MI DIABLA II

Por Mara
Enviado el 18/02/2013, clasificado en Adultos / eróticos
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            De repente se abrió la puerta. Joder, con lo tranquila que estaba, ya se me había acabado el rollo. Mucho había durado mi soledad. Oh, oh, era él? Sí, indudablemente lo era, y se acercaba a mí con cautela, sin saber qué hacer realmente, sin saber qué haría yo. Simplemente me cogió la mano, y me sacó del baño. No mediamos palabra. Yo me dejé llevar.

 

           Pasamos a través de una puerta negra que daba a una sala de estar muy chic, con su mesa de despacho, en la que había un portarretrato con una foto de él, guapísimo, debería ser delito... Deduje entonces que no era un simple camarero. Encargado quizás? O el dueño? Simples conjeturas sin importancia. Había un gran sofá rojo, parecía tan confortable como una cama. Los suelos eran de madera, las paredes blancas. Decoración minimalista. Debía estar muy bien insonorizado, puesto que no se escuchaba ni rastro de música.

 

           Al entrar, echó la llave y la pusó encima de una mesita. Aquello prometía y mucho. Se acercó suavemente, con fuego en los ojos. Sabía que me deseaba, y que yo lo deseaba a él. Qué mas daba que no le conociera ni hubiéramos cruzado más de dos palabras? Tenía que acallar a esa loba que me comía por dentro. Y nos lanzamos. Al más puro estilo desesperado, como si nunca antes hubieras besado, acariciado, saciado...Me pegó de cara a la pared, quedando él detrás de mí. Yo llevaba una faldita corta con un poco de vuelo, en pleno verano de noches calurosas era lo más fresquito que podía llevar. Quién me iba a decir dos horas antes en casa, cuando me estaba vistiendo, que podría tener tantas ventajas. Deslizó sus manos tan suaves por mis muslos, me apretó el culo una y otra vez mientras nos besábamos de lado, ardientes, apasionados. Y me tocó en mi más preciado secreto, volviéndome loca de verdad. De pronto me dio la vuelta. Madre mía, que guapo era. Ya estaba fuera de mí. Empecé a desabrocharle los pantalones, impaciente, buscando como un niño su caramelo. Me quitó la camiseta dejando al descubierto mi sujetador, sacó mis pechos lascivos por encima y los lamió urgentemente. Se quitó su camiseta y pude deleitarme con aquel torso musculoso pero sin llegar a ser exagerado. Perfectamente marcado. No dejábamos de besarnos, mordernos, chuparnos, tocarnos...por todos lados...cuello, pecho, cara...no había rincón que no pudiera apetecer. Le cogí su poderoso secreto, acariciándolo mientras él me acariciaba a mí también. Me cogió en peso con sus brazos para que abriera las piernas alrededor de su cintura. Y me penetró suave pero duro, no sé si estábamos follando o haciendo el amor, pero aquello era perfecto. Me apoyó en la cabecera del sofá de manera que yo quedé sentada, pero seguíamos en la misma posición, el frente a mi de pié y yo con mis piernas rodeándole, apretándonos una y otra vez, queriendo fundirnos en uno solo. Aquello estaba muy pero que muy bien. Estábamos disfrutando el uno del otro, sin tapujos, sin reservas, dándolo todo...hasta que nos corrimos juntos, jadeantes, deseosos. Madre mía, sin lugar a dudas podía gritar a los cuatro vientos que había sido el polvo de mi vida. Increíble. Nos miramos a los ojos, nos besamos, y nos dimos un fuerte abrazo agradeciéndonos por ese perfecto momento que acabábamos de compartir. Por un instante sentí que quizás yo podía ser un trofeo en su vitrina, pero desde luego él también lo sería de la mía. Pudimos elegir esa noche, y nos elegimos mutuamente, de acuerdo en todo. Fue alucinante. Dos perfectos desconocidos compenetrados en un momento. Nunca pensé que eso fuese posible.  Y rompimos a reír como niños pequeños...

 

¿Qué si nos volvimos a ver? Puedo decir que ese fue solo el primer encuentro del mejor sexo de mi vida. A día de hoy, cuando nos apetece, nos desahogamos como locos disfrutando del momento. ¿Mañana? Quién puede saberlo...

 


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