EL NOVIO DE LA MUERTE (2 de 5)

Por George Peterson
Enviado el 08/06/2015, clasificado en Terror
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3

El jaleo de la calle en hora punta no conseguía distraerle de sus pensamientos. La gente pasaba a su lado, chocaban con él, sin que Gabriel siquiera reaccionara.

Ya habían pasado tres semanas desde que Miguel había muerto. Y aunque lo echaba de menos, apenas había pensado en él en todo ese tiempo. Su mente estaba totalmente bloqueada, sus pensamientos iban y venían siempre alrededor de la misma imagen y de la misma pregunta.

- ¿Quién era ella?

Solo la había visto durante unos instantes en el reflejo de un espejo, en un lugar en el que no debería haber habido nadie. Gabriel había estado conmocionado por lo que le esperaba a su hermano, y sabía que no pensaba con claridad. Todo indicaba que la muchacha era producto de su imaginación. Pero, a pesar de todo, dentro de su cabeza solo había sitio para ella. Se había convertido en su obsesión.

En el trabajo le iba mal. Muy mal. Se mostraba irascible y antipático con los compañeros y los clientes. No realizaba las entregas a tiempo. La semana pasada había sufrido un accidente con la camioneta, y a punto estuvo de matar a tres personas. Esa misma mañana su jefe le había increpado por su actitud, pero él no estaba de humor para soportar la bronca y lo dejó plantado con la palabra en la boca. Durante un momento pensó en las consecuencias, en que lo despedirían, pero no le importó. Pronto sustituyó aquellos pensamientos.

- ¿Quién era ella?

Gabriel seguía caminando, sin reparar en nada de lo que le rodeaba. Tampoco le importaba. Ahora su mundo se había reducido a dos simples cuestiones: quién era ella, y cómo podría encontrarla de nuevo.

Inconscientemente, sus pasos lo habían llevado frente a un escaparate. Se trataba de una tienda de vestidos de novia, y buscaba con la mirada alguno que se pareciera al que llevaba puesto la muchacha de su visión.

Todos aquellos vestidos eran bonitos, pero ninguno se parecía al que buscaba. Estos eran de diseños modernos, la mayoría ostentosos. Aquella chica vestía uno mucho más viejo, más antiguo, y sin lugar a dudas mucho más sencillo.

De todo el muestrario únicamente había uno que se le pudiera parecer. Se encontraba en un rincón de la tienda, detrás del escaparate. No estaba colocado en un maniquí, como la gran mayoría, sino que se hallaba colgado de la pared, clavado con alfileres casi invisibles. Creaba un efecto óptico bastante curioso: parecía como si el espíritu de una novia hiciera levitar el vestido.

Una imagen reflejada en el escaparate hizo que a Gabriel se le disparara el corazón. Por un momento creyó ver a la chica. Se giró rápidamente, pero no tardó mucho en darse cuenta de que el reflejo pertenecía a una mujer cualquiera que vestía de blanco. Era guapa, y en cualquier otra ocasión se habría parado a observarla, pero ahora no pudo sentir otra cosa que desilusión.

La mujer se introdujo a empujones entre el gentío que esperaba a que el semáforo se pusiera en verde para los peatones. Gabriel musitó un insulto dirigido a la mujer, tanto por su comportamiento grosero como por la osadía de haberle hecho creer que ella era la muchacha que tanto ansiaba ver.

De pronto, la tragedia se consumó. El potente rugido de un motor fue sucedido por el chirriar de neumáticos sobre el asfalto. Antes de que el sonido de la frenada cesara, se pudo escuchar un fuerte golpe, acompañado por el grito y los gemidos de la gente que había sido testigo del accidente.

Gabriel avanzó hacia la multitud que se aglomeraba alrededor del peatón accidentado, movido por una atracción morbosa que no reconocía como parte suya. Varios de los testigos habían sacado sus teléfonos móviles, algunos para llamar al número de emergencias y otros para grabar la escena.

Sin apenas esfuerzo, Gabriel se había plantado en primera línea. El conductor todavía se estaba bajando del coche, visiblemente conmocionado, para socorrer a la víctima. Se trataba de la mujer de blanco que había visto antes.

No sintió pena al ver que la mujer iba a morir. Tampoco asco por las feas heridas que decoraban su cuerpo ni por la sangre que teñía de rojo el vestido. Lo que sintió fue que su corazón se aceleraba de nuevo. Allí, junto a la accidentada, vio unos pies descalzos que asomaban tras los bajos grisáceos de un vestido de gasa.

Alzó la vista, venciendo al terrible miedo de volver a desilusionarse,  y descubrió con gran alivio y emoción que ella estaba allí. Estaba mirando fijamente a la mujer, en sus ojos la misma mirada triste con la que había contemplado a Miguel el primer día que la vio.

La moribunda gemía de dolor, pero Gabriel ya no le hacía ningún caso. En cambio, la muchacha solo tenía ojos para ella. Simplemente se limitaba a observarla, totalmente inmóvil. Como si fuera movida por un acto de solidaridad, la joven se agachó y acarició el rostro de la accidentada, un simple gestó de ternura. Es ese momento los quejidos cesaron, y la muchacha alzó la vista.

Por primera vez las miradas de ambos se cruzaron. Gabriel se quedó embelesado al verse reflejado en sus ojos. Ella, en cambio, se sorprendió. Su rostro angelical mudó a una mueca de incomprensión. Tras unos segundos en los que el tiempo pareció detenerse, dio dos pasos hacia atrás, se giró lentamente y se perdió entre la gente.

- ¡Espera! -gritó Gabriel.

Intentó alcanzarla, pero la multitud le impedía avanzar. El sonido de una ambulancia comenzó a acercarse a gran velocidad, pero ya era demasiado tarde. Para la mujer de blanco y para el propio Gabriel ya había pasado su oportunidad.

 

 

 

----CONTINÚA----


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