Proyecto Silentnight

Por Arecibo
Enviado el 07/06/2015, clasificado en Intriga / suspense
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Durante años se especuló sobre el desarrollo de un programa nuclear paralelo al proyecto Manhattan de Los Álamos, Nuevo México, sin que los archivos obtenidos tras la guerra pudieran confirmar de forma categórica su existencia. No fue hasta la desclasificación McClory de 1993 que salió a la luz, entre párrafos tachados a medias y registros sonoros manipulados, cierto proyecto Silentnight relacionado de forma velada con Fort Detrick, Maryland, dato éste último significativo pues negaba sin lugar a dudas su naturaleza nuclear, apuntando directamente a un programa de guerra biológica.

La investigación llegó a un punto muerto cuando se confirmó el fallecimiento de los doctores Mézy, Grand y Piccolo, señalados por los documentos McClory como responsables directos del proyecto. Sólo el periodista independiente Alan Queen quiso agarrarse al clavo ardiendo en forma de recibo que firmaba un tal Dr. Alejandro Ferreiro. Quizás no fuera nada; podría serlo todo, así que nada perdía por husmear un poco.

El único Dr. Ferreiro que coincidía con las fechas y lugares que manejaba Queen era un neurocientífico español que tuvo que exiliarse a Estados Unidos a causa de su simpatía manifiesta hacia la República, autor de un estudio sobre el efecto de la oxitocina en hombres y animales, The hormone of Paradise, que expuso en la Universidad de Harvard en 1943. Aquí desaparecía el rastro del misterioso doctor, no volviendo a surgir hasta su retorno a España en 1987, donde vivía desde entonces en un pequeño pueblo extremeño tras reconducir su vida como propietario de una explotación ganadera.

La duda era más que razonable así que un 4 de agosto, con un ejemplar de The hormone of Paradise bajo el brazo, Alan Queen se decidió a cruzar el Atlántico. A continuación reproducimos el texto en el que el investigador cuenta su encuentro con el Dr. Ferreiro, extraído de su libro Silentnight. A quantum of Peace.

 

[...] Llegué a la hacienda del doctor Ferreiro tras horas de carreteras secundarias y molestas equivocaciones de dirección, asfixiado no tanto por el calor de la estación como por el intenso olor que emanaba de las granjas porcinas. Una joven, que rondaría la treintena, salió a mi encuentro preguntándome en perfecto inglés y evidente recelo por el motivo de mi visita, ante lo que fui medianamente sincero: le dije que buscaba al Dr. Ferreiro por su libro The hormone of Paradise, mostrándole el ejemplar que había acompañado mi vuelo a fin de limar suspicacias. Cuando la joven me preguntaba con sarcasmo si no conocía el invento del teléfono, el mismísimo doctor vino en mi ayuda.

-No seas grosera con el señor, Lara, y déjalo entrar antes de que se nos derrita -amonestó con simpatía a la joven. El doctor Ferreiro era muy alto y rezumaba vitalidad a pesar de lo avanzado de su edad. Peinaba una abundante cabellera cana con perfecta raya en el lado izquierdo y sus ojos claros, de un azul grisáceo nada ordinario, eran idénticos a los de la joven Lara, evidenciando un fuerte parentesco. Con un gesto cortés me invitó al interior de la vivienda, un oasis de sombra y frescor donde acepté con gusto la Coca-Cola bien fría que la chica me ofrecía -«Para que se sienta como en casa», fue su agudo comentario-, limpiando con el cosquilleante líquido la tierra de mi garganta.

-¿Qué puede decirme sobre Silentnight? -disparé a bocajarro, y he de admitir que esperaba cualquier tipo de reacción menos la franca curiosidad con la que esos ojos teñidos de gris me observaron, manteniendo el contacto en la lenta maniobra de encender con su mechero Ronson el cigarrillo que previamente había encajado, con habilidad de fumador, en una fina boquilla de madera.

