Y nuestras siluetas se fusionaron tras el Shoji

Por Manuel Murillo
Enviado el 06/06/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Sinceramente, desde aquel día odio el tatami. Porque, para poder pisarlo, ella tuvo que quedarse descalza en la entrada. Durante todo el día había intentado no mirar su cuello, que era el único fragmento de piel que su fino kimono me permitía ver y, debido a ello, había ido todo el día mirando al suelo. Cuando ella me hablaba, simplemente le miraba los pies. Tenía la esperanza de que, lo que para mí era un intento de evitar que ella notase la lujuria en mi mirada, ella lo interpretase como una actitud reverencial de respeto.

Pero no, al llegar a casa ella se descalzó y yo no tuve más remedio que contemplar su nívea piel, que parecía ser tan suave como la tez de su rostro, y como seguramente lo sería el resto de su cuerpo que permanecía oculto tras las telas rojas. Aquel cuerpo que un día se había unido al mío.

Nunca debimos entrar en mi casa. Jamás. Pero ella había pedido que orásemos por su futuro y yo, ante su melifual voz, no había podido negarme. Pasé tras ella, siguiéndola por el tatami, cogí unas varillas de incienso y las coloqué frente a un ídolo budista que había en la sala de meditación desde hacía dos generaciones.

Encendí el incienso y me dispuse a orar por su futuro. ¿Y cuál era su futuro? Su futuro nos esperaba a un pueblo de distancia, tenía nombre y apellidos y también tenía 58 años. Ella aún no lo conocía, ni siquiera lo había visto. Sólo sabía que, por inamovibles decisiones ajenas a su voluntad, debía casarse con él.

Yo no la veía desde hacía ya varios años. Ella se había ido con su familia a otro pueblo, en dirección contraria al que nos dirigíamos en aquel momento, antes de cumplir los 18 años. Pero, antes de eso, habíamos sido vecinos. Por aquel motivo, sus padres, que eran amigos de los míos, me habían pedido que la acompañase durante la jornada de viaje desde su pueblo hasta donde le esperaba su futuro marido.

Ahí, entre aquellas cuatro paredes, cuando éramos tan sólo unos adolescentes, ambos habíamos descubierto la pasión. Sobre aquel tatami en el que ahora me encontraba orando por su matrimonio, antes me había deleitado con su calor. Aún recordaba vívidamente cómo su ropa se había desprendido de su cuerpo por sus manos al igual que, más allá del Shoji, las flores se desprendían de los cerezos por la brisa. En aquel mundo prohibido que había sido únicamente para nosotros, y que nadie jamás había sabido de su existencia, ni jamás deberían hacerlo.

Ella oraba junto a mí ahora. Podía escuchar su grave respiración a mi lado. Yo me sentía fatal. Se suponía que debía estar orando por su próspera vida matrimonial y lo único que estaba haciendo era recordar los mejores días de mi vida, aquellos irrepetibles momentos que había pasado a su lado.

Una parte de mí quería saber si ella los recordaba como yo. Que una vez nos habíamos amado como si jamás en la vida fuésemos a tener oportunidad de volver a hacerlo. Que lo habíamos hecho durante días y noches en las que sólo la luna había sido testigo de nuestro amor.

Sin poder evitarlo, giré la cabeza para mirarla. Cuál no fue mi sorpresa al ver que ella ya me estaba mirando, con una mirada cargada de deseo, mientras seguía respirando de esa manera grave y agitada que había tenido mientras se suponía que estábamos orando.

Pero al ver su mirada comprendí que lo último que ambos deseábamos en aquel instante era implorar por su futuro matrimonio. Yo de inmediato dirigí la vista hacia la estatua de buda que, tras la cortina de incienso, me dirigía una mirada en la que parecía juzgarme.

Ella ya se había inclinado hacia mí, me había puesto una mano en el cuello y acercaba a éste su boca mientras comenzaba a acariciármelo con los dedos. Como en los viejos tiempos.

Entre el campo de la excitación y el campo del deber, había tanta confusión en mi cabeza que comencé a sentirme mareado. El ídolo budista seguía mirándome con gesto decepcionado, y la idea de que ella iba a casarse no paraba de flotar frente a mis ojos.

Pero el recíproco deseo de ambos adquiría cada vez más y más fuerza.

Yo quise decirle que no la deseaba, que nuestra pasión había quedado sellada en el pasado, pero ya era demasiado tarde: Ella había llevado su mano a mi entrepierna y había agarrado mi erección a través del pantalón. Ya se disponía a quitármelo cuando yo le dije:

-No.

Entonces ella llevó sus labios a mi oído. Antes de hablar exhaló un poco de aire que hizo que un escalofrío de concupiscencia me recorriese de arriba abajo provocándome un estremecimiento de lujuria desenfrenada. Ella me dijo entonces mientras seguía agarrando mi pene, que aún se erguía con el vigor propio de la juventud:

-Jamás en la vida tendremos oportunidad de volver a hacerlo.

Mientras me preguntaba si ella sólo quería desquitarse antes de contraer un tedioso matrimonio con un anciano o si ella aún me amaba como yo nunca había dejado de hacerlo, le quité el kimono. Me pregunté si debía besarla o no. Si lo hacía, ella sabría lo que yo aún seguía sintiendo y, si ella no sentía lo mismo...

No obstante, en el instante en el que comencé a penetrarla, ella me agarró del cuello con ambas manos y me besó, amortiguando sus gemidos.

Me olvidé de la estatua del santuario, me olvidé de su matrimonio y me olvidé de la luna que, como siempre, nos estaba mirando. Me olvidé de todo y sentí que aún éramos unos adolescentes, porque, a pesar de todo, sentía que finalmente nada había cambiado.

Y, sintiéndome en aquellos días, le hice el amor como si jamás en la vida fuésemos a tener oportunidad de volver a hacerlo. Tal y como lo habíamos hecho noche tras noche.

Sólo que, desde aquella noche, jamás en la vida tuvimos la oportunidad de volver a hacerlo.

Quizá ambos lo sabíamos y, quizá por eso, ninguno de nosotros se molestó en buscar explicación a por qué aquella noche había sido la primera en la que nuestros cuerpos habían brillado bañados no sólo en sudor, sino también en lágrimas.


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