EL NOVIO DE LA MUERTE (1 de 5)

Por George Peterson
Enviado el 08/06/2015, clasificado en Terror
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1

- Bésame.

- No.

- Tengo que besarte.

- Sabes que no puedes.

- Y tú sabes que tengo que hacerlo. Me lo debes.

- Yo no te debo nada.

Durante unos instantes se hizo el silencio. Finalmente, ella acercó su rostro hacia el de él. Ambos cerraron los ojos. Sus labios se juntaron.

 

2

Las horas se hacían eternas. La espera de lo inevitable hacía que el tiempo se estirase más allá de toda comprensión, haciendo que los segundos parecieran minutos, y los minutos horas.

Era la primera vez en los últimos dos días que Gabriel se quedaba solo en casa. Aparte, claro está, de Miguel. Sus padres se habían ido a dar una vuelta, a tomar el aire y despejarse. Le había costado mucho convencerlos de que lo mejor que podían hacer era tomarse un respiro, desconectar por un rato de aquella pesadilla. Les prometió que todo continuaría igual para cuando ellos volvieran.

Era consciente de lo irónico de aquellas palabras, pues él mismo había sido incapaz de seguir su propio consejo. Lo cierto es que no había sido completamente sincero con sus padres. Su intención era que salieran de casa para estar solo con Miguel, pasar un último rato a solas con su hermano, charlar por última vez como tantas otras veces habían hecho a lo largo de los años. Sin embargo sabía que ninguno de los dos diría palabra alguna.

Ahora, en el silencio más absoluto, en la tenue oscuridad de la que había sido su habitación, solo estaban los dos hermanos: uno, postrado en la cama, esperando exhalar su último aliento; el otro luchaba por contener el llanto, velando que los postreros instantes de vida de su gemelo transcurrieran lo más plácidamente que pudieran.

Los dos últimos días habían sido muy duros, y cuando uno pensaba en ellos no podía evitar una extraña e incómoda sensación de irrealidad. En cierto momento estaban sentados en una terraza, disfrutando de los primeros días de calor de la primavera, saboreando una helada jarra de cerveza y observando como las chicas comenzaban a exhibir sus cuerpos al sol. Y al instante siguiente estaban rodeados de gente, de curiosos que murmuraban mientras los paramédicos luchaban por devolverle la vida a Miguel. En el hospital, ya arropados por toda la familia, las noticias no podían ser peores. Era cuestión de tiempo. Podían ser horas, quizás días, pero el desenlace era inminente. Fue idea de Gabriel el llevarlo a casa, que pasara allí sus últimos momentos. Al menos dejaría este mundo envuelto de todo aquello que lo había visto crecer y vivir.

Gabriel creía estar asimilando bien la noticia, aunque esta no se hubiera producido todavía. Su padre estaba hecho polvo. Al fin y al cabo, ningún padre quiere sobrevivir a sus hijos. Mucho peor era ver a su madre. Ella se aferraba al deseo milagroso de una curación divina. Su madre, una mujer que nunca había sido religiosa, rezaba y clamaba a Dios para que salvara a su precioso hijo. Ese era su clavo ardiendo. Una vez llegara el momento, nadie sabía cómo podría reaccionar.

Miguel se removió en su lecho y murmuró algo. Apenas movió los labios, y su voz, ahora seca y áspera, sonó ininteligible. Gabriel se incorporó de su incomoda silla y acercó el oído a la boca de su hermano.

Al moverse, Gabriel vio algo por el rabillo del ojo. Se giró sobresaltado, descubriendo su propia imagen en el espejo apoyado en el tocador que había al lado de la cama. Se maldijo por su estupidez. Lo que había visto era su reflejo. O eso creía. Se quedó paralizado al ver, tras su imagen, una figura que los espiaba, colocada a los pies de la cama.

Un sudor frío brotó por todo su cuerpo a la vez que un escalofrío recorría su espalda. Miguel comenzó a gemir como no lo había hecho en los dos días que llevaba en la cama, pero Gabriel no podía moverse. Su mirada estaba fija en la muchacha del espejo: el rostro pálido contrastaba con el negro de su pelo y resaltaba el oscuro rojo de sus labios. Llevaba un largo vestido blanco de gasa, parecido a un traje de novia, pero mucho más sencillo, y muy gastado. Pero lo que más le llamaba la atención de aquella visión eran los ojos. De un negro profundo, miraban fijamente a Miguel, translucían una inmensa tristeza, pero parecían incapaces de llorar.

La mujer, lentamente, alargó un brazo en dirección del moribundo. Ese sencillo gesto emocionó a Gabriel, que notó como una lágrima estuvo a punto de resbalar por su mejilla. Entonces sintió que algo había cambiado en la habitación, y recuperó la movilidad. El gesto de Miguel ahora era más relajado, ya no luchaba por respirar. Lo que vio ya no era su hermano, solo un cuerpo, el cascarón que había contenido durante veintiséis años su alma. No pudo evitar que el llanto lo invadiese.

Sin saber muy bien por qué, buscó con la mirada la figura de la misteriosa muchacha, esperando que su visión lo reconfortara. Pero no la encontró. Ni en la puerta, ni a los pies de la cama, ni en el reflejo del espejo.

Ahora sí que estaba solo en casa.

 

 

----CONTINÚA----


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