-¿Cómo ha llegado hasta mí? -respondió sin rechazar la acusación (tampoco aceptándola), y a punto estuve de inventarme una compleja trama de pistas descubiertas que deseché al momento, alertado por el piloto que parpadeaba desde el fondo de sus pupilas negras como cañones de escopeta, respondiendo con sinceridad: «Por un recibo que usted firmó».

-¿Un recibo? No es mucho, ¿verdad? -y tras reír quedo, lanzando volutas de humo a la manera de un viejo dragón de cuento, continuó:

>>Ya que ha llegado hasta aquí no es justo que se vuelva con las manos vacías. Ha pasado el tiempo suficiente como para que a alguien le pueda molestar... ¿Empezamos?

Y se zambulló de cabeza en las aguas del recuerdo enfilando, tras un breve prólogo que completó la idea que ya tenía sobre su vida antes del exilio, la causa por la que tantas millas había recorrido.

-Llevaba varios años en el país cuando conocí a George Merck, director del Programa de Armas Biológicas de Estados Unidos, durante mi ponencia en la Universidad de Harvard. Se sintió muy interesado por mi estudio sobre las hormonas, ofreciéndome un puesto en la plantilla científica de Fort Detrick donde forjé, junto con mis colegas los doctores Piccolo, Grand y Mézy, las bases del proyecto Silentnight.

-¿De qué patógeno estamos hablando exactamente? -pregunté-. ¿Ántrax?

-Va muy desencaminado, amigo mío. Pero que muy desencaminado.

Fue entonces cuando me contó la verdadera, y descabellada, naturaleza de Silentnight: la hormona oxitocina. El doctor Ferreiro, con la ayuda de sus eminentes colegas, habían desarrollado un impensable cóctel hormonal que hacía más sensibles y empáticos a los «infectados», reconociéndose en sus propios enemigos hasta el punto de anular el odio y, por tanto, las ganas de lucha.

-Una bomba de empatía.

-¡Pero eso es maravilloso! ?fui incapaz de controlar-. Una lucha sin víctimas. ¿Por qué no se usó?

Silentnight exigía una infraestructura enorme, me explicó con paciencia de profesor, y su efectividad dependía de múltiples factores imposibles de controlar. Además, Alemania se había rendido y era imprescindible que Japón también lo hiciera. Simplemente, el Proyecto Manhattan era más rápido para los intereses aliados... Por no hablar de su fulminante espectacularidad ¿Cómo superar el enorme efecto psicológico que sobre el mundo supuso las detonaciones de Little Boy y Fat Man cuando la principal característica de Silentnight era, precisamente, su silencio?

-Como campaña de propaganda -concluyó con una sonrisa amarga-, el Proyecto Manhattan no tenía precio.

-¿Y qué ocurrió con Silentnight?

-Con el fin de la guerra perdimos financiación, cediendo buena parte de nuestros recursos a la nueva era nuclear. Durante la década de los cincuenta Silentnight subsistió como proyecto piloto en las penitenciarías del país, tratando los casos de aquellos criminales que eran desahuciados por los psicólogos a causa de su incurable  aversión hacia la sociedad.

>>Entonces llegaron los de Derechos Humanos y nos acusaron de ser poco menos que seguidores del Ángel de la Muerte de Auschwitz. Silentnight se canceló definitivamente, y a todos los que participamos en él se nos «invitó» a una vida de silencio.

La entrevista había sido todo un éxito. Faltaba por perfilar los detalles de cómo acabó el Dr. Ferreiro poniendo sus conocimientos al servicio de la productividad de aquella explotación ganadera, pero podía imaginarme la repercusión que supondría en el mundo la existencia de Silentnight. Sólo quedaba una pregunta por hacer.

-Dígame, doctor Ferreiro. ¿Funcionaba bien?

-Señor Queen ?fue Lara quien respondió para mi sorpresa desde el fondo de la habitación-. Silentnight «funciona» mejor que bien. [...]

 

B.A., 2.015


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