Un cuento para ti

Por CarlosBlas
Enviado el 01/06/2015, clasificado en Amor / Románticos
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Te quitabas el suéter lo dejabas en la cintura, te arrancabas las sandalias, tirabas a un rincón tu falda, de algodón me parece, y te soltabas el nudo que retenía el pelo en una cola. Tenías la piel erizada y te reías. Estábamos tan próximos que no podíamos vernos, ambos absortos en ese rito urgente, envueltos en el calor y el olor que hacíamos juntos. Me abría paso por tus caminos, mis manos en tu cintura encabritada y las tuyas impacientes. Te deslizabas, me recorrías, me trepabas, me envolvías con tus piernas invencibles, me decías mil veces ven con tus labios sobre los míos. En el instante final teníamos un atisbo de completa soledad, cada uno perdido en su quemante abismo. Pero pronto resucitábamos desde el otro lado del fuego para descubrirnos abrazados en el desorden de los almohadones, bajo el mosquitero blanco. Yo te apartaba el cabello para mirarte a los ojos. A veces te sentabas a mi lado, con las piernas recogidas y tu bata de seda sobre un hombro, en el silencio de la noche que apenas comenzaba. Así te recuerdo en calma.
Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes congeladas en una fotografía. Sin embargo, esta no está impresa en una placa, parece dibujada a lápiz, es un recuerdo minucioso y perfecto, de volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es toda nuestra existencia, todo lo vivido y lo por vivir, todas la épocas simultaneas, sin principio ni fin.
Desde cierta distancia yo miro ese dibujo, donde también estoy yo, pero yo soy también este que observa desde afuera. Conozco lo que siente el homenaje pintado sobre esa cama revuelta, en una habitación de bigas oscuras y techos de catedral, donde la escena aparece como el fragmento de una ceremonia antigua. Estoy allí contigo y también aquí, solo, en otro tiempo de la conciencia. En el cuadro la pareja descansa después de hacer el amor, la piel de ambos brilla humedal hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y la otra sobre el muslo de ella, en intima complicidad. Para mi esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa placida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sabanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los pechos y los pómulos de ella en el mismo ángulo y siempre la bata de seda y los cabellos oscuros caen con igual delicadeza.
Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces muy cercanas.
- Cuéntame un cuento.( me dices)
- ¿Cómo lo quieres? 
- Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie


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