos estaba el dosier que tantas veces había estudiado y repasado. Se lo sabía casi de memoria. Lo cogió sin que le temblara la mano y lo arrastró debajo de las narices de James.

Él se quedó mirando con indiferencia su propia imagen, desprovista de toda expresión. Casi sin quererlo se fijó en las palabras «ahorcado», «familia» y «demencia» del párrafo que había justo debajo.

El doctor esperó un momento detrás del flexo a que James reaccionara de alguna forma. Como no lo hizo, preguntó con calma:

-¿Lo recuerdas ahora, James? -Hizo una nueva pausa y acercó ligeramente su cara a la del paciente, apoyándose con los antebrazos en la mesa-. Sé que tú no eres así -mintió con la voz cargada de fingida compasión hacia él.

De pronto, Barrows observó que James dejaba de mirar al papel y levantaba ligeramente la cabeza, girándola unos centímetros a la derecha. Ese detalle captó toda su atención, como si lo hubiera estado esperando. Creía saber lo que sucedía, y lo cierto es que de repente se sentía incómodo, tanto que un sudor frío empezó a recorrerle la espalda.

El doctor se puso en pie para quitarse la americana y enseguida se sintió más aliviado. Luego se dirigió hacia el perchero y la colgó al lado de su sombrero de ala corta, del mismo color marrón tostado, y de la gabardina beige. De inmediato volvió a su sillón y se recostó en él con el ceño fruncido; su frente se había llenado de pequeñas y profundas arrugas. Cruzó los brazos.

James seguía sin mirarlo. Tras una brevísima pausa, el director le preguntó pausadamente, tratando de aparentar serenidad:

-¿Oyes voces ahora, James?

Él volvió la vista hacia delante con un movimiento brusco y se puso súbitamente alerta, enderezándose en la silla con sus profundos ojos azules clavados en los del doctor, negros con betas de oro viejo, que de pronto parecían confundidos. No hizo caso del dolor que sintió al moverse tan de repente ni a la tirantez de sus músculos.

Le estaban gritando desde lo más hondo de su ser.

¡Dile que no!

-No -se oyó decir él.

-¿No?

-No -repitió mecánicamente. Aunque se esforzaba por que no le temblara la voz, estaba asustado. Y mucho.

 

Inciso:

Espero que te haya gustado la tercera parte del relato. No dudes en comentar abajo haciéndome saber cualquier detalle que cambiarías, por pequeño que parezca, con respecto a la prosa, la estructura narrativa y el diseño de los personajes. Es la única forma que tengo de aprender y mejorar. También puedes ayudarme a encontrar un título, si se te ocurre. Cualquier aportación es bienvenida siempre, de verdad.

Gracias.


